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TRIBUNA

Los árabes

martes 27 de enero de 2015, 19:47h

Les veo formando pequeños grupos en los fines de semana, esperando que los vecinos detengan su coche antes de entrar en el Punto Limpio y les entreguen algunos trastos o utensilios de los que ellos, quizás en un desguace, puedan sacar algún provecho; incluso si se trata de un viejo televisor u ordenador pueden venderlos en un puesto en el Rastro o un establecimiento de segunda mano. Pero también si un día cualquiera, en una pausa del trabajo, salgo a dar una vuelta, veo queda un retén que lleva acabo el cometido de los compañeros de la semana. Estos hombres de inequívoca procedencia norteafricana son altos, espigados; no tienen frío, a pesar de que su ropa de abrigo no pasa de un jersey de cuello arriba, y alguna chaqueta de cuero en este crudo invierno. Jamás los he visto discutir; mucho menos gritar. Tienen un aspecto apacible: paso a su lado; no los saludo, pero creo que saben que simpatizo con ellos y que me gustaría que el día les saliese bien.

Quizás ni vivan en el pueblo: ahora los árabes aquí no son tan visibles como antes. Hace unos años, los domingos por la tarde grupos de hombres solos paseaban por la Calle Mayor, pues todavía no habían traído a su familia. Creo que la integración ha funcionado, por lo menos hasta cierto punto, y especialmente entre la gente joven: mi hijo tenía entre sus mejores amigos a algún muchacho procedente de Marruecos o Siria, a los que había conocido en la escuela pública o después en el instituto.

De mi época universitaria recuerdo que fue en Paris, en los veranos del 64 o del 65, donde traté a un joven médico argelino que se especializaba en algún centro hospitalario de la capital, François creo que se llamaba. Para nada creo haber hablado con él en los comedores universitarios del Quartier latin que frecuentábamos de temas religiosos ni de los problemas de la inmigración árabe: lo que nos interesaba era la transformación socialista en la joven república de Argelia, llevada a cabo desde postulados laicos. Tampoco discutíamos acerca de la violencia gratuita de la revolución o de los peligros que la corrupción representaba para el partido único. Ciertamente no planteábamos cautelas en relación con los riesgos de la economía planificada ni exigíamos garantías al régimen argelino, que quizás considerábamos formalismos legales; pensábamos que lo que necesitaban los nuevos gobernantes era impulso y determinación para liquidar los vestigios del colonialismo.

En la época de la que estoy hablando uno de los alicientes universitarios que contaba Madrid en relación con otras plazas, por ejemplo Valladolid de donde yo venía, era la oportunidad de conocer a gente de nuestra América. Y efectivamente coincidiría haciendo el doctorado en derecho o en mis estudios de ciencia política con alumnos de esa procedencia, bastantes de los cuales se hospedaban en el Colegio Mayor Guadalupe, dirigido a la sazón por un universitario ejemplar que acaba de fallecer y a quien había conocido como profesor en Ciencias Políticas, me refiero a Antonio Lago. En cambio, los alumnos becados de los países árabes eran prácticamente inexistentes, aunque, por razones que desconocía, si que había un número considerable de médicos formándose en la Facultad y el Clínico. Creo que frente al caso de los estudiantes latinoamericanos aquellos médicos en agraz se movían dentro de pautas de sobriedad y aun escasez notables–creo que muchos de ellos no hacían otra comida al día que el almuerzo de los comedores universitarios. A mí me llamaba la atención la orientación social de su patriotismo, pues su objetivo era formarse para ser útiles en Palestina; pero políticamente, frente a lo que ocurría en Paris, pasaban bastante desapercibidos, supongo que sobre todo para no arriesgarse a perder en la universidad ya alborotada de la época sus becas.

El mundo árabe que tengo en mi cabeza es sobre todo el reflejado por los escritos de Camus, que testimonia la dependencia de la felicidad de la luz y el sol, pero que, por ejemplo en las Crónicas argelinas, dedica tiempo a relatar las condiciones de vida de la población árabe campesina con llamativo detalle. El universo camusiano argelino se prolonga desde luego en los libros autobiográficos de Jean Daniel, y lo veo evocado en alguna bella película como la de los monjes franceses en una misión en la región de los montes Atlas, esto es, De dioses y hombres de Xavier Beauvois de 2010. Cuando hace ya bastantes años tuve ocasión de visitar al lado de Túnez ese pueblecito blanco, azul y jazmín, de Sidi Bou Saïd, creía que acababa de bajar del tren que Meursault, el protagonista de El extranjero, cogía hasta llegar a la playa algún fin de semana…

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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