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DEL SUECO RUBEN ÖSTLUND

Fuerza mayor, turbadora y brillante disección del animal humano

Laura Crespo
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lauracrespoelimparciales/12/5/12/24
viernes 27 de febrero de 2015, 00:12h
Fuerza mayor, turbadora y brillante disección del animal humano
En su cuarto largometraje, el cineasta Ruben Östlund juega al drama familiar, la comedia negra y el thriller para hacer una brillante radiografía del ser humano como especie animal instintiva. Turbadora, inquietante, Fuerza Mayor es una pequeña joya que llega este viernes a las salas españolas.
¿Qué es el instinto? ¿De qué depende que se dirija hacia un lado o hacia otro? ¿Tenemos los seres humanos, como especie, un instinto común? ¿Hay diferencias instintivas de género? ¿Y generacionales? ¿Es incompatible la evolución humana con el instinto que se presupone algún día tuvimos como parte del reino animal? ¿Dónde queda esa parte esencial del hombre en las estructuras sociales actuales implícitamente aceptadas? Lo mejor de estas preguntas, lanzadas sin paños calientes por el director Ruben Östlund en su último trabajo, Fuerza Mayor, es que permiten tantas respuestas y matices como pares de ojos contemplen la cinta. El cuarto largometraje del realizador sueco es una sacudida emocional brillantemente hilada, que llega sin avisar y atrapa de forma irremediable.

Fuerza Mayor abarca los seis días de vacaciones de una familia de clase media-alta en una estación de esquí de los Alpes. El primer día sirve al espectador para situar a los protagonistas: él y ella, adultos jóvenes, con una niña y un niño pequeños; suben y bajan la montaña en perfecta armonía, coordinados, en un coreografiado zig-zag hipnotizante (Östlund, en sus inicios, dirigió vídeos de esquí, y aquí se explaya en las secuencias rodadas en la pista); duermen juntos, los cuatro, y se deja ver al espectador un matrimonio maduro, quizás algo anclado en la rutina, nada fuera de lo aceptable, entendible y justificable según los esquemas actuales de relación, en los que el trabajo, los hijos, los horarios y el mismo paso del tiempo condicionan la normalidad. El segundo día, una avalancha amenaza en cuestión de segundos con tragarse la terraza del restaurante en el que almuerzan. Mientras la madre intenta proteger a los dos niños, el padre opta por un ‘tonto el último’ y desaparece de la zona de peligro hasta que se disipa el polvo de nieve y se descubre que el alud paró a tiempo. Aparentemente, todo está en orden, los cuatro están a salvo, la nieve sigue blanca. Pero la situación límite ha dejado al descubierto los instintos más básicos, animales, como la supervivencia o la protección de las crías.

Algo se rompe en el equilibrio reinante hasta entonces, primero en una especie de guerra fría y soterrada para pasar después a las trincheras y terminar en el cuerpo a cuerpo. Y mientras el protagonista intenta recuperar su lugar como el ‘padre de familia’ –concepto que merecería análisis aparte-, la película lanza flashes de una visión transversal del ser humano bajo un único y contundente supuesto: quitar la suave e impoluta nieve para rascar el hielo de fondo. El significado del amor, las relaciones de pareja, la paternidad y la maternidad, el matrimonio, la masculinidad y la feminidad, la fortaleza, la experiencia y la edad, el relevo generacional; todo es revisable desde una perspectiva natural del hombre, despojado de las convenciones sociales y culturales aprehendidas que, por otra parte, son ya inherentes al propio ser humano. Una disección del individuo en tres capas (lo que aparentamos ser/lo que creemos que somos/lo que somos en realidad, a nivel incluso biológico) y las distintas formas de gestionar una toma de consciencia sobre ello.

El intenso debate que emana de la cinta admite tintes antropológicos, pero parte de situaciones comunes, alteradas por una única y puntual excepcionalidad que lo cambia todo. No importa ser hombre o mujer; madre, padre o no haber pasado por la experiencia de tener hijos; ser soltero o tener pareja; porque las teclas que toca Östlund con Fuerza Mayor son reconocibles e identificables para cualquiera desde casi cualquier posición vital, los sentimientos a los que apela son universales aunque los miremos, si acaso, de reojo.

Además, la trama de ficción que sujeta la verdadera alma de la película tiene solvencia suficiente como para que el espectador se mantenga pegado a su desarrollo, para que le importe el devenir de esos personajes de la pantalla, aunque poco a poco el análisis vire de ellos a sí mismo. Östlund propone un drama con pinceladas de comedia negra que, a base de diálogos bien construidos y una música de violines tan incisiva como bien dosificada, consigue un ritmo exquisito. El cineasta juega a ratos al thriller, alterando la percepción del espectador, manteniéndole en un irracional estado de alerta, como si lo que tiene ante sí fuera la historia de un asesino en serie en lugar de la de una familia acomodada en unas vacaciones de esquí. Todo, con un manejo inteligente de la cámara, que alterna entre la quietud más extrema en planos fijos de los personajes y composiciones geométricas, y el serpenteo de las imágenes de montaña. De nuevo, lo cultural y lo natural.

Sin 'spoilear' al lector más de la cuenta, tener en mente un concepto hacia el final de la cinta hace surgir la magia: la manada.
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