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Muere el historiador Antonio Morales Moya

miércoles 04 de febrero de 2015, 10:29h
Muere el historiador Antonio Morales Moya
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Consiguió imprimir una huella original en los muchos y diversos territorios del pasado sobre los que proyectó su atención.
Creo, en efecto, en el compromiso social del historiador que trata de esclarecer el pasado para una mejor comprensión del presente. Por eso, he tratado de participar, tan modestamente como fuere, en la “esfera pública”, es decir, en esa red social donde se intercambian informaciones y puntos de vista que se convierten, como señalaba Habermas, en “opinión pública”... Por otro lado, creo que tiene sentido reivindicar la historia desde el punto de vista de la lucha por una sociedad abierta, por la primacía de la razón, de la justicia, de la libertad y de la igualdad.

(“El compromiso del historiador. Conversación con Antonio Morales Moya”, Historia del Presente, 10, Madrid, 2007, p. 86).



El reciente fallecimiento del profesor Antonio Morales Moya (Villa Sanjurjo, 1933-Madrid, 2015), deja a la historiografía española sin uno de sus más importantes referentes. Protagonista de una carrera académica atípica (licenciado en Filosofía y Letras a los treinta y siete años y doctor en Historia a los cuarenta y ocho, tras ejercer mucho tiempo como miembro del Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado), a partir de su irrupción profesional en el campo historiográfico a comienzos de la década de los ochenta (primero en la Universidad Complutense, después en Salamanca, a continuación en la Universidad Carlos III y, finalmente, en la Fundación Ortega y Gasset), Antonio Morales consiguió imprimir una huella original en los muchos y diversos territorios del pasado sobre los que proyectó su atención.

En primer lugar, en los orígenes de la contemporaneidad española, época a la que dedicó estudios decisivos, partiendo de una tesis doctoral muy renovadora, que frente a lo que era habitual presentaba un siglo XVIII sinceramente reformista, en el que las políticas ilustradas, promovidas desde la monarquía absoluta y con el apoyo decisivo de una élite perteneciente a la pequeña nobleza, habrían contribuido decisivamente a la destrucción del Antiguo Régimen y a la preparación de la revolución.

Antonio Morales fue también uno de los primeros historiadores españoles que reparó en la decisiva “crisis de la historia” que empezó a percibirse a finales de los años setenta y en los años ochenta, y en particular sobre la fulgurante aparición de la “historia post-moderna”, con su muy saludable atención a lo individual y lo específico, pero también con sus peligrosas propuestas de destrucción del proyecto universalista de la modernidad. Su profundo conocimiento de aquellos debates resultaron extraños en una época en la que el medio universitario español seguía fascinado, hoy nos parece que incomprensiblemente, por una versión del pensamiento marxista que apenas trascendía la escolástica académica.

En la última década del siglo pasado, cuando los síntomas de la crisis del Estado de las Autonomías empezaron a acumularse, el profesor Morales Moya orientó una parte creciente de su trabajo como historiador hacia el análisis de los problemas de articulación entre el Estado y la nación de los españoles. Fue entonces cuando intervino activamente en la polémica planteada en torno al Plan de Mejora de la Enseñanza de las Humanidades elaborado en 1997 por la ministra de Educación Esperanza Aguirre, que fijaba como objetivo para la Historia valorar tanto el carácter unitario de la trayectoria histórica de España como sus diversidades lingüísticas y culturales, pero que, como es bien sabido, fue rechazado en el Parlamento. Antonio Morales trató de demostrar que la normativa legal vigente dificultaba la formación de una conciencia histórica compartida y defendió la existencia de una Historia de España, “nación de naciones” si se quiere, pero en todo caso distinta de la suma de la historia de las diversas nacionalidades y regiones que la componen.

Al abordar este terreno, acabó denunciando, una vez más, el tratamiento historiográfico mayoritario del hecho nacional español. El abuso del concepto de “invención”, que tendría como efecto la reducción en el tiempo de la Nación española que, surgida en Cádiz, diluida con la emergencia de los nacionalismos “periféricos” en el último tercio del siglo XIX, apenas habría cumplido tres cuartos de siglo de incontrovertida existencia. Frente a esa visión, realizó una propuesta de comprensión de la Nación española que trataba de integrar el enfoque “modernista” —la nación como comunidad cívica de ciudadanos legalmente iguales que viven en un territorio determinado— con una dimensión “perennialista”, es decir, como una realidad que se extiende en el tiempo y en el espacio y se encarna en una “patria histórica”. España sería, en este sentido, como otras en Europa, una nación “premoderna”, una “vieja y continua nación”. Una Nación, además, no homogénea, pues en su seno se perciben con nitidez grandes diferencias étnicas, con consecuencias políticas y económicas muy importantes.

Los últimos grandes proyectos que Antonio Morales vio completamente culminados fueron la excepcional “Historia de la nación y del nacionalismo español”, una investigación colectiva de amplio alcance, desarrollada en la Fundación Ortega y Gasset, de la que el profesor Morales Moya fue principal impulsor, junto a Juan Pablo Fusi y a Andrés de Blas, publicada en 2013; más allá de la pluralidad de perspectivas, en esta magna obra colectiva late una firme defensa de la tradición del nacionalismo liberal español, apenas visible en un espacio público hegemonizado por nacionalistas que, al reclamar la identidad étnica como base para la organización política, tienden a negar el principio político de la ciudadanía. Y más reciente aún, “1714. Cataluña en la España del siglo XVIII”, un volumen que recoge los textos de las conferencias celebradas en abril de 2014 en la Fundación Ortega-Marañón. En estos últimos trabajos, el profesor Morales fue –no podía ser de otro modo- profundamente fiel a sí mismo, así como a los rasgos que singularizaron su trabajo de historiador: los del investigador laborioso y brillante, con una formación de hondura nada común; y al mismo tiempo los de un intelectual valiente, con criterio propio, siempre comprometido con los valores característicos de las sociedades abiertas. Ciertamente, no será fácil cubrir el hueco inmenso que su muerte acaba de producirnos.
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