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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Nina, de José Ramón Fernández: desgarros a ritmo de jazz

jueves 26 de marzo de 2015, 16:43h

Acertada recuperación del Teatro Guindalera del Premio Lope de Vega 2003: Nina, de José Ramón Fernández, que retorna con mayor vigencia y actualidad que el día de su estreno. Un texto original que parte de un clásico como es La gaviota, de Antón Chéjov, para crear otro drama aún más próximo a nuestra situación hoy, sin traicionar los principios del Teatro del Arte, tan excelentemente cuidados por José Ramón Fernández y la Guindalera.

Nina, de José Ramón Fernández: desgarros a ritmo de jazz
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Nina, de José Ramón Fernández

Director de escena: Diego Bagnera

Intérpretes: Muriel Sánchez, José Bustos y Jesús Hierónides

Lugar de representación: Teatro Guindalera (Madrid)

Nina
es un personaje, un drama, enérgicamente arrancado de La gaviota, de Antón Chéjov, para darle una nueva vida durante una noche tormentosa en un pueblecito costero de nuestro país, aletargado en la duermevela de la tediosa temporada baja, donde los visitantes de pantalón corto han retornado a sus laboriosos puntos de origen. Extirpado de Chéjov no significa desvinculado emocionalmente de él. José Ramón Fernández ha puesto sus ojos en solo dos protagonistas del genial autor ruso: en Nina, la que fuera una joven soñadora que ambiciona una brillante carrera teatral, y en el maestro Semion Medvedenko, ahora rebautizado como Blas. El incipiente escritor suicida Treplev queda fuera de escena, sugerido en la conversación íntima de una larga noche y unas zapatillas en la arena de alguien que seguramente se ha ahogado mar adentro.

Al desarraigarlos del ambiente decimonónico en el que Chéjov los creó e implartarlos en un clima de hoy, esas fisonomías adquieren una nueva configuración, por más que el arranque inicial obedezca a un aparente esquema chejoviano. Una ciudad exánime, casi sin pulso, abandonada a una existencia gris y rutinaria, donde la esperanza de alguna transformación vital ha caído en el olvido, recibe de improviso una visita, experimenta una sacudida que sirve de revulsivo para que los personajes comiencen de nuevo a vivir. Se despliegan entonces ante nuestros ojos los anhelos interiores, los deseos secretos, las ambiciones silenciadas que hasta ese instante se habían desplomado en un profundo sopor. En las historias del creador de Tío Vania, ese repentino tumulto suele recaer, después de un fugitivo fragor, en el desánimo y en la inerte apatía del principio.

Ahora, en la pieza de José Ramón Fernández, es la propia Nina quien simboliza el súbito estímulo entre los frustrados, al regresar a su población natal tras una dudosa trayectoria como actriz de reparto en filmes y series de televisión de escasa relevancia. En la puesta en escena de Diego Bagnera, su aparición no es precisamente luminosa sino muy al contrario fantasmal. Pálida, empapada por la lluvia, ausente, casi sin voz, evoca los espectros de las herméticas pesadillas en Samuel Beckett o Harold Pinter. El hotel a donde llega Nina es un cruce de caminos, una encrucijada de vidas que arriban y parten, una intersección de existencias que se enredan en el nudo de sí mismas y en el de su relación con los demás.

Muy pronto el almuerzo a media noche, el café, el brandy y la música de Chet Baker, animan la conversación entre Nina y ese Blas alterego de Medvedenko. Frases brillantes, elegantes sentencias, arrebatos de furia y desesperación, verdades inconfesables, pesadumbres insospechadas, atraviesan el diálogo entre ambos, mientras la ciudad duerme. Descubrimos que Nina no se fue por afán de aventura, en la línea de la idealista Nina de Chéjov, sino por la dureza de su entorno que amordazaba sus deseos y doblegaba sus ansias de vida. José Ramón Fernández comienza a rectificar a su maestro Antón Chéjov, sin traicionarle. La existencia de Nina lejos de los suyos se ha revestido del oropel de quienes aspiran a la fama, pero esconde tras de sí los golpes más rudos y las experiencias más sórdidas. La interpretación de Muriel Sánchez como Nina se amolda a las variaciones del jazz, alternando el terciopelo de Chet Baker, con la fiereza y el desgarro de Johnny Carter de El perseguidor, de Julio Cortázar, ambos abocados a idéntico desenlace catastrófico.

Frente a ella, Blas, encarnado por José Bustos, representa a un maestro lleno de sensibilidad y sabiduría que, no obstante, carece de la voluntad y la determinación para señalar un camino a seguir y concretar un objetivo a obtener. Sería fácil calificarlo como un fracasado, pero su abandono de sí mismo es aún más profundo, pues como él mismo afirma con su implacable lucidez: “Para ser un fracasado hay que fracasar en algo”, y ese “algo” simplemente no existe en su vida. José Bustos se atiene a esa monocorde perspicacia sin alma, siguiendo como un instrumento secundario a los vibrantes cambios de melodía marcados por Nina. Si se queda en su frustrante matrimonio y su trabajo en el hotel no será fiel a sí mismo, y si huye con Nina de esa tumba en vida tampoco lo será, porque se marchará no por impulso propio sino arrastrado por la desgarrada actriz.

Al alba, alguien se habrá suicidado, alguien habrá emprendido una furiosa lucha, alguien se enterrará en vida a espaldas de sus dormidos conciudadanos. Un aire a las pinturas nocturnas de Edward Hopper, con su abatimiento, su poesía, su sugerencia de acciones incompletas que solo percibimos en instantes transitorios, impregna esta noche hiperrealista.

El trasplante de la Rusia decimonónica a la España globalizada no se lleva a cabo sin significativas alteraciones de sentido, al mutar severamente el contexto. Un maestro que debe abandonar la enseñanza porque ya no hay niños suficientes a los que educar y no tiene otra salida que incorporarse al sector turístico, apunta a una sociedad que margina su cultura para convertirse en el balneario -si no en el asilo- de Europa. Un dispendio en falta de creatividad, iniciativa e inteligencia entre la apatía y los adolescentes sueños imposibles de una celebridad fácil, repentina y mediática. Una sociedad en tiempo muerto, con el corazón roto y el furor de reiniciar una batalla angustiosa en la desesperanza. Todo ello va más allá que Chéjov, aunque empine los pies sobre él. Nina es un retrato amargo, bello, oscuro, lúcido en la forma y de pulso salvaje en las venas, que nos enfrenta a nuestros dilemas colectivos más perentorios a través de una impecable historia íntima.

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