www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

ENSAYO

Banana Yoshimoto: Un viaje llamado vida

domingo 25 de enero de 2015, 13:26h
Banana Yoshimoto: Un viaje llamado vida
Traducción de Rumi Sato. Satori. Gijón, 2014. 200 páginas. 17 €

Por José Pazó Espinosa

Hay veces que los libros se solapan y se superponen, y forman extraños estratos geológicos. No sé si ustedes leen varios libros simultáneamente. Yo sí. Y, a veces, los libros que leo establecen un diálogo entre ellos con vida propia.

Lo cierto es que estaba leyendo El elixir de la inmortalidad unos quinientos años de soledad al gusto hebraico, cuando me llegó Un viaje llamado vida, de la japonesa Banana Yoshimoto. Yo admiro a Banana Yoshimoto. En Japón, mi amigo Donald Keene, el japonólogo vivo más ilustre que existe y uno de los seres más entrañables que conozco, me repite cada vez que hablo con él que no encuentra nada en la literatura actual nipona que pueda rivalizar con la literatura de autores muertos. Que la antigüedad nipona sigue deparándole más placeres que nada actual. Sin embargo, yo encuentro que la literatura de Banana Yoshimoto (y la de algunos escritores japoneses contemporáneos más, sobre todo mujeres), es una fuente legítima de un placer muy japonés: el placer de las pequeñas cosas.

Banana Yoshimoto alcanzó la fama con Kitchen la historia de una mujer que alcanzaba la serenidad escuchando el ruido de su nevera en la cocina. Un viaje llamado vida, delicadamente traducido por Rumi Sato, va más allá en la sensualidad minimalista, y nos regala las confesiones de una mujer que acaba de tener su primer hijo, que se siente a disgusto en su país, pero que lucha por llegar a términos con la vida que le rodea. Con la vida vegetal, animal y sensitiva. De forma susurrante, con pequeñas palabras, defiende la libertad antigua, la de hace algunos años, en los que la uniformidad no nos había hundido en este extraño lugar en que nos encontramos. Un mundo en el que la excentricidad inocente tenía todavía su digno papel, y en el que el viaje a otros países deparaba algo más que un relato en Facebook. Un mundo en el que la memoria tenía un valor intrínseco aunque no fuera comunicada.

Siempre me ha intrigado la capacidad de la literatura japonesa para expresar la sensibilidad femenina. Solo por ello, ocupa un lugar único en el mundo y en la historia. Las autoras japonesas pueden, desde hace muchos siglos, desde el Genji y quizá antes, escribir literatura siendo eso, mujeres, y sin intentar ser otra cosa. La capacidad de la literatura japonesa en este sentido es tal, que hasta hay literatura escrita por hombres que rezuma sensibilidad femenina, como la del bien conocido mundialmente Haruki Murakami. ¡Qué envida poder gozar de una sensibilidad de lectores que permite estos juegos, y qué contraste tan acusado con la idea que se tiene en el extranjero de la mujer japonesa! En Banana Yoshimoto hay ecos de El libro de la almohada, del Genji, de toda una corriente de literatura en la que las palabras de una mujer ponen voz a sentimientos universales.

Y mientras disfrutaba del contraste de Banana Yoshimoto y Gleichmann -un combate entre David y Goliat-, me llegó otro libro sorprendente y placentero: Una senda en la penumbra, de la gaditana María Ángeles Robles, publicado por Ediciones de la Isla de Siltolá (14 euros). En sus 130 páginas, Robles juega con la literatura y la sensibilidad japonesa desde las soledades y rumores salinos del Cádiz más profundo. El libro es un juego y es una cita -al modo de ese libro de la rana que anda por ahí-, pero más delicado, más profundo. Robles, a medidos borbotones, enlaza el junco japonés con el esparto ibérico en palabras como: “Pero cómo ignorar el deseo imperioso de ser libre, de no amar, de no sentir, de no oír más que el canto sordo del corazón hasta caer de bruces sobre el suelo, y levantarse de nuevo, y seguir adelante”.

Las tres sensibilidades de las que he disfrutado, la judeo-húngara, la japonesa y la española, unidas, han formado un extraño sándwich de estratos del alma. Si pudiera resumirlos de alguna manera, sería con las palabras de Yoshimoto: “Tengo la impresión de que los niños son mucho más sensibles que los adultos a la atmósfera de un lugar, y que captan correctamente no solo el sentido de las palabras de sus padres, sino también lo que significa el tono de su voz”. Y es que todos los libros tienen voz, pero algunos tienen tono.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios