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TRIBUNA

V centenario de Santa Teresa

viernes 27 de marzo de 2015, 19:52h

En 2015 conmemoramos en plan de sentida celebración, el quinto centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús. Para más señas, la fecha precisa es el 28 de marzo. La abulense universal, doctora de la Iglesia, mueve a repensarla y a revalorarla en la justa dimensión de su obra, una invitación a ponderar una labor de entrega y un misticismo equidistante de la sapiencia de la que estaba dotada y su corazón; una obra que muchas veces parece más citada de refilón, de pasada, pero acaso no siempre reflexionada.

Desde luego que sin ser experto en la materia ni mucho menos, pues no pretendo en forma alguna colocarlo a usted, amigo lector de El Imparcial en ambos hemisferios, frente a un panegírico, sí que mi curiosidad por la grandeza de Teresa y su trascendencia me han movido a acercarme a sus letras y lo encontrado no ha podido dejarme indiferente. Porque su homenaje, digamos que de talla mundial, va preparado desde hace unos años por laicos y consagrados, como magnífico preacto para adentrarse en su tarea intelectual.

Santa Teresa se alza encumbrada en la búsqueda de la verdad en perfecta comunión mística con la divinidad, inspirada en la fe. Sin duda que Teresa y su ingente labor reflejan la sociedad descreída de su época al tiempo que ella misma forma parte de los místicos que respondieron en la Contrarreforma al protestantismo, recordándonos que la ardua tarea existió y no fue ni menor ni de inhibidas maneras. Nada de eso. Santa Teresa por eso se yergue esplendorosa y vivaz, en su pensamiento explicativo y mundano mientras invoca la majestad divina, respondiendo con soltura y sobrada lucidez a los desafíos a la fe. A ella y no únicamente de ella. No fue tarea nimia su obra, revestida de luminosa sencillez y pretenciosa humildad, por paradójico que nos resulte. Cuando se la lee puede conducirnos a constatar que merece colegirse sus ideas y empaparse de su mensaje vital y avivado a momentos. Uno que no está limitado a ser espiritual. Es todo él una lección de vida.

Aunque resulte natural idealizar el pasado, acercarse a la obra de Santa Teresa en un mundo convulsionado –tanto como lo era el suyo, después de todo– es una oportunidad inmarcesible que acaso por semejante coincidencia en la trepidante actualidad que vivimos, como la que le tocó a ella, puede contribuir a nuestro sosiego, quizás no exento de inquietante y militante interés por perfeccionar nuestra actitud ante el mundo; y sobre nuestra idea del prójimo y su cercanía y razón de ser. No obviemos ni olvidemos que Teresa deja manifiesta conciencia de lo dificultosa que resultaban su faena y cometido.

Por otra parte, el pensamiento católico y no católico puede tener la certeza de que Santa Teresa nunca decepciona, siempre provoca, jamás defrauda. Luminoso, convoca y reclama nuestra entera atención. ¿Por qué? por representar un valor añadido de humanismo en oportuna y sana combinación con la pujanza de los Siglos de Oro de la cultura española, en que desemboca tan sugestiva amalgama en una contribución suprema al entendimiento de la fe católica. Pero es que, además, Teresa va imbuida de actualidad que persuade.

Recordando un altar dedicado a la santa avilesa en la capilla del Señor del Buen Despacho en la catedral metropolitana de la Ciudad de México, que refiere a la transverberación de Santa Teresa, mostrándonos a la vez su divina misión encomendada, aquella bien refleja que es a un tiempo, verbo y pensamiento lo que guió su actuar. Beatificada en 1614 por el papa Pablo V, canonizada en 1622 por Gregorio XV y declarada doctora de la Iglesia por Pablo VI en 1970, esto último un honor pocas veces conferido, la torna aún más interesante. Santa Teresa mueve y remueve conciencias con frases lapidarias, flamígeras, incisivas y piadosas a la vez, que comportan su excelsa obra y ese superior legado intelectual que le reconocemos.

Retomo pues, de su esplendente pluma, algunos fragmentos que son verdaderas astillas que se clavan en nuestro intelecto y nos estimulan incitándonos a adoptarlas, a cavilarlas, atesorándolas. Insuflan su cariz, revistiéndolo, redibujándolo más receptivo y actuante, testimoniando el prominente ejercicio intelectual de la multicitada santa. No quiero limitarme desde luego a su consabida y celebérrima frase: “lee y conducirás, no leas y serás conducido” o su celebrada “vivo sin vivir en mí”, sino que nos apremia a citar expresiones tales como la que advirtió “el que tiene las llaves para atar y desatar ha de ser el juez” y la expresión “porque el bien o el mal no está en la visión, sino en quien la ve y no se aprovecha de ella con humildad…”.

Del libro de la Fundaciones entresaco una frase demoledora: “lo que pasa es que somos muy miserables y nunca nos satisface nada sino lo que anda por nuestro camino” en tanto que advertía a rehuir todo aquello que pueda “alterar la paz del alma, enamorada de manera que no entienda la razón”. Mas la mística nos legó una preciosa descripción de su contacto divino. Apuntó: “estando haciendo oración en la Iglesia, antes de que entrase en el monasterio, estando casi en arrobamiento, vi a Cristo que, con gran amor, me pareció me recibía y ponía una corona y me agradecía lo que tanto había hecho por su madre…”.

Y no está de más reproducir sus palabras disertando acerca de los sacerdotes, que son unas expresiones rabiosamente actuales en su pedimento y acaso, en su denuncia: “entendí bien que los sacerdotes están obligados a ser mejores que los otros y cuán recia cosa es tomar este Santísimo Sacramento indignamente y cuán señor es el demonio del alma que está en pecado mortal”. No se puede ser más reclamante.

Como puede usted apreciar, los señalamientos de la santa son sumamente vigentes y puntillosamente auténticos y actuales. El quinto centenario de Santa Teresa de Ávila nos congrega y nos conmina a tenerla presente. Secundemos la ocasión y apropiémonos de ella.

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