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ENSAYO

Yvonne Sherratt: Los filósofos de Hitler

domingo 22 de marzo de 2015, 16:47h
Yvonne Sherratt: Los filósofos de Hitler
Traducción de M. Garrido y R. Neira. Cátedra. Madrid, 2014. 20 €

Por José Antonio González

Si hay una cuestión ético-política de máxima envergadura que se mantiene sobrevolando el espacio de la reflexión contemporánea, es el de la responsabilidad colectiva en las atrocidades cometidas por los regímenes totalitarios. Se trata de una cuestión especialmente acuciante en los casos de aquellas sociedades en las que los gobiernos despóticos contaron con un amplio apoyo popular desde su inicio. El mayor abismo ante al que aún se halla atenazada nuestra civilización es, sin duda, el genocidio que la Alemania nazi llevó a cabo, sistemática y planificadamente, sobre la población judía europea. El debate sobre la responsabilidad colectiva del pueblo alemán brotó (después de muchos años de turbio silencio) en los años sesenta (particularmente con la llamada “polémica de los historiadores”) y, en rigor, aún no ha concluido. Es demasiado devastador asumir la evidencia de que amplias masas de la población carecen de filtros morales que les impidan tolerar los más indignos actos de injusticia con sus conciudadanos y vecinos (si el poder establecido así lo dispone).

El terreno de la filosofía (tan caro a la nación alemana), no ha sido ajeno a este debate. Bastantes años antes de que el chileno Víctor Farias publicara su afamado Heidegger y el nazismo, ya Habermas había delimitado claramente las responsabilidades de los pensadores vinculados con el nazismo, respecto a los que habían sido víctimas del mismo, tanto en su vida como en su obra (especialmente, como es notorio, los filósofos judeoalemanes). Así se refleja en Perfiles filosófico-políticos, obra de “periodismo filosófico” -como el propio autor la calificó-, que se publicó ya en 1971.

Un cierto eco de esta obra parece resonar en el libro que presentamos, Los filósofos de Hitler, de la autora británica Yvonne Sherratt; aunque en este caso, la profunda disquisición teórica que desarrollaba Habermas se ve reemplazada por una serie de rápidas descripciones psicológicas de los personajes y la exposición dramática de su devenir en torno a la catástrofe del nazismo. Dos de los protagonistas de esta tragedia (por el lado de los expoliados y humillados), los filósofos judeoalemanes Adorno y Horkheimer escribieron durante la guerra una obra emblemática, la Dialéctica de la Ilustración, en la que exploraron la vertiente de dominio irrestricto que ha acompañado al desenvolvimiento de la razón a todo lo largo de la historia de la cultura occidental. Sherratt expone en su libro una versión de dicha “dialéctica de la Ilustración”, concerniente a Alemania, en la que la negatividad oculta (pero inseparable) del desarrollo de la Modernidad resulta ser el antisemitismo. Una tendencia que hallamos, inconmovible, en Kant, Hegel, Schopenhauer, Nietzsche, Wagner… hasta alcanzar la época del nazismo, donde Heidegger y Carl Schmitt oficiaron como altos dignatarios de una doctrina metafísica del terror.

El antisemitismo fue el elemento catalizador de un poderoso impulso de contrailustración que terminó hundiéndose en una espiral aberrante de destrucción y aniquilamiento. En medio de esta vorágine, como un símbolo patético de la debilidad y la inconsistencia humanas, descubrimos los amores frustrados del pronazi Heidegger y la judía Hannah Arendt (la autora que más trabajó por poner de relieve la cuestión de la culpa colectiva, tal como quedó reflejada, para desconcierto de muchos, en su luminoso Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal).

Adorno, por su parte, nos advirtió de la posibilidad intacta de que la barbarie pudiera repetirse y acabar envolviendo a toda la humanidad. En torno a esta insoportable incertidumbre se construye la interpelación que este estudio nos presenta: “Si la filosofía no puede establecer una norma ética, ¿qué otra disciplina podrá hacerlo…?” ¿Qué garantía nos cabe hoy de que “las semillas de la filosofía de Hitler” no siguen aún vivas bajo la corteza de nuestros relativismos morales y nuestra degradación ética y política?

Como dejó escrito Adorno, nuestro presente no puede obviar que el único imperativo categórico cuya vigencia aún nos reclama no es otro que: “¡Nunca más Auschwitz!”. Que nunca más haya pretexto alguno para desposeer a ningún ser humano de su dignidad y sus derechos esenciales; ni exoneremos de responsabilidad a las propuestas filosóficas que encubran, con su elevación teórica, pretextos de tal tipo.

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