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ENSAYO

Álvaro Ceballos Viro (ed.): La retaguardia literaria en España (1900-1936)

domingo 25 de enero de 2015, 14:10h
Álvaro Ceballos Viro (ed.): La retaguardia literaria en España (1900-1936)
Visor. Madrid, 2014. 385 páginas. 26 €

Por Inmaculada Lergo Martín
En la introducción a este volumen colectivo dedicado a la retaguardia literaria en la España de principios del XX, Álvaro Ceballos comienza por señalar que dicha temática ha empezado a conceptualizarse y a abordarse muy recientemente, lo que confiere un valor añadido a este volumen, que se propone superar la bipolaridad con que se suelen confrontar vanguardia y retaguardia.

El conjunto de artículos, muy variados, conformando un todo bastante completo, resulta muy esclarecedor al abordar esas tensiones y “negaciones entre la vanguardia y aquello que no es o no quería ser vanguardia”. Así, Marta Palenque, que recoge los textos de las tarjetas postales entre 1901 a 1906, nos pone en guardia sobre el sentido peyorativo del término “retaguardia” porque, si nos atenemos a la realidad de la recepción de los textos, ésta representa “el presente (no el pasado) si contamos con el horizonte de expectativas del público mayoritario”. De ahí que los autores que aparecen en las tarjetas, poetas como Campoamor, Bécquer, Espronceda o Zorrilla gozaran de enorme popularidad. La misma conclusión podría sacarse del conjunto de manifestaciones artísticas de carácter frívolo y erótico que nos muestra Isabel Clúa Ginés, que fueron de consumo masivo y, sin embargo, “han ocupado un lugar más bien discreto en las historias estéticas de la época”. O de la “literatura de balneario”, estudiada por Alba del Pozo. Y qué decir del teatro, del que solo una parte “infinitésima” e “irrisoria” es “de arte” o de vanguardia, según nos muestra Serge Salaün, o Marie Franco hablando sobre Enrique Jardiel Poncela. Por otro lado, Antonio Trinidad advierte, al hilo del estudio de la obra de Gabriel y Galán, que “los conceptos de vanguardia y retaguardia no son sellos de calidad”.

También queda patente el hecho de que manifestaciones retaguardistas y vanguardistas compartieron en algunos casos rasgos estilísticos o temáticos; y –también- espacio en colecciones como, por ejemplo, El Cuento Semanal. Las líneas son, pues, imprecisas hasta en autores como Gómez de la Serna, cuya veta costumbrista rastrea Antonio Rivas, o, por enfocar otro momento y lugar, en el grupo de escritores que, junto con María Teresa León, activaron la dialéctica vanguardia-retaguardia en el Burgos de los años previos a su adscripción más claramente vanguardista en la década del 30, según nos muestra Leonardo Romero Tobar. Otros artículos -de Rosario Mascato Rey, Juan Herrero-Senés, Laurie-Anne Laget, Cécile Fourrel de Frettes, Amparo de Juan Bolufer, Luis Pascual Cordero y Dagmar Vandebosch- completan lo dicho en muy variados ámbitos de la literatura española de ese periodo. Se propone, igualmente, evitar la predisposición a “identificar retaguardia y reaccionarismo político”, quizá porque la crítica al respecto difícilmente se ha desprendido de un fuerte componente político e ideológico.

En definitiva, el análisis en su contexto, en su “complejo juego de atracciones y repulsiones”, de las obras y autores etiquetados de retaguardistas, permitirá un conocimiento más ajustado del ambiente cultural y literario del momento; y la percepción de que, según el ángulo desde el que se contemple esa retaguardia, “puede llegar a ser percibida incluso como una forma de vanguardia. Y viceversa”. Se adquiere una postura más equilibrada tras comprobar que la agresiva militancia antivanguardista de, por ejemplo, Luis Astrana Marín, o los discurso eclesiásticos antimodernistas de, entre otros, Ladrón de Guevara, Burguera y Serrano o Juan Mir -feroces en muchos casos, o la revista Gracia y Justicia, verdadero martillo de herejes para los intelectuales republicanos, son etiquetados de la misma manera que la narrativa, el teatro o la poesía que gustaban mayoritariamente al público; y también al observar cómo, bajo el calor acogedor de publicaciones como Los Lunes de El Imparcial, que aseguraban la difusión y -quizá- el éxito, se mezclaban sin solución de continuidad firmas de ambos extremos de la polémica entre nuevos y viejos. Lo que nos conduce a la reflexión efectuada por Christine Rivalán al hablar sobre las colecciones de gran divulgación, el hecho de que la vanguardia es necesariamente minoritaria dentro de un contexto general que tiene otros perfiles; y que no es retaguardia todo lo que queda fuera de la vanguardia.

Esta variedad e incluso disparidad de posturas hacen que Cecilio Alonso, cuyo artículo encabeza el volumen, advierta del inseguro terreno que se pisa y, por ello, de la cautela que cabe tener al delimitar “innovación” de retaguardia. Por otra parte, como dice Javier Serrano Alonso -que ofrece ejemplos del discurso eclesiástico-, quién sabe “si no es imprescindible que la retaguardia cultural de una sociedad se manifieste para que la vanguardia crezca en la diferenciación”.

Todo lo dicho nos lleva a considerar y aplaudir el acierto de la apuesta pionera y arriesgada de este volumen que ahonda en las múltiples facetas, aspectos y proyecciones de la llamada retaguardia literaria española.

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