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ELENA ANAYA PROTAGONIZA LA ÓPERA PRIMA DE LA CINEASTA, TODOS ESTÁN MUERTOS

Beatriz Sanchís: "En los países occidentales vivimos de espaldas a la muerte"

Laura Crespo
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lauracrespoelimparciales/12/5/12/24
Beatriz Sanchís: 'En los países occidentales vivimos de espaldas a la muerte'
Entrevista a la nominada al Goya a la mejor dirección novel días antes del estreno de su ópera prima: Todos están muertos, el pasado verano.
Tras su exitoso paso por el Festival de Málaga, en el que se hizo con el premio especial del Jurado, el de mejor actriz y el de mejor Banda Sonora Original, Todos están muertos llega este viernes a las salas para poner el broche de oro al hasta ahora excelente debut de Beatriz Sanchís en el largometraje. La invitación: una comedia dramática sobre la muerte, la familia, el amor y la culpa, estética y musicalmente ochentera cuyo reparto encabeza Elena Anaya y completan Angélica Aragón, Nahuel Pérez Biscayart, Christian Bernal, Patrick Criado y Macarena García.

Un fantasma sin pies, el rock irreverente de los ochenta y una Elena Anaya tan inmensa como siempre. Con estos ingredientes este viernes llega a las salas Todos están muertos, el debut en el largometraje de la cineasta valenciana Beatriz Sanchís que volvió de su estreno en el festival de cine de Málaga el pasado mes de marzo con tres trofeos bajo el brazo. Primero, el reconocimiento a Anaya como mejor actriz, merecido por su –como casi siempre- impecable trabajo, que esta vez se mide en plano con la titánica Angélica Aragón: entre ambas, soportan la mayor carga dramática de la película. En segundo lugar, el galardón a la mejor banda sonora original que, podría decirse, está perfectamente basada en una historia real. Por último, el premio especial del jurado a la mejor película, que reconoce, sobre todo, el trabajo de contención del guión, una especie de ‘quien mucho abarca…’ más que pensado que permite diferentes niveles de profundidad al espectador: en la superficie, una historia blanca, de esas cuyo final se intuye desde el punto de partida sin que eso sea un problema para disfrutar del camino; en el subsuelo, hilos de los que tirar sobre algunas realidades tan políticamente incorrectas como humanas.

Con cuatro cortos y una iniciada carrera en el videoarte, Sanchís ha elegido un proyecto muy personal para su puesta de largo, una historia que “nace de una experiencia personal” tras el fallecimiento de un amigo, según cuenta la cineasta en una entrevista con El Imparcial. La premisa, dice, “es bastante sencilla: ¿qué pasaría si te pudieras despedir de alguien de quien no pudiste hacerlo en un momento dado?". Y así surge Lupe (Elena Anaya), encerrada día y noche en una casa de la que la agorafobia no le permite salir y en la que vive con su madre (Angélica Aragón) y su hijo (Christian Bernal). Sin paños calientes: no es buena madre; obviamente no fuera de casa, pero tampoco dentro. En el pasado, era muy distinta: la teclista y cantante de la exitosa banda Groenlandia, un ficticio pero muy realista grupo de la Movida madrileña. En un intento por devolver a Lupe su energía natural, su mexicana madre aprovecha el día de los muertos para traer del más allá a su hijo y hermano de la protagonista (Nahuel Pérez Biscayart), a quien sólo Lupe podrá ver y que trastocará la vida dentro y fuera de esas cuatro paredes.

“La muerte es más traumática cuando no te la esperas, sobre todo siendo la de una persona joven; las circunstancias influyen muchísimo y cuando algo viene de forma inesperada te cambia la vida”, defiende Sanchís, quien quiso acercarse a la muerte “desde un punto de vista diferente” en su película. “Escogí la cultura mexicana porque su forma de concebir esa noche de los muertos, en la que el velo entre los muertos y los vivos desaparece, me parece algo muy interesante y me servía mucho a nivel dramático para sostener la trama de la película”, explica la cineasta.

Mientras los mexicanos dedican una noche al año a hablar con sus muertos, ofrecerles sus comidas o bebidas favoritas y hacerles regalos, “en los países occidentales vivimos actualmente muy de espaldas a la muerte”, opina Sanchís. “Es algo que de alguna manera se queda en un cajón y queremos pasarlo lo más rápido y lo más por encima posible, mientras que en otras culturas, como la mexicana, hay una aceptación y una comunicación más grande”, termina.

En la representación de su fantasma, también se intuye este indagar de la cineasta en los diversos puntos de vista sobre la muerte que otras culturas ofrecen como alternativa a Occidente. Ni transparencias, ni traspasos de paredes, ni ruidos fantasmagóricos; el hermano de Lupe venido de entre los muertos es “como un hermano que vuelve a casa después de estar 15 años en el extranjero”, compara Sanchís. En su afán por representar al fantasma “más naturalista posible”, la cineasta sólo se permitió una licencia: robarle sus pies. “Cuando estaba preparando la película leí un libro de un autor japonés que contaba que en su cultura la representación del fantasma es totalmente naturalista, pero sin pies, porque es alguien que no está amarrado a la tierra”, explica.

Apariencias y fondo

Junto a la muerte, la maternidad, el amor, la culpa, la familia, el egoísmo, o la adolescencia son algunos de los temas que planean sobre el argumento, y lo hacen de una forma casi imperceptible, integrándose en la sencillez narrativa propia de la fábula. El resultado es una película fácil de ver, incluso superficial para quien decida quedarse, precisamente, en la superficie. Porque, como defiende Sanchís, su primogénita viene “en dos capas”.

“Hay una capa en la que se ofrece una película muy sencilla, muy blanca, que todo el mundo puede ver; pero después hay una capa subterránea donde reside todo lo oscuro y todo lo terrible que ha pasado en esta familia”, cuenta, y zanja que “tiene dos profundidades y, por tanto, dos lecturas, cada espectador puede instalarse en la que quiera”.



Fiel a los ochenta

Todos están muertos se mueve en dos épocas: los noventa, que es el tiempo en el que transcurre la película, y los ochenta, el momento en el que Lupe triunfaba con Groenlandia y del que se suceden los flashbacks. Pero “a nivel estético y visual está mucho más anclada en los años ochenta porque lo importante para mí era transmitir que estos personajes viven como una especie de isla que es esa casa en la que habitan y en la que el mundo se ha detenido”, valora Sanchís.

Cardados, camisas estampadas, amplias sudaderas, bisutería grande, cuero, vinilos, papel pintado y, sobre todo, amplificadores, sintetizadores y cableado. La voluntad de la cineasta por ser fiel a la época que intenta recrear y de la que se reconoce enamorada llega incluso a las técnicas de rodaje. Las escenas que recrean los conciertos de Groenlandia están planificadas, iluminadas y rodadas de la misma manera en que se grababan en esa época, con cámaras de tubo, focos de hace tres décadas y tipos de plano fácilmente identificables con aquel momento.



El mimo a la imagen se extiende también a la música. Basta con escuchar Corazón automático, el single con el que Groenlandia rompió las listas en los ficticios ochenta de Todos están muertos, y el reconocimiento a la BSO en Málaga se explica por sí solo. “Las referencias que les di a mis músicos fueron las de grupos que a mí me gustan mucho de los ochenta, como el primer Radio Futura, Alaska en sus primeros discos, con los Pegamoides, y Derribos Arias”, indica Sanchís.

Anaya tras los Goya

Todos están muertos es el primer proyecto en el que Elena Anaya se embarcó tras recibir el Goya a la mejor actriz por su trabajo en La piel que habito a las órdenes de Almodóvar (aunque ya estrenó en enero Pensé que iba a haber fiesta, de Victoria Galardi, el rodaje es posterior). “A Elena siempre le gustó mucho este personaje”, asegura Sanchís, que creó a Lupe ya pensando en Anaya cuando ambas mantenían una relación sentimental. La intérprete “estuvo en contacto con varios psicoterapeutas y mantuvo entrevistas con algunas personas que sufrían agorafobia para poder preparar bien el rodaje”, cuenta la valenciana.

Con el premio de Málaga y la, de momento en el festival, buena acogida del público, parece que Anaya ha acertado con la elección. No es fácil seleccionar proyectos en según qué situaciones. Después de obtener el mayor reconocimiento del cine español por un papel dirigido por el director marca-España por excelencia es un buen ejemplo de ese tipo de situaciones. Una ópera prima, también.

Cada cosa que haces es como tu última oportunidad para trabajar, como una prueba de fuego para poder continuar”, opina Sanchís, quien cree que hay “cada vez menos posibilidades de hacer una película”. De ahí que recomiende “dar el máximo y aspirar a lo máximo para poder seguir” trabajando. “A una película le tienes que dedicar un montón de tiempo, y lo que a mí más me cuesta es encontrar una historia que me seduzca de tal manera que me haga estar dispuesta a pasar todo ese tiempo con ella”, expone y adelanta que acaba de volver a dar con un proyecto así y ya está trabajando en él.