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Leo Nucci: la inconfundible voz del padre atormentado

El veterano barítono Leo Nucci ha regresado a Madrid para interpretar, en 4 de las 16 funciones de La Traviata programadas en el Teatro Real, al padre de Alfredo, el atormentado Giorgio Germont, personaje verdiano por excelencia.
Leo Nucci: la inconfundible voz del padre atormentado
La cancelación del concierto de Leo Nucci previsto en Ferrol dentro del Ciclo de Grandes Cantantes de la temporada lírica coruñesa a causa de una bronquitis el pasado 15 de abril, provocó que en Madrid empezaran a saltar todas las alarmas. El comunicado hecho público por su agente anunciaba que la enfermedad tendría al cantante alejado de los escenarios al menos 10 días, un plazo se cumplía precisamente este sábado 25 de abril, poniendo en duda que Nucci pudiera unirse al tercer reparto de La Traviata del coliseo madrileño, según estaba programado. Había expectación por ver al genial barítono meterse en la piel y la garganta del complejo personaje de Giorgio Germont, protagonista, junto a Violetta y su hijo Alfredo, de la apasionada historia de amor sin final feliz basada en la novela “La dama de las camelias” que Verdi convirtió en la ópera más representada de la historia. Un rol fascinante que, por fortuna, Nucci ha podido venir finalmente a interpretar en el teatro de la Plaza de Oriente con su inconfundible timbre oscuro y su grandiosa proyección dramática. Por supuesto, también con esa enorme presencia escénica a la que hace cuarenta años empezó a acostumbrar a los aficionados.

La larga y exitosa carrera de Leo Nucci ha discurrido, en buena parte, ligada a las obras de Giuseppe Verdi. Y en Madrid, hasta este sábado, ha estado especialmente unida al imprescindible rol de Rigoletto. Porque en junio de 2009, su magnífica interpretación del sufrido padre jorobado lograba el primer bis en el Teatro Real desde su reinauguración en 1997. Más aún, el afamado barítono con más de 450 representaciones de Rigoletto a sus espaldas repetía hazaña justo un año más tarde. En realidad, lo que en aquella ocasión se llevó Leo Nucci no fue un nuevo bis, sino un todo un tris. Ocurrió durante el concierto ofrecido junto a Patrizia Ciofi – la soprano italiana con quien compartió el éxito de 2009 -, en el que cantaron hasta tres veces la impactante aria titulada “Sí Vendetta” de la ópera de Verdi, ante un público entregado en una de esas “raras” veladas en las que el respetable parece haberse olvidado por completo de las habituales prisas por llegar antes que el resto al guardarropa o al parking.

En la magnífica producción de La Traviata, dirigida por Renato Palumbo, que estos días y hasta el 8 de mayo podrá verse en el Teatro Real, Nucci nos regala otro padre verdiano, atormentado al límite, fatalmente arrepentido. Pero siempre justo, movido por un mismo y único fin: hacer lo mejor para sus hijos. Aunque con posterioridad tenga que sufrir la desgracia de comprender que la decisión tomada, esa por la que apostó hasta sus últimas consecuencias, haya resultado aún más trágica y dolorosa que el mal que pretendía evitar o vengar. Grandioso desde que aparece en el escenario, Nucci estuvo acompañado anoche por un magnífico dúo protagonista al que no hizo sombra: el tenor rumano Teodor Ilincâi – aquejado de un proceso gripal según se informaba justo antes de levantarse el telón – y la joven soprano rusa Venera Gimadieva, quien incluso “ganó” en aplausos al propio Nucci al final de la representación. Ambos, tenor y soprano, han tenido la ocasión de cantar una gran ópera con quien ya es considerado uno de los barítonos más brillantes de la historia, compartiendo con él momentos sublimes. En especial, el aria “Di Provenza il mar, il suol”, después de la cual los múltiples aplausos y exclamaciones de bravo parecían querer dejar en el aire un atisbo de bis que finalmente no llegó.

En todo caso, ni Rigoletto o Germont son los únicos papeles que borda el barítono italiano - a sus 73 años empieza ya a rozar la leyenda - ni, mucho menos, su repertorio se limita a las obras de su admirado compositor, Giuseppe Verdi. Desde que en 1976 debutara en La Scala en el papel de Fígaro, Nucci ha interpretado en los principales teatros de ópera del mundo hasta 45 roles diferentes y de diversos compositores como Donizetti, Puccini, Giordano, Rossini o Leoncavallo, aunque sea, sin duda, con los “padres” verdianos con quienes más se identifique su figura. Por otra parte, el propio cantante boloñés hace gala de la fascinación que siempre sintió hacia Verdi. No solo como compositor, también como persona. De él, Nucci insiste en destacar su humanidad, un hombre pendiente de su obra al mismo tiempo que, por ejemplo, de la Casa de Reposo para músicos que construyó en Milán o del hospital que hizo en su pueblo, Villa Sant’Agata. Uno de los principales compositores italianos y universales que, a pesar de las 27 óperas que creó, jamás dejó que le llamaran maestro.

Leo Nucci es, por otra parte, uno de esos ejemplos – no demasiado frecuentes – de carrera profesional medida y meditada. Es decir, sin salirse de los papeles que “le corresponden”. Para el veterano cantante italiano el único misterio que se esconde detrás de una carrera larga y sin altibajos es cantar con la voz que uno tiene y, por descontado, en el repertorio propio para esa voz. Sabe que en los 40 años que lleva de carrera son muchas las cosas que han cambiado en el mundo de la ópera, pero por lo que se refiere a la técnica vocal Nucci está convencido de que se dicen “muchas tonterías”. Afirma, incluso, que la técnica se ha convertido hoy en un negocio, a pesar de que ya son muchos los cantantes que, como él, han demostrado que se puede seguir sobre las tablas durante años y años si se hacen bien las cosas. Con cabeza y precaución. Por eso, Nucci nunca ha permitido, por ejemplo, que le pusieran una inyección de cortisona para salir a cantar. En realidad, el propio cantante reconoce que jamás ha ido a un otorrinolaringólogo. Más bien son estos últimos, suele decir Nucci con ese gesto paternal que no solo reserva a los roles verdianos, quienes quieren ver cómo funciona su inconfundible voz. Un don por el que el barítono italiano, que se confiesa creyente, asegura que siempre da las gracias. Su público, también.
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