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BIOGRAFÍA

Chris Kyle: El francotirador

domingo 22 de febrero de 2015, 14:26h
Chris Kyle: El francotirador

Traducción de David León. Crítica. Barcelona, 2015. 382 páginas. 18,90 €. Libro electrónico: 11,90 €

Por Federico Aguilar

El reciente estreno de El francotirador, dirigida por Clint Eastwood, y nominada a los Oscar en seis categorías, incluida la de Mejor Película, ha despertado el interés por el libro en el que se basa el filme: las memorias de Chris Kyle, definido como el SEAL (Sea, Air and Land) más letal de la historia del ejército norteamericano, que llegó a adquirir categoría legendaria en esta fuerza de operaciones especiales, creada en 1962 por el presidente Kennedy. Gracias a su prodigiosa puntería, Chris Kyle consiguió algo nunca antes logrado por ningún tirador de elite, como fue abatir a un insurgente, en las afueras Bagdad, situado a más de 1,5 kilómetros de la mirilla de su arma de largo alcance, y que se disponía a atacar con un lanzacohetes a un convoy estadounidense. Kyle aniquiló a ciento sesenta enemigos, cifra que algunos elevan a la de más de doscientos cincuenta. En cualquier caso, en su participación en la guerra de Irak, se convirtió para los iraquíes en “el diablo de Ramadi”, y se ofrecía la recompensa de 80.000 dólares por su cabeza.

Sin embargo, Kyle no murió en Irak. Volvió a su país, donde tiene que hacer frente a una realidad que parece superarle, quizá mucho más complicada para él que la bélica: “Aunque mi vida tendría que haber sido de color de rosa, durante los meses posteriores a mi renuncia tuve la sensación de estar cayendo a un pozo sin fondo. Empecé a empinar el codo; a beberme las cervezas dobladas. Yo diría que caí en la depresión. Me compadecía de mí mismo, y no tardé mucho en no hacer otra cosa que beber. De la cerveza pasé al licor, a cualquier hora del día”. Esta reacción de Kyle al regresar a Estados Unidos no deja de estar bastante extendida entre los veteranos de guerra de los últimos conflictos.

Los soldados de la Segunda Guerra Mundial eran vistos mayoritariamente como héroes, pero no son así considerados de manera unánime los de contiendas como Vietnam o Irak. Ya en su país, Kyle toma conciencia de que estaba al borde del abismo y decide ayudar a excombatientes con problemas, quienes, apunta Kyle, lo último que desean es que se les tenga lástima: “Necesitan que los traten como hombres, que es lo que son, como iguales, como héroes y como gente que tiene todavía un valor enorme para la sociedad”. Uno de esos veteranos, aquejado de estrés postraumático, mató a Kyle en febrero de 2013.

El libro de Chris Kyle, escrito en colaboración con Jim DeFelice y Scott McEwen, nos ofrece, lo que no es habitual y por ello reviste indudable atractivo, el propio punto de vista de quien vivió los dos lados y tuvo que pasar de ser soldado a excombatiente. El padre de Chris Kyle le regaló a este en su octavo cumpleaños un rifle y le adiestró en su uso, a la vez que le explicaba que el mundo se divide en lobos, ovejas y perros pastores. “En el campo de batalla, no hay sitio para el gris, todo es blanco o negro”, confiesa Kyle. Y, quizá, ahora más que nunca, cuando occidente tiene ante sí el desafío del terrorismo yihadista, con movimientos tan crueles y repugnantes como el Estado Islámico.

La figura de Chris Kyle ha provocado la polémica, pero sería muy conveniente ir más allá de esta y que sirviera para la reflexión, pues, obviamente, plantea insoslayables cuestiones de diversas índoles. Al volver de la batalla, los veteranos han de adaptarse de nuevo al gris.

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