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CRÓNICA DE AMÉRICA

Desconcierto en el Alba ante las sanciones norteamericanas

sábado 21 de marzo de 2015, 12:22h
Desconcierto en el Alba ante las sanciones norteamericanas
Obama perfila una jugada maestra con Venezuela y Cuba.
La decisión de la administración Obama, en las postrimerías de su mandato, de declarar a Venezuela como una amenaza, ha tomado a contrapié no solo al chavismo venezolano, sino a todo el chavismo internacional que vive -o ha vivido hasta ahora- de las donaciones en petrodólares repartidas con generosidad casi suicida por Caracas. Las disposiciones adoptadas por Washington no solo han supuesto un serio contratiempo, sino que han generado una severa reacción de temor en todas las terminales chavistas.

Un ejemplo palmario de ese miedo compartido lo está ofreciendo la actual cumbre extraordinaria de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de América (ALBA-TCP), convocada urgentemente por Nicolás Maduro en el Palacio de Miraflores. Tras la habitual retórica vacía de contenido de los líderes de la izquierda del ALBA, se suceden soto voce inusuales medidas de reconciliación para conjurar el sobresalto, próximo al pánico, que el puño sobre la mesa de la administración norteamericana ha provocado.

Ya la noticia cayó como un inesperado jarro de agua fría en Miraflores este pasado lunes, donde altos cargos chavistas se quedaron desconcertados y alertas como si solo se tratase del preludio de un castigo de mayores proporciones que estuviese aún por recaer sobre sus cabezas. Obama no únicamente señaló que las actividades del actual Gobierno venezolano son una amenaza para la política exterior y la seguridad nacional estadounidense, sino que también implican una violación de los derechos humanos, un despotismo vejatorio contra los dirigentes de la oposición -Leopoldo López, Daniel Ceballos o Antonio Ledezma, entre otros, secuestrados por las fuerzas de seguridad con métodos sin auténtica cobertura legal- y el latrocinio de una corrupción mayúscula que deja al país sin recursos para superar el desabastecimiento y la mayor inflación del planeta.

Por este motivo las sanciones no se han dirigido contra Venezuela ni contra el conjunto del Ejecutivo, sino solamente, por el momento, contra siete altos funcionarios responsables de la represión en las áreas de seguridad y justicia, como por ejemplo el director general del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN), Gustavo Enrique González López, o la fiscal Katherine Nayarith Harington. La iniciativa de la Casa Blanca parecía, a primera vista, ideal para reactivar el espantajo del enemigo exterior y la oratoria sobre el antiimperialismo. Todavía resuena el desplante bravucón de Hugo Chávez en la tribuna de Naciones Unidas, afirmando que olía a azufre el lugar que había ocupado momentos antes George W. Bush. Fanfarronadas de este calibre han salido en los últimos lustros gratis mientras las administraciones estadounidenses han hecho oídos sordos a lo consabida cadena de sandeces recitadas como un aburrido catecismo político que produce tedio a las mismos oradores que las reiteran a cada instante. Esa falta de respuesta a las declaraciones había sido interiorizada por la izquierda chavista como un imaginario acuerdo tácito con Estados Unidos.

Una ilusión que acaba de hacerse trizas con las resoluciones acordadas por Barak Obama. A los hechos el presidente norteamericano ha respondido con hechos. Nadie se lo esperaba ni en Miraflores ni en ninguna capital de los países que integran el ALBA. Al despertar de esa fantasía que era la supuesta pasividad estadounidense, se le suma el daño personal efectivo que las medidas causan en la cúpula del régimen. Las penalizaciones les inhabilitan para viajar a Estados Unidos, y, lo que es mucho peor, congelan sus activos en cuentas engrosadas con dinero ilícito procedente de la corrupción, y ahora comienza a sospecharse que en algunos casos del narcotráfico. Informes sobre el Banco Madrid han destapado un presunto blanqueo de capitales por parte de cabecillas chavistas, y esto puede ser solo la punta del iceberg. Impedirles un retiro dorado y gozar de las enormes fortunas amasadas durante su paso por el poder. Una pieza más siembra la inquietud en Caracas: ¿cómo es que Barak Obama inicia un acercamiento a un régimen aún más brutal como es el castrista en Cuba, a la vez que pone en marcha sanciones que se adivinan cada vez más duras a su socio venezolano?

Sin duda el presidente Obama ha empezado una jugada maquiavélica en el tablero del Caribe. Se ha apuntado el hito histórico de aproximar posiciones para restablecer relaciones diplomáticas con La Habana. La opinión pública no le puede tachar de sectarismo antiizquierdista. Pero lo que la isla ansía no son las relaciones diplomáticas, sino el desbloqueo económico, con la esperanza de que las inversiones se canalicen hacia el fortalecimiento financiero del Partido Comunista y sus funcionarios, perpetuándose una generación más. Sin embargo es irracional imaginar que esto vaya a suceder si continúa la actual alianza entre castrismo en Cuba y chavismo en Venezuela. El acercamiento a La Habana y las sanciones a Caracas son dos movimientos de una jugada bien coordinada.

Las terminales europeas del chavismo han reaccionado con la misma cautela y temor que los líderes bolivarianos en Hispanoamérica. Podemos se ha limitado a afirmar que cualquier medida internacional contra Nicolás Maduro entorpecerá el diálogo -no se sabe cuál diálogo, sino es la tautológica cháchara de los chavistas entre sí-, mientras votaba en el Parlamento europeo contra un dictamen que exigía la liberación de los disidentes venezolanos y condenaba los asesinatos de manifestantes. Otros chavistas de esta orilla del Atlántico, como Ignacio Ramonet, exdirector de Le Monde Diplomatique y fundador del Observatorio Internacional de los Medios de Comunicación, difunden estos días que Obama persigue crear un cultivo interior para que aventureros lleven a cabo un magnicidio contra Maduro y favorezcan un golpe de Estado. Así lo acaba de declarar a propósito de una conferencia en Quito, sumándose a la doctrina conspiranoica oficial.

No son, en cambio, estas fabulaciones las que ensombrecen el Palacio de Miraflores. El horizonte de una escisión entre castrismo y chavismo, la amenaza de una discordia en el seno mismo del ALBA, el temor a una ruptura interna entre los regímenes chavistas, precisamente ahora que Venezuela no puede comprar voluntades con el maná del petróleo, dado el derrumbe económico y la caída del precio del barril, pinta un panorama poco prometedor. El desabastecimiento y la pérdida de poder adquisitivo, la previsible violencia que deberá utilizar para contener movilizaciones populares que por la lógica de la situación se desencadenarán, sumado a un cada vez más amplio rechazo internacional, constituyen una perspectiva más realista y casi tan desastrosa como ese imaginario magnicidio eternamente anunciado.

La intuición de estas expectativas es la que ha llevado a iniciativas tan peregrinas como la del ministro de Educación de Venezuela ordenando a los alumnos y los maestros de las escuelas del país que escriban mensajes y firmen declaraciones pidiendo “el cese de la agresión”. Ha sido la primera medida de Nicolás Maduro tras la aprobación de la Ley Habilitante Antiimperialista. En ella se exigía que los estudiantes realizasen dibujos contra Obama y firmasen hojas con la frase: “No somos una amenaza, somos la esperanza. Queremos vivir y crecer en paz.” Por otro lado, la consigna obligada a firmar por los niños era parte de la réplica que Maduro dio a las sanciones norteamericanas. Más allá de las previsibles acusaciones de un supuesto intento de “reconolizar Venezuela”, Maduro introdujo la sorprendente novedad de repetir en inglés -el idioma imperialista-: “Venezuela is not a threat, we are hope” (“Venezuela no es una amenaza, somos la esperanza”), trabucando cada sílaba en una pronunciación irreconocible. Un mensaje en fondo y forma producto de la tensión y el miedo que los analistas políticos detectaron en el fúnebre lenguaje gestual que exhibió la cúpula chavista.

La posibilidad de una futura discordia interna en el ALBA ha desembocado en la actual convocatoria extraordinario donde se han escuchado engolados discursos de Raúl Castro –un maestro en el doble juego-, de Evo Morales y de otros mandatarios bolivarianos. Discursos donde, sin embargo, no han dejado de mandarse mensajes de apaciguamiento a Estados Unidos. Significativa es la reiterada advertencia en la reunión del ALBA en Miraflores: “Si tomáramos el fusil, sería el final del imperio. Pero nosotros lo que queremos es tomar el lápiz, el cuaderno, el libro para estudiar…” (Propósito, por cierto, que le convendría llevar a cabo a Maduro para no seguir quedando en evidencia con sus inmensas lagunas de incultura.) El aviso épico inicial corresponde al libreto chavista. Sin embargo, el “pero” que le sigue a continuación se adecúa más a los temores que recorren como un escalofrío bajo cuerda a Miraflores y todas sus sucursales nacionales e internacionales.

Fruto de ello ha sido la resolución de crear un grupo de facilitadores del ALBA para mediar con buenas maneras con las autoridades norteamericanas y sondear hasta dónde están dispuestas a llegar. Sin duda, pese a todos los temores, Estados Unidos no está predispuesto a ninguna intervención -en todo caso a prevenir una represión sangrienta y generalizada hacia la que se decantase la dirigencia chavista- , y tampoco se va a negar formalmente a ningún diálogo. Esta interlocución ha recaído por parte del ALBA en Ecuador, cuyo ministro de Exteriores, Ricardo Patiño, se ha aprestado gustoso a la tarea.

No obstante, una cosa son esos diálogos de intención apaciguadora y otra bien distinta la implacable mecánica geoestratégica. Venezuela no está en situación de seguir cohesionando con petrodólares su pequeño imperio aglutinado en torno al ALBA. El canal interoceánico pone en manos de China a Nicaragua, como ya sucede en términos financieros con Ecuador. El futuro de Cuba está más en el fin del bloqueo estadounidense que en los regalos petrolíferos de Venezuela. El engranaje de la disensión se ha puesto en marcha por sí solo.

Los actuales inquilinos de Miraflores aseveran, a su vez, que el pueblo venezolano es chavista, pero esa creencia es muy cuestionable en un entorno de violencia, criminalidad, asfixia de cualquier libertad política y pobreza galopante mientras surgen de la nada inmensas fortunas adquiridas por los más turbios medios. Véase el caso de la peripecia del partido venezolano Podemos, que ya analizamos en estas páginas. En realidad, Estados Unidos no necesita intervenir, solo esperar a que el chavismo se cueza en su propia salsa.