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REFLEXIONES VOLTERIANAS

Raymond Carr (1919-2015)

martes 21 de abril de 2015, 01:05h
Un gran “hispanista”, leeremos en todos los periódicos. Pero, Raymond Carr no fue...
Un gran “hispanista”, leeremos en todos los periódicos. Pero, Raymond Carr no fue tal; al menos, no lo fue en el sentido más usual del término y no le gustaba que le metieran dentro de ese mismo saco de orígenes vaporosamente románticos -¿no fue acaso un romántico alemán el autor de la primera historia de la literatura española en Europa?. Porque Raymond gozaba con las “cosas de España”, que decía Richard Ford, le divertían, le entretenían y, sobre todo, le intrigaban, pero abominaba del “españolismo”, o la búsqueda obsesiva del “ser de España”: la clave estereotipada, explicativa de un supuesto singularismo español. Para Raymond Carr no existía tanto “el problema de España”, como las obsesiones morbosas de escritores agónicos, formuladas con un pensamiento desordenado, en combinación con la búsqueda de lo exótico por intelectuales excéntricos. España –me citó un día de una carta de Grimm a Diderot- “es un país como cualquier otro”; un país europeo más; distinto, como todos, con oportunidades y problemas, éxitos y fracasos. Quizá por eso –y desde estos supuestos- contribuyó como pocos a la normalización de la historia de la España contemporánea.

De hecho, Raymond Carr no pensaba dedicarse a España, sino a Suecia, pero –aseguraba en una pose que a mi siempre me pareció más bien teatral- perdió el manuscrito de su investigación…Y –aquí el cuento se torna más realista- le comisionaron para que se trasladara a Málaga y encargara a Gerald Brenan –el entonces famoso autor del Laberinto Español- una historia de la España contemporánea. Brenan rehusó y el encargo recayó sobre el joven profesor de Oxford. Su libro, España, 1808-1939 –el primero de una larga serie- fue un soplo de aire fresco en un entorno académico entre envarado y pretencioso, aldeano y sórdido, moralizante y sectario, del que casos tan sobresalientes, como el de Jover o Artola, o tan imaginativos e insospechados como el de Caro Baroja, no podían rescatarnos. Y no sólo en España. Carr, lector de Gibbon, seguidor de Namier y contertulio de Isaiah Berlin, representaba en los años sesenta un contrapunto intrigante e inesperado de la predecible escuela de los Annales, tan llena de suficiencia explicativa y marxismo pomposo.

A muchos de nosotros, Juan Pablo Fusi, Shlomo Ben Ami, Joaquín Romero Maura –el primero, y quizá el más sobresaliente de todos- y, más tarde, Charles Powell nos enseñó mucho más que historia de España y Europa. Nos enseñó –por lo menos, a mí- a pensar con cierto orden. De hecho, aceptaba el tema de España, pero recelaba del sujeto como ente atemporal. España –nos decía- es y ha sido muchas cosas distintas y no es un sujeto del que se pueda predicar con sentido como si fuera una persona. “Los españoles –escribía yo en uno de mis primeros ensayos- eran esto o lo otro, pensaban así o asa”. ¿”Los españoles?, así, en general, ¿de veras?, ¿se lo ha preguntado vd. a todos?” –me interrogó con mirada entre embromada e inquisitiva-. Aquel día recibí mi primera vacuna frente a sobre-generalizaciones y sujetos compuestos de grandes agregados.

Raymond era además un gran raconteur, inquisitivo, sagaz y con una cierta vocación de comediante. Persona de insaciable curiosidad y vastos intereses, un lector infatigable de novelas, que alimentaban una imaginación desbordante, creía, sin embargo, que, con frecuencia, la realidad superaba a la ficción en lo inimaginable e impredecible. Pero la realidad había que descubrirla y, sus interpretaciones, definirlas para demostrarlas fehacientemente, con precisión y rigor. Con Carr no era fácil formular porqués concluyentes: exigía pruebas contundentes, verificadas y contrastadas para aceptar una relación de causalidad consistente. Porque, además, creía en lo inesperado, en el accidente. Fue un director de tesis, un lector de textos, implacable y excelente.

En buena parte de los años sesenta y setenta, Raymond Carr propició en St Antony’s College, Oxford –donde ejerció como Director muchos años- un clima abierto, libre, y sumamente estimulante, sin exigencias, agobios, ni crispaciones. Un entorno cosmopolita donde no había pasaportes, ni oposiciones. Ni siquiera títulos –Raymond nunca se molestó en hacerse doctor- uno era lo que decía y lo que escribía. Puede que uno idealice el pasado como añoranza de la juventud perdida, sin embargo, tengo para mí que, sin la experiencia de aquellos años, nuestras vidas hubieran sido algo muy distinto y la Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón, que presido, antes que inexistente, hubiera sido inimaginable.

José Varela Ortega, D Phil Oxon
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