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Entresijos del acuerdo con Teherán

domingo 05 de abril de 2015, 19:33h
Nos ha pillado en plenas vacaciones. Las “vagaciones” de Semana Santa parecieran ser una pésima ocasión para ocuparse de un trascendental acuerdo entre las potencias occidentales y el régimen islámico de Irán, y la nota parece quedar sepultada entre procesiones y playas.

Para más inri, no pueden resultar más confusas sus consecuencias en virtud de que todas las partes involucradas y hasta terceros países, al congratularse del contenido del acuerdo, parecieran rememorar a un programa dominical de concursos mexicano en el que cada domingo su incombustible animador remacha con aquello de: “aquí todos ganan, nadie pierde”. Que no pue`ser.

Con semejante optimismo desbordado expresándose en vísperas de Pascua florida, se mueve a una obligada reflexión y de forma apremiante conduce a detenerse ante tan sospechosos resultados, porque desde luego que lo cocinado debe tener sus vencedores y sus vencidos y merece ser visto en sus múltiples alcances.

Así, es ineludible que ha resultado muy importante atender el asunto, porque lo pactado ni es cosa menor ni puede sernos indiferente. Se juegan muchas cosas en las negociaciones encabezadas por Estados Unidos con el régimen de Teherán, como que el acuerdo lo ha firmado Irán con ellos y con Alemania, China, Francia, Reino Unido y Rusia. Las más, potencias nucleares y/o factores de peso en la construcción del orden mundial, después de todo y antes que nada. Su presencia nos advierte que lo que se estaba cocinando en Irán supone un entramado de intereses y múltiples causas que orillan a los citados a acercarse a Irán, sin solo secundar a Estados Unidos ni solo preocupados por el tema nuclear iraquí y la estabilidad en Oriente Medio. Mas parecen estar en primera fila cuidándole las garras a la otras potencias. Así, no quedan claras las victorias ni las derrotas de nadie, que conllevan nuevos análisis que no se han de quedar en las hojas de ruta que saben solo a quimeras.

Ergo, por principio de cuentas pareciera que todas las partes han tenido bastante prisa en celebrar algo que es calificado como preliminar y no definitivo, sujeto a plazos puntuales e inmediatos, a la voluntad política de impulsar lo acordado, de cumplirlo y que está a expensas de dar el siguiente paso hacia la suspensión que se busca de enriquecimiento de uranio por parte de Irán –con la consecuente fabricación de armas nucleares– teniendo como basto telón de fondo saber el uso real que se de a tal fabricación (que si es militar pone los pelos de punta a Israel, porque Irán se la tiene jurada) y por si faltara, pesa en todo ello que el congreso estadounidense no quiera aprobar lo negociado por su mandatario y ya adelantaba desde la inopinada visita de Netanyahu, que no le darán su apoyo y que Obama se va a inicios de 2017. Una sentencia de muerte al acuerdo, que puede cristalizarse para decepción de unos y preocupación de todos. Con semejante panorama puede caer en el vacío la sobreprotectora, lapidaria pero inútil frase de Obama, pontificando sobre lo alcanzado con un aire de suficiencia tan suyo: “si Irán miente, el mundo lo sabrá”.

Pues ya pueden irse desengañando los involucrados y ya podemos ir temblando todos, como resulte que Irán mintió y no haya vuelta atrás en sus planes de ser ciertos, pues el acuerdo cacareado solo retrasa su capacidad de producir armas nucleares, pero ni las impide ni marca un camino seguro para que así suceda. Solo retrasa. Y mucho ojo con eso, porque el acuerdo está lleno de imprecisiones como la que dice que Irán deberá transportar “al extranjero” determinada cantidad de su uranio enriquecido. Pudieron decir “a extrangia” que es casi lo mismo. A ver si no aparece en una covacha de nuestras casas. Usted atento e inspeccione a diario.

Luego entonces, sujeto lo acordado a un plazo inicial del 30 de junio para amarrarlo, aceptando Irán restricciones en la fabricación de procesos tendentes a alcanzar armas nucleares, accede a reducir y a desmantelar gran parte de la industria montada al efecto (lo siempre negado por Teherán) y va a cambio de que se levantaran sanciones económicas ya asfixiantes para la otrora Persia; pero sabedores de que en realidad solo se le impone a Irán frenar más no eliminar la capacidad de ser tan rápida en crear armas nucleares y le retrasa por 15 años la capacidad o la iniciativa siquiera, de poseerlas. Eso ya suena a que será inevitable tenerlas, tarde que temprano.

Y a todo esto y muy aparte del acuerdo, no nos olvidemos de dos temas de fondo que están severamente presentes en todo este acalorado asunto: uno: ¿quién puede y quién no poseer armas nucleares, creándolas? y dos: el petróleo iraní. Lo primero sigue siendo una cuestión espinosa que va de la geopolítica a la moral internacional. Además de ser el mazo que sirve para amedrentar al mundo, en un eterno estira y afloja, porque un puñado de potencias se arroga el derecho a decidir quién puede o no poseer armas nucleares. Y seamos claros: al final tan irracionales unos y otros a la hora de utilizarlas, si es que eso es lo que tanto nos preocupa. Así de sencillo decirlo y sin falsos pudores, que no venimos aquí a ser políticamente correctos. ¡Pamplinas! ¡Basta de tanta careta y tanto doble discurso! Volaremos todos sin importar quién oprima el botón.

En cuanto a lo segundo, las presiones estadounidenses sobre Irán y su riquísima y apetitosa reserva petrolera –extensión geológica del segundo depósito más grande y rico del mundo, el vecino iraquí, hoy en manos de empresas estadounidenses ligadas a los intereses petroleros de los impresentables Bush y Cheney, su vicepresidente– inevitablemente conducen a ponderar que el tema aquí aludido no es solo presuntamente nuclear, sino que tiene más aristas. Allí tiene usted al otro Bush ya vorazmente encaramándose a la candidatura para ser presidente con sus halcones y orquestar ¿por qué no? otra invasión y emprender nuevas aventuras imperiales, como si su país y el mundo no hubieran ya tendido bastante. Que París bien vale un barril de petróleo iraní.
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