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NOVELA

Andrés Trapiello: El final de Sancho Panza y otras suertes

domingo 01 de marzo de 2015, 16:39h
Andrés Trapiello: El final de Sancho Panza y otras suertes
Destino. Barcelona, 2014. 430 páginas. 19,50 €. Libro electrónico: 12,99 € Humor y melancolía en esta apasionante aventura en la que acompañamos a Sancho Panza, Sansón Carrasco, Antonia Melgar y Quiteria Romero al Nuevo Mundo. Una deliciosa novela con mucho de homenaje a Cervantes.


Por Rafael Narbona

La novela española contemporánea no se ha despegado de la sombra de Valle-Inclán y Pío Baroja. Valle-Inclán es un prosista excepcional, pero hasta su segunda época, cuando brota la feliz idea del esperpento, no consigue crear personajes complejos, con una humanidad creíble. El esperpento no es una simple pauta estética, sino una apertura hacia el otro, que trasciende los estereotipos modernistas. Pío Baroja nunca se preocupó demasiado del estilo, pues sólo necesitaba unas líneas para infundir vida a un personaje. Su aparente desaliño queda cuestionado por brillantes páginas de prosa poética, como el célebre “Elogio sentimental del acordeón”. Andrés Trapiello (León, 1953) es un notable prosista, pero nunca se ha despeñado por el esteticismo vacío, gratuito. Su literatura, donde destacan sus deslumbrantes diarios, es barojiana, cervantina, humanísima. No imagino a otro autor abordando una empresa tan descabellada como narrar las peripecias de Sancho Panza, el bachiller Sansón Carrasco, Antonia Melgar, sobrina de Alonso Quijano, y Quiteria Romero, ama del noble y melancólico hidalgo de un impreciso lugar de La Mancha. El Quijote es algo más que un clásico.

Simboliza el espíritu de una nación y encarna el impulso narrativo en estado puro. Trapiello encabeza su novela con una cita de Charles Dickens: “Hechos, sólo hechos” (Tiempos difíciles). Se trata de una referencia breve, pero que expresa una “poética”. Para la novela, no hay un canon o una preceptiva. Sin embargo, las palabras deben estar al servicio de un relato. El ser humano necesita contar, objetivar su experiencia. Por múltiples razones. Para comprender el mundo, para comprenderse a sí mismo, para huir de la mediocridad e introducir en su rutina la aventura, lo fantástico y lo improbable.

El final de Sancho Panza y otras suertes es una apasionante aventura, con las dosis necesarias de humor y melancolía. ¿Se puede concebir algo más apasionante que seguir a sus personajes por un viaje hasta el Nuevo Mundo? Trapiello no se conforma con prolongar el hilo. El tiempo ha hecho su trabajo. Sancho ya no es analfabeto. Ha aprendido a leer. No pudo resistir la curiosidad de conocer el relato de sus peripecias con Don Quijote, según la versión de Cidi Hamete. Al terminar el libro de sus andanzas, sólo experimentó perplejidad: “No sé quién soy”. Averiguar quién es en realidad le parece imprescindible, pues si no lo consigue, nunca sabrá quién desea ser. Después de conocer en Sevilla a los impostores que presuntamente inspiraron a Fernández de Avellaneda, su confusión aumenta, pues descubre que su identidad se ha convertido en una moneda de cambio. Ser Sancho es mejor que no ser nadie. Además, llena la bolsa y la andorga. No obstante, el verdadero Sancho descubrirá en las Indias que lo esencial no es acumular riquezas, sino disfrutar de serenidad interior. Y “la paz de la conciencia sí que es ínsula extraña, que vale lo que un reino”.

Por el contrario, Sansón Carrasco, que alentó en sus compañeros de viaje la fiebre del oro y la plata, se hundirá en la desesperación, tras sufrir los estragos físicos y psíquicos de la ambición material: “La locura de Don Quijote, al lado de la mía, no fue sino cordura. Si él supo siempre quién era, yo ya no sé quién soy”. Viajar no es un simple desplazamiento geográfico. Al cambiar de latitudes, se profundiza en el alma y el pasado se transforma. “Apenas llevamos unas semanas lejos de nuestra aldea -comenta Antonia hacia la mitad de la novela-, y cuántas cosas nos han sucedido. No parece sino que hayamos salido de ella hace dos años, y que todo lo de ayer haya quedado tan lejos que no se recuerda”.

“Hechos, sólo hechos”, pero Trapiello no escribe como el Baroja de las andanzas de Aviraneta, sino como un Borges que juega con la realidad y la ficción, sembrado dudas sobre las fronteras entre lo posible y lo increíble. El corsario inglés que captura a Sansón Carrasco y sus acompañantes ha leído el Quijote y ha comprado en Madrid los papeles póstumos de Cervantes a su viuda, Catalina Salazar de Palacios. El pirata reivindica la honradez de su oficio y promete dar a conocer los manuscritos, cuando abandone el cortés saqueo de los mares. El escudero le pregunta si está en su poder El final de Sancho Panza, pues Catalina le comentó la existencia de un manuscrito con ese título. El bucanero hurga en una arqueta y halla el libro, pero todas sus páginas están en blanco. Sancho suspira aliviado, pues temía que la obra incluyera su muerte.

No es así, pues el final lo escribirá Sancho, un personaje de ficción que con el libro de Trapiello adquiere una paradójica vida. “Hecho, sólo hechos”, pero El final de Sancho Panza y otras suertes es tragicomedia y filosofía, literatura y metaliteratura. Una obra ambiciosa con un planteamiento temerario. En otras manos, el argumento habría fracasado estrepitosamente, pero Trapiello ha realizado un admirable ejercicio de prestidigitación, corroborando su condición de gran autor, capaz de inventar y reinventar. Al margen de sus cualidades como pieza literaria, El final de Sancho Panza y otras suertes proporciona una inesperada felicidad, sustrayendo al lector del mundo real. Sólo un gran escritor puede consumar un deicidio de esta naturaleza. Al terminar la novela, no he podido resistir la tentación de empezar a releer el Quijote y, desde las primeras páginas, no he experimentado la sensación de saltar a un nuevo territorio, sino de transitar por el mismo paisaje.

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