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TRIBUNA

Objetivo: liquidar a los cristianos

domingo 19 de abril de 2015, 20:08h

El asesinato de doce cristianos, arrojados al mar por la borda de la patera en que navegaban, por su compañeros musulmanes de emigración, ha producido una indignada estupefacción en la opinión pública europea. Se sabía que los yihadistas de Al Qaida, el “Estado Islámico”, Boko Haram y todas su sucursales se dedican con criminal empeño a la caza y eliminación en masa de los cristianos que tienen la desgracia de caer en sus manos, pero que unos pobres emigrantes, en busca de una vida digna de ser vivida, vuelquen su odio contra quienes comparten su miserable condición, simplemente por el hecho de ser cristianos, es muy difícil de entender para mentes normales y civilizadas.

Pero no resulta tan insólito si lo vemos como lo que realmente es: El resultado de la sistemática siembra de odio que el islamismo radical que predica –como obligación de todo “buen musulmán- la eliminación física de los infieles que practican cualquier otro credo y de los apóstatas que, según ellos, se han alejado de la extrema y violenta interpretación que hacen de su religión. Una consecuencia inevitable si las naciones civilizadas no toman medidas contundentes y expeditivas para evitar estos reiterados masacres. Y en primer lugar, las naciones musulmanas que rechazan ese salvaje radicalismo y que no pueden ni deben consentir que el islam se convierta en sinónimo de horror y de barbarie.

Pero el fenómeno no es nuevo. El cristianismo ha sido perseguido desde sus orígenes, que no en vano su fundador, Jesucristo, fue víctima inocente de un cruel “asesinato legal”. La persecución ha sido una constante en su historia y, para ser sinceros, la llevada a cabo por parte de los musulmanes no ha sido excepcional sino habitual. Estos mismos días se conmemora el centenario del genocidio armenio, en el contexto de la desintegración del Imperio Otomano, que produjo la muerte de millón y medio de cristianos de esa vieja nación. El negacionismo turco ha tratado de explicar esas muertes como producto de las particulares condiciones de violencia, existentes en aquel momento en Anatolia, pero los historiadores coinciden mayoritariamente en que aquello fue un genocidio, avant la lettre, porque el término aún no se había acuñado.

Pero aquello no fue un hecho aislado, porque había innumerables precedentes (el Patriarca de Constantinopla, por ejemplo, fue ahorcado frente a su iglesia en la Pascua de 1821) y han sido incontables las masacres posteriores. Poco después, en 1922-23, en el Irak recién creado e independizado una nueva masacre se cebó en las minorías cristianas del norte del país. Durante el siglo XX y en lo que llevamos del XXI, Oriente Medio ha sido el teatro de las matanzas más espantosas y constantes de cristianos de las distintas confesiones, ortodoxos, coptos, armenios, asirios, maronitas, católicos…etc. Las comunidades cristianas allí existentes desde los mismos orígenes del cristianismo, anteriores, por supuesto, a la llegada del islam, están siendo sistemáticamente aniquiladas, sin más salida que la huida a los países vecinos. Una situación que está produciendo serios problemas en esos países de acogida y muchos sufrimientos en los refugiados, paradójicamente felices porque, a diferencia de tantos de sus hermanos, han podido salvar la vida.

Un impresionante y conmovedor film francés, “De dioses y hombres”, centrado en el asesinato en 1996, en Argelia, de siete monjes trapenses, en el turbulento periodo de la guerra civil, nos recuerda que la suerte de los cristianos en el mundo islámico es un problema endémico. El resultado es que, según un informe de la OSCE, hay unos 200 millones de personas perseguidas por razones religiosas y un 75% de ese conjunto son cristianos.

A finales de diciembre pasado, el arzobispo católico-caldeo de Mosul, Amel Nona, de visita en Madrid para solicitar ayuda, afirmaba que “por primera vez desde el siglo III no hay cristianos en Irak”. Y es que, después de la conquista de Mosul –segunda ciudad del país por población- por los salvajes del “Estado Islámico” unas 20.000 familias, que totalizan unas 120.000 personas, han tenido que buscar refugio en la región autónoma de Kurdistán para salvar sus vidas. Y allí han tenido que instalarse, en cuevas o en tiendas no adecuadas para soportar el duro invierno, cuando no a la intemperie. En Jordania se amontonan 620.000 sirios y unos 30.000 iraquíes, la mayor parte de ellos, desde luego, musulmanes, forzados también a huir del “califato”, sobre todo si son chiíes. Entre ellos hay no menos de 7.000 cristianos, especialmente perseguidos, porque como ha proclamado, abiertamente, Al Qaida, su objetivo “legítimo” es matar cristianos “dondequiera que se encuentren”. Y el portavoz oficial del “Estado Islámico”, Mohamad El Adnani, hacía un llamamiento, hace unos pocos meses, para eliminar cristianos con estas palabras: “Conquistaremos su Roma, romperemos sus cruces, esclavizaremos a sus mujeres”.

Un columnista de The New York Times, Ross Douthat, escribía en septiembre pasado que “Dos mil años de historia cristiana en Oriente Medio están terminando en sangre, ceniza y exilio”. Y se preguntaba por qué durante décadas “estas acosadas comunidades cristianas han sufrido de una total invisibilidad en el mundo occidental”. Por fortuna, empieza a haber reacciones, incluso desde las otras religiones monoteístas, como el Congreso Mundial Judío, cuyo presidente se lamentaba en un artículo de la “relativa indiferencia con que se van perdiendo comunidades enteras de cristianos que han vivido en paz durante siglos en esas regiones”. Y añadía que “esta general indiferencia ante ISIS y sus ejecuciones masivas de cristianos… no sólo es un error, es obscena”. A finales del pasado año las comunidades musulmanas de Francia publicaron el llamado “Llamamiento de París” en el que reafirmaban su apoyo a los hermanos cristianos de Oriente “que son víctimas actualmente de una grave campaña destructiva llevada a cabo por grupos terroristas que amenazan su misma existencia”.

En el Senado de España se han aprobado en los cuatro últimos años tres mociones sobre esta persecución de los cristianos, denunciando la situación y pidiendo medidas de ayuda y apoyo para estas comunidades. También ha habido iniciativas similares en el Parlamento Europeo y en el Consejo de Europa. El primero denunciaba que de los 1’2 millones de cristianos que había en Irak a principios de los noventa del pasado siglo sólo quedan unos 330.000 ó 350.000. Y en Siria donde había 1’8 millones de cristianos, unos 500.000 se han visto forzados a marcharse. Quizás vale la pena señalar que los medios informativos españoles apenas si se han hecho eco de estas iniciativas. Pero estos parlamentarios españoles –que a veces han viajado hasta Oriente Medio- en contacto con los representantes diplomáticos en esos países están logrando algunas medidas concretas. Pero falta la toma de conciencia de la población en general, ante una situación que nos afecta directamente y que, aunque no nos afectara, no nos puede dejar indiferentes, por elementales razones de humanidad. Un periódico de orientación laica como Le Monde ha dedicado mucha atención a este fenómeno y ha escrito que “el éxodo de los cristianos de Oriente es un drama que nos concierne a todos”.

El investigador británico Rupert Shortt, que ha estudiado esta cuestión en 19 países, ha acuñado el término “cristianofobia” que, asegura, se da en muchos más lugares del planeta de los que podemos imaginar, incluidos algunos países europeos o en ciertos sectores ideológicos de los mismos. Por su parte, en este mismo periódico, el profesor Juan José Solozábal escribía hace algunos meses refiriéndose a los crímenes contra cristianos: “Suceden en diversas latitudes y nos impresiona tanto su anacronismo como la debilidad de su denuncia”. La propia arrogancia asesina de los terroristas, que graban sus salvajadas, nos permite ahora contemplarlos casi en directo. Es imposible olvidar la imagen de los 21 cristianos coptos decapitados por ISIS en una playa de Libia.

No nos hallamos ante “guerras de religión”, como han dicho algunos (¿se puede llamar “guerra de religión” al triste asunto de la patera, como ha hecho un periódico nacional?), porque en esta persecución sólo hay verdugos y víctimas, los primeros utilizando sus cuchillos y los segundos forzados a poner su cuellos, a dejarse asesinar. Por supuesto, no todas las víctimas son cristianas y hay que levantar la voz contra toda intolerancia y violencia, cualquiera que se la creencia o no creencia de las víctimas. Como tuve oportunidad de afirmar en un debate sobre esta cuestión, espero que nadie vaya a decir ahora lo que Neville Chamberlain, tras los vergonzosos acuerdos de Munich, refiriéndose a los pobres checos, abandonados a la barbarie nazi, y queriendo justificar la inacción de las democracias: “Se trata de una gente lejana y a la que apenas conocemos”. Creo, por el contario, que debemos hacer nuestras las palabras del romano Terencio hace veintidós siglos: “Soy hombre y nada humano me es ajeno”. Y reaccionar en consecuencia contra tanta inhumana ferocidad, disfrazada de religión.

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