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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

La cisma de Inglaterra, de Calderón de la Barca: la criminalidad de los poderosos

domingo 19 de abril de 2015, 13:29h

La Compañía Nacional de Teatro Clásico recupera con certero criterio la primera pieza maestra, en plena juventud, del egregio dramaturgo del Siglo de Oro, escasamente representada y donde el autor de La vida es sueño plantea ya asuntos capitales de su producción y nos ofrece un magistral ejemplo de modernidad en su exploración de las pasiones y de la naturaleza del poder político.

La cisma de Inglaterra, de Calderón de la Barca: la criminalidad de los poderosos
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Enrique VIII y La cisma de Inglaterra, de Pedro Calderón de la Barca

Versión: José Gabriel López Antuñano
Director de escena: Ignacio García
Intérpretes: Sergio Peris-Mencheta, Mamen Camacho, Emilio Gavira, Joaquín Notario, Chema de Miguel, Sergio Otegui y Pedro Almagro, entre otros
Lugar de representación: Teatro Pavón (Madrid)

De nuevo la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) ha sabido pulsar la tecla precisa para vincular una tragedia barroca con situaciones no solo vigentes, sino de aguda actualidad. En este caso, el modo en el que la cúpula dirigente de un país, volcada tras sus ambiciones personales, en una lucha ciega por usar el poder para satisfacer solo sus pasiones íntimas, y olvidar por completo sus obligaciones de servicio a la nación, origina el caos, la confrontación entre los súbditos y una violencia generalizada que desemboca en la guerra civil. La ambición y los deseos subjetivos de la clase dirigente como causa de una tragedia colectiva: aquí se halla el nexo de unión y el aviso de la obra del pasado frente a la tesitura experimentada hoy, aquí y ahora.

La excelente adaptación de José Gabriel López Antuñano poda el texto original de Calderón, La cisma de Inglaterra, de prolijas explicaciones aclaratorias sobre el hecho histórico de la ruptura de Enrique VIII con la Iglesia católica, para subrayar por el contrario los pasajes donde se destaca la lucha entre la razón y los delirios del monarca, así como las ávidas aspiraciones ilegítimas de su círculo político. Una versión afortunada que permite la alteración del título, que ahora pasa a llamarse: Enrique VIII y La cisma de Inglaterra, pues la responsabilidad íntima de los líderes políticos, con el rey a la cabeza, queda aquí sumamente remarcada.

Sorprende la juventud de Pedro Calderón de la Barca cuando escribe esta primera obra maestra. Sin alcanzar todavía los treinta años, aún muy recientes las violentas riñas juveniles protagonizadas junto a sus hermanos -si bien no había llevado a cabo aún el escándalo del asalto al convento de las Trinitarias, violando la clausura y registrando las celdas de las monjas en busca de un rival-, asombra el conocimiento que ya exhibe el joven dramaturgo sobre el doble juego palaciego y las argucias de la exacerbada -y enmascarada- batalla por el poder que se desata en el ambiente cortesano. El comienzo de la tragedia es fulgurante. El escenario nos presenta una pesadilla de Enrique VIII, donde una deslumbradora sombra de mujer induce al soberano a borrar con la mano izquierda lo que está escribiendo con la derecha.


Se trata de un arranque de admirable modernidad. No se nos cuenta la pesadilla, sino que se nos introduce como espectadores dentro de ese agitado sueño. Estamos ante una técnica de inmersión que nos pone en el mismo punto de vista del rey dormido. Todo lo que sucederá en el drama está ya sintetizado ahí, difuminando los límites entre lo alucinatorio y lo real y señalando de qué modo la vida auténtica está hecha de la “misma materia que los sueños”, con un idéntico carácter fugaz y absurdo. La mano derecha que escribe encarnará la razón y el orden moral legítimo, del que el rey es plenamente consciente. El bellísimo fantasma femenino será reconocido después como Ana Bolena. La mano zurda que borra lo escrito anticipa las pasiones sin gobierno, anárquicas y contrarias a la más elemental justicia que el deseo adúltero por Ana Bolena va a hacer estallar. Todos los acontecimientos que se desencadenan a partir de aquí parecen ser el simple desenvolvimiento pleno de esta pesadilla inicial.

El espectador de esta puesta en escena solo puede encontrar una dificultad. El actor que da vida al rey Enrique VIII, Sergio Peris-Mencheta, en este comienzo, parece confundir energía con tensión. En vez de la energía de la angustia que experimenta el monarca, percibimos una desaforada tensión corporal que distorsiona las palabras, las emborrona, las difumina en registros guturales y vocablos confusos, enmarañando la comprensión de lo que está ocurriendo. Pero pronto hace su aparición el cardenal Volseo (Joaquín Notario) quien explica el conflicto católico con el protestantismo, y hace sentir al público su inteligente adulación al rey, explorando sus puntos flacos. Se trata de un príncipe de la Iglesia que no logra encubrir su codicia, su ansia de poder, su ambición de jugar con el monarca para llegar hasta la mitra papal. El montaje de Enrique VIII y La Cisma de Inglaterra comienza aquí a elevarse y despegar.

Junto a Volseo entra en acción el lacayo Pasquín, y el drama remonta definitivamente el vuelo. Pasquín, interpretado brillantemente por Emilio Gavira, tiene algo del gracioso tradicional, pero mucho más de ese bufón demente que consagraría William Shakespeare a partir de la tradición de las fiestas medievales de los locos, celebradas en las iglesias el día de Reyes, donde se proclamaban todas las impías verdades que el resto del año los súbditos debían callar. El perturbado grita las evidencias silenciadas por los cuerdos y su propia locura le protege de cualquier castigo. Pasquín, perteneciente a ese genial linaje, que con el tiempo se prolongará hasta los dementes de Samuel Beckett o Harold Pinter, se encargará de manifestar con ingenio las verdades del barquero a los poderosos de la Corte, sin que estos sepan reaccionar más allá de la risa ante la falsa bufonada. Con Pasquín la cordura se enmascara de demencia, y las verdades se revisten de una apariencia absurda, creando una singular esperpentización donde las acciones correctas se cubren de una fisonomía grotesca. Gran lección del autor de El alcalde de Zalamea. Con la irrupción de Ana Bolena, guiada por su anhelo de ostentar la Corona real incluso a costa arrastrar al cadalso a la esposa legítima del rey, las fuerzas en liza adquieren su plenitud. Su capacidad para seducir al monarca, estimular su lujuria y fingir por él un amor que no siente, mientras le engaña a escondidas con el embajador francés, es el detonante último que provoca las aciagas consecuencias en su dimensión coral, personal y colectiva.

La polifonía de la tragedia está orquestada con precisión por el director, Ignacio García, que la hace avanzar como un mecanismo de relojería perfectamente ajustado, sin hacer decaer en ningún instante el suspense. El propio Enrique VIII de Peris-Mencheta corrige su tensión inicial e inserta la angustia de su duplicidad de sentimientos e intenciones, al ritmo galopante de los arrebatos y furiosas ambiciones que le escoltan a través de la subida de los personajes a la cima del poder y su caída posterior en la destrucción.

Este ritmo brioso está acompañado por el deslumbrante vestuario diseñado por Pedro Moreno, quizá suficiente por sí mismo para llenar el espacio escénico. Una escenografía borrosa, y a veces divergente con el sentido de la acción que se desarrolla en las tablas, y una iluminación tenebrista que amortigua la brillantez de la función, son dos lagunas que no consiguen deslucir un texto magistral en una adaptación y una puesta en escena más que notables. Otra obra maestra recuperada. Otra pieza barroca que llega directa al corazón del espectador de hoy, tanto por los complejos impulsos íntimos de sus protagonistas como por sus desastrosas consecuencias políticas para toda colectividad.

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