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POR LIBRE

Esperanza Aguirre, la última oportunidad

domingo 15 de febrero de 2015, 14:09h

Con un retraso absurdo e incongruente, Mariano Rajoy está punto de desvelar los nombres de los candidatos para las elecciones municipales y autonómicas. Quienes le conocen aseguran que disfruta con el suspense y con el hermetismo. Se supone que ya este lunes descerrajará con el dedazo el secreto que tiene en vilo a tantos políticos y a tantos militantes. La gran duda estriba en saber si se atreverá a nombrar a Esperanza Aguirre como candidata a la Alcaldía de Madrid.

Sabe de sobra que, en estos momentos turbulentos para el PP, al perder el apoyo de un buen número de votantes por haber disuelto el ideario en los duelos con los nacionalistas y los sociólogos visionarios, la que fue presidenta de la Comunidad resulta, sin duda, el mejor cartel para recuperar los votos perdidos en el camino. Es sólida en sus planteamientos ideológicos y políticos, no tiene pelos en la lengua, aguerrida en los duelos verbales, y ya demostró con creces al frente de la Comunidad su acierto como gestora. Una figura que encandila a los militantes del PP y enerva a los adversarios. La ecuación perfecta.

Pero Rajoy, que conoce de sobra todas estas virtudes, le tiene más miedo que a Bárcenas. Pues sabe que es capaz de criticarle abiertamente, como ha hecho reiteradamente, cada vez que se desvíe de los planteamientos ideológicos y políticos del PP. Todavía le retumban a Rajoy los alaridos de Aguirre cuando decidió subir los impuestos. Y ya se sabe que la soberbia de los inquilinos de La Moncloa desborda las paredes del palacio. Pero es consciente de que si Esperanza Aguirre termina de candidata a la Alcaldía, además de apostar por la mejor baza posible, podría atemperar la venenosa locuacidad de la política madrileña. Y en ese dilema anda mientras se mesa la barba.

También sabe Rajoy lo que se juega en este año electoral. Porque tradicionalmente, las municipales anticipan el resultado de las generales. Y para poder gobernar en los Ayuntamientos y Comunidades, el PP está abocado a lograr mayorías absolutas, algo que ahora parece más que difícil. En las plazas emblemáticas, como Madrid y Valencia, en las que el partido lleva décadas gobernando, sería preciso voltear las encuestas para lograrlo. Y muy pocos candidatos tienen posibilidades de conseguir el milagro. Rajoy, entonces, no tiene más remedio que tragarse la soberbia y optar por aquellos nombres que sean capaces de entusiasmar a su electorado.

En Valencia, Rita Barberá aparece como la mejor baza para conservar el Ayuntamiento. Nadie cree que Rajoy se atreva a sustituirla. En la Comunidad, en cambio, el dilema está servido. Fabra no entusiasma demasiado, pero tampoco parece fácil encontrar otro candidato para la batalla que se avecina. Solo el nombre de González Pons, hombre de confianza de Rajoy y político con experiencia, ha sonado con insistencia y podría ser un buen candidato.

Pero la madre de todas las batallas se dirime en Madrid. En la Comunidad, Ignacio González lleva meses en vilo. Se desconoce si Rajoy tiene algún mirlo blanco para sustituirle. Y para el Ayuntamiento, Esperanza Aguirre aguarda en segunda fila a ser señalada por el dedazo monclovita. Pronto se sabrá si Rajoy es capaz de tragarse algún que otro sapo con tal de mantener el Ayuntamiento de la capital de España, lo que resultará más que peliagudo incluso para la locuaz política madrileña. Pero nadie duda que Esperanza Aguirre, además de pelear como una jabata por lograr la victoria, producirá un efecto contagio en el resto de España. Y ya es hora de que el PP, si quiere obtener unos buenos resultados, vuelva a sus orígenes y recupere la imagen del partido solvente y serio que siempre ha tenido. Un partido que defiende sin remilgos la Constitución, que frena las ilegalidades de los soberanistas, que mantiene, en fin, el ideario que le ha llevado a gobernar España y buena parte de los Municipios y Comunidades. Porque Esperanza Aguirre, como Aznar, sabe dónde debe estar el PP y quiere ganar las elecciones. Todo depende del dedazo de Rajoy, que, por fin, está a punto de asomar desde las tinieblas de La Moncloa.

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