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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Fuenteovejuna, de Lope de Vega: la justicia y la furia

jueves 16 de abril de 2015, 18:38h
Después de Hey Boy Hey Girl, La Joven Compañía da otra zancada hacia su consolidación con esta Fuenteovejuna, de Lope, adaptada con mano maestra por Juan Mayorga y pensada para que la interpreten actores muy jóvenes y la vea un público igualmente juvenil, aunque el resultado no defraude a ningún espectador habituado al buen teatro.
Fuenteovejuna, de Lope de Vega: la justicia y la furia
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Fuenteovejuna, de Lope de Vega

Versión: Juan Mayorga
Director de escena: José Luis Arellano
Intérpretes: Pablo Bejar,Alejandro Chaparro, Enrique Cervantes, Víctor de la Fuente, Samy Khalil, Jaime Llorente, Elena Mocejón, Álvaro Quintana, Alejandro Villazán y Carolina Yuste
Lugar de representación: Teatro Conde Duque (Madrid)

Con sorprendente prontitud -reflejo de la gran energía que se adivina tras sus actuaciones-, La Joven Compañía ha puesto en el escenario del Teatro Conde Duque de Madrid consecutivamente Hey Boy Hey Girl, y ahora Fuenteovejuna. La primera, una tragedia contemporánea de Jordi Casanovas basada en Romeo y Julieta, de William Shakespeare. La segunda, Fuenteovejuna de Lope de Vega, en versión del dramaturgo Juan Mayorga. En ambos casos, el doble propósito de hacer representar a jovencísimos actores grandes piezas dramáticas de vigencia universal, para un público igualmente joven -por lo general estudiantes preuniversitarios- está logrado por partida doble. La asistencia masiva, el interés de unos espectadores en principio alejados de las artes escénicas y la calidad de los espectáculos subidos a las tablas ratifican el éxito del experimento.

Para atrapar la predisposición y el apego de un público en apariencia distante del teatro, La Joven Compañía, con toda seguridad bajo las directrices de su director, José Luis Arellano, utiliza algunos recursos efectivos para enlazar obras clásicas con la sensibilidad actual. Se introducen elementos de la cultura juvenil, la pieza representada se retransmite a través de una cámara en una pantalla situada en el mismo escenario -el espectador contempla la acción escénica y paralelamente su reproducción en la pantalla que evoca el cine, el plasma de la televisión o los dispositivos móviles-, a la vez que subraya una cuestión del texto que comunique de un modo muy directo con la juventud de hoy.

En el caso de Hey Boy Hey Girl, la música tecnopop y la danza inspirada en la discoteca era un buen engarce con esa cultural juvenil. La enemistad entre Montescos y Capuletos, que hacía imposible el amor de Romeo por Julieta, se sustituye por dos grupos que participan en un espacio de telebasura cuya rivalidad es espoleada por la cadena televisiva que produce el programa, algo parecido a una fusión de Gran Hermano con Gandía Shore, más algún aditamento extra. Los cámaras que filman Hey Boy Hey Girl se convierten en unos protagonistas más y su trabajo se proyecta sobre el escenario en el mismo instante en que se produce, y el amor de Romeo y Julieta, malversado y sometido a intereses superiores, sigue el mismo curso irrevocable y trágico que en Shakespeare.

Al contrario que Baz Luhrmann en su filme Romeo + Julieta, Jordi Casanovas no conservaba el texto original del autor británico, sino que lo sustituía por un lenguaje chabacano, procaz, vacío, de una vulgaridad descerebrada análogo a la expresividad de los programas televisivos criticados en esta versión. Como siempre sucede en el gran teatro, la diversión está aliada con una pedagogía crítica y reflexiva. Casanovas dejaba un material muy entretenido, pero de forma simultánea ofrecía importantes ingredientes para la meditación juvenil: el insensato culto a la fama, la dependencia de la cultura manipuladora de la pantalla, la facilidad para tergiversar la vida de quienes carecen de una auténtica preparación, el afán de lucro de las grandes corporaciones audiovisuales y su falta de escrúpulos para vender a sus audiencias la tragedia personal de cualquiera a cambio de cuotas de pantalla y grandes ingresos, que se multiplicarán con el siguiente episodio dramático divulgado y olvidado en cuanto no dé dividendos.

Ahora, la versión de Juan Mayorga de Fuenteovejuna, de Lope de Vega, y su montaje dirigido por José Luis Arellano, retoman los mismos recursos empleados con éxito en Hey Boy Hey Girl, pero esta vez con un grado de dificultad mayor, sin que ello aminore el interés e implicación del joven público hacia la obra. El factor popular para apresar la atención inicial se vuelve aquí más popular e intemporal -en inequívoca consonancia con el espíritu lopesco- como es un simple círculo de muchachos que entretienen su ocio contando chistes -malos chistes-, mientras entre ellos comienzan a perfilarse las memorables figuras de Laurencia, Frondoso, Pascuala, Fernán Gómez, Rodrigo Tellez… La cámara no tiene en este montaje la dinamicidad policroma de Hey Boy Hey Girl. En este caso, el objetivo de la cámara cuelga perpendicular desde el techo hacia el escenario. Más que una analogía cinematográfica, nos ofrece una visión estática, en blanco y negro, del escenario percibido desde un ojo omnipresente situado arriba.

Ese gran ojo no deja de poseer una potente fuerza simbólica. Correspondería a algo similar al ojo de Dios que va a contemplar cómo se desarrolla la tragedia humana, allá abajo, con fuerza de contrastes que reducirían la paleta de colores precisamente al blanco y el negro, como en un tablero de ajedrez. La arena que cubre el escenario, hace que esta aparezca en la pantalla -a través de ese ojo/cámara imperturbable-, como el ruedo de un coso taurino donde los personajes van a lidiar con vidas humanas hasta la estocada final. Por si hubiese dudas, Laurencia escribe en esa arena, con letras mayúsculas, la palabra “Muerte”, captada solo por el aparato que lo filma arriba. Con frecuencia, los protagonistas reclaman justicia hacia ese ojo/cámara. Pero su frío carácter impasible -en cierto modo similar al silencio de Dios-, obliga a que el arbitraje y sentencia sean puramente humanos, con toda su ansia de restitución frente a los ultrajes recibidos y también con toda su furia y el airado ardor de los individuos diluidos en una masa que les arrastra.

Juan Mayorga ha extirpado con una gran precisión las acciones secundarias que envuelven el gran conflicto mortal que articula la obra, pero ha tenido buen cuidado en dejar claro el contexto de guerra civil que rodea la afrenta de Fernán González a Laurencia. Siguiendo la crónica de fray Francisco de Calatrava que inspiró a Lope de Vega, la Fuenteovejuna histórica de 1476 estaba sometida a la disputa entre el rey de Portugal, Alfonso V, y la Corona de Castilla. No importa tanto el detalle arqueológico de aquella vieja contienda, sino el hecho constantemente repetido del guerracivilismo peninsular, la sombra de Caín suelta siglo tras siglo por la piel de toro para reincidir en la cerrazón, la intransigencia mutua, la acometida visceral de unos contra otros hasta convertir la tierra española en un sangriento ruedo ibérico. Buena ocasión para meditar sobre las alternativas entre el empecinamiento y el fanatismo frente a la tolerancia y el diálogo, no ya entonces, sino aquí y ahora.

Pero el gran tema que hizo rejuvenecer a Fuenteovejuna desde el siglo XIX hasta hoy mismo no es otro que la sublevación del pueblo contra la opresión de una autoridad corrupta. Juan Mayorga conoce perfectamente la enorme vigencia que esa situación posee en la más inmediata actualidad y su capacidad para atrapar a cualquier público en las presentes circunstancias, incluso al más joven y adepto al plasma de las teleseries o las videoconsolas. Pero asimismo es plenamente consciente de lo anacrónico de la orientación política planteada por Lope de Vega.

Lope, en el siglo XVII, recurre al concepto cristiano de justicia donde se proclama la igualdad esencial de todas las personas, desde los más humildes hasta los más poderosos, dotadas del mismo derecho a la dignidad. Sin embargo la utiliza contra el orden político medieval y en beneficio de una monarquía absolutista, imperial y nacionalista que entonces se afirmaba. Es esa Corona todopoderosa la que detenta el derecho de impartir o no justicia Algo que entra en profunda contradicción con las habituales puestas en escena “revolucionarias” de la época moderna, ya sea bajo un populismo liberal, anarquista, socialista o comunista, entre otros. Todas exaltan el derecho a la rebelión popular contra atropellos y privilegios. Pero ignoran que en el drama lopesco esto ocurre para sustentar un poder monárquico aún más autoritario.

Para eludir esta profunda contradicción, Mayorga intercala breves líneas donde el pueblo expresa su deseo de que algún día desaparezcan los “señores”, algo que incluye al monarca absoluto o cualquier otro poder despótico. Los puntos de sutura con los versos de Lope y las interpolaciones quedan perfectamente integrados sin que se perciba ningún cambio de todo. También se modifica la actitud del rey que acepta la muerte del Comendador a manos del pueblo solo en apariencia y con fingida buena cara en público, pero con cólera oculta en privado, ante los hechos consumados que se le han impuesto.

Este sutil pero trascendental ajuste político actualiza todavía más el drama y lo vincula más estrechamente a los sentimientos de desafío contra lo abusivo e inaceptable. Una sensibilidad de hoy mismo que encuentra un redoblado impulso en el propio reparto de los actores. La joven actriz Carolina Yuste posee la misma edad que la Laurencia creada por Lope, Helena Mocejón idénticos años que Pascuala, Víctor de la Fuente años similares a los de Frondoso y Jaime Llorente a los de un Comendador que pudiera ser tanto un tiránico señor feudal como un descerebrado matón urbano actual. Esto arranca la impostura culturalista de muchas versiones con actores maduros fingiendo una edad juvenil que les resta autenticidad. Ahora, en La Joven Compañía, los enfrentamientos y pasiones poseen la auténtica energía y la veracidad que reclaman. En particular, la brutal confrontación entre Laurencia (Carolina Yuste) y el Comendador Fernán González (Jaime Llorente), destila la furia, la lujuria, la vesania, la voracidad y el hambre de represalia que se ajustan como un guante a los impulsos de los personajes originales.

Las pasiones de sus corazones llegan nítidas a un público juvenil que las comprende sin revestimientos artificiosos. Solo se han eludido las expresiones físicas directas, sustituidas por las metáforas con agua. La cabeza hundida en un barreño de agua trasmite aflicción y llanto. El torso desnudo bañado en líquido evoca el furor de un deseo sexual desbocado o el anhelo rabioso de una lucha a muerte. Los calderos de agua arrojados en una tinaja contra el cuerpo de Laurencia insinúan la afrenta de un salivazo o humillante gargajo, las babas y el semen de una violación, el tormento de una ofensa imperdonable. El cuerpo del Comendador extraído de esa misma tinaja con agua rojiza irradia una muerte bárbara y una figura parecida a una res sacrificada en un matadero.

La enorme violencia implícita que expresan estas imágenes conduce la obra a una última cuestión, por lo general obviada en los montajes acríticos de Fuenteovejuna: ¿realmente es tan digna de admiración esta violencia final? En Lope sí, ¿pero también hoy en día? Para utilizar conceptos elaborados por Elias Canetti, en la sublevación de Fuenteovejuna se aprecian todos los ingredientes del peligroso poder de la masa para disolver al individuo en una acción colectiva que anula cualquier límite al terror. ¿Estamos, pues, ante un acto de justicia, o ante una salvaje venganza?

Un punto difícil de discernir. Ya en los hechos reales narrados en la crónica de Francisco de Calatrava, en la que se inspira Lope de Vega, se detallan las torturas propinadas al agonizante Comendador, su traslado en picas a la plaza del pueblo y la fiesta orgiástica que se organiza en torno a los ultrajes y despedazamiento del cadáver. Permanecer inermes y pasivos ante las injusticias del poder resulta inadmisible, ¿pero la reacción debe ser de la misma índole brutal que el agravio? ¿Hay momentos en los que es legítimo tomarse la justicia por la propia mano o este es un límite que jamás ha de rebasarse? En estas profundas contradicciones éticas descansa la quintaesencia del teatro, al subir a escena conflictos agudos donde la colectividad debe intensificar su capacidad crítica, siempre que queramos eludir un arte dramático simplemente panfletario.

Con Fuenteovejuna, La Joven Compañía ha dado un gran paso hacia delante que la consolida. La dificultad y la belleza del verso no encubren el vigor de las pasiones. La viva energía de este espectáculo absorbente enlaza con problemas palpitantes hoy. La acción induce a una reflexión crítica. Un montaje perfecto para probar con plenitud el veneno del teatro.

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