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TRIBUNA

Rerum novarum

lunes 27 de abril de 2015, 20:25h
No, no voy a referirme a la famosa encíclica del papa León XIII que, hace ciento veinticuatro años, marcó el comienzo de la doctrina social de la Iglesia. Solo me quedo con la incisiva y clarificante primera frase de ese venerable texto, que hace referencia a la tendencia a valorar lo nuevo, simplemente por su carácter novedoso: “El afán de novedades, que desde hace algún tiempo agita a las naciones (“Rerum novarum semel excitata cupidine, quae diu quidem commovet civitates”). Y echo mano de esa sentencia porque me parece plenamente adecuada al tiempo político que estamos viviendo. En esta salida de la crisis, con sus expectativas y sus vacilaciones, hay un determinado sector de ciudadanos –aquí y en otros países de nuestro entorno europeo- que parecen decididos a apostar por quienes no tienen más ropaje que su bisoñez en el escenario político. Un ropaje, además, que encubre una palmaria desnudez de ideas y propuestas solventes, cuando no la pretendida actualización de viejas recetas que ya fracasaron en todas partes, dejando tras de sí ruinas, cenizas, frustraciones sin cuento. Y, a menudo, toneladas de violencia y represión.

Es este año en España un tiempo político-electoral, plagado de convocatorias a las urnas, con resultados nada satisfactorios para quien atolondradamente las adelantó, como ha sido el caso de Andalucía, o tan escasamente prometedoras que tientan a olvidarse de la iniciativa a quien, con insensatez de tiempo, forma y propósito, hizo lo propio en Cataluña. Pero en este abigarrado escenario, de cuya trama no se resignan a quedar excluidos “analistas”, tertulianos, blogueros, tuiteros y demás fauna digital, comentaristas de toda laya, encuestadores más o menos rigurosos e incluso fuleros y algún que otro político, es palpable que las preferencias son para los nuevos actores, duchos en el arte de la improvisación, capaces sin sonrojo de cambiar el discurso de una escena a la siguiente y animados en el empeño por el insistente aplauso de un público entregado, que por el momento ignoramos a qué fracción representa de la soberanía nacional.

Cuando ese afán de novedades impera de tal modo que se convierte en un hábito, lo nuevo se torna viejo rápidamente, desplazado por otra novedad aún más novedosa. Pero como no hay nada nuevo bajo el sol –según proclamó hace siglos el Eclesiatés- lo cierto es que situaciones como la presente ya se han dado en España. Durante el declive económico de los siglos XVII y XVIII surgieron los llamados “arbitristas” o “proyectistas” que pretendían dar soluciones simplistas a problemas complejos. Uno de ellos estimaba que todo se arreglaría si se sustituían las mulas por bueyes en los trabajos agrícolas, otros creían que España se convertiría en un paraíso si todos los ríos se hacían navegables, aunque no explicaban cómo se financiaría tan descomunal plan de infraestructuras. Y ya entonces hubo quien estimó que el remedio milagroso consistiría en crear una compañía universal que monopolizase todas las fábricas y el comercio. Es decir, idearon el socialismo de Estado tres siglos antes que la Unión Soviética. ¡Para que luego digan que los españoles no inventan! Al final, los arbitristas no impidieron la imparable decadencia de España, aunque algo comenzó a arreglarse cuando llegaron y empezaron a aplicarse las ideas de Adam Smith, el padre del liberalismo económico. Aunque aquí la izquierda todavía no se ha enterado y sigue considerando al autor de La riqueza de las naciones como el precursor de todos los males que nos afligen.

Efectivamente, lo nuevo desplaza a lo que es un poco menos nuevo. Y, casi siempre hay que seguir recurriendo a lo que se tilda de viejo porque, en definitiva, es lo ensayado y donde la experiencia está acumulada. No está muy claro quién dijo aquello de que “todo lo que no es tradición, es plagio”. Alguno se lo atribuye a Eugenio D’Ors, lo cual es muy probable pues este mismo autor fue el que acuñó aquello de “los experimentos, con gaseosa”. En esta España nuestra -que intenta adaptarse a este complejo siglo XXI, a esta Europa que no acaba de unirse, aunque sabe que no tiene otra salida, y a este mundo globalizado, que los reaccionarios de izquierda y de derecha combaten acerbamente, como quien lucha contra la atmósfera que nos rodea- este querido país nuestro parece que se ha olvidado de la gaseosa y hay algunos que quieren hacer experimentos que, como los del goethiano aprendiz de brujo, acabarán irremediablemente con el agua al cuello, en inundación total. Es muy viejo –y creo que muy sabio- aquello de que “con las cosas de comer, no se juega”. Y el gobierno de los pueblos es más importante que el comer porque el mal gobierno es el adelantado de la miseria.

No hace todavía ni un año, la gran novedad política en España era Podemos. Algunos comentaristas babeaban de entusiasmo ante aquellos jóvenes, expertos en asambleas de facultad y adoctrinamiento marxista-leninista, aunque su hipotética sapiencia apenas si era perceptible. Se ignoraban sus títulos y sus inexistentes obras y solo se sabía que vivían a costa del chavismo caribeño y obtenían algunos beneficios del iraní régimen de los ayatolas, todo ello sobre el fondo de una inocultable nostalgia del sovietismo y de la bancarrota helénica. Pero en el mundo de la política virtual que se expresa por la vía tertulianesca, todo se les perdonaba. En unas elecciones tan peculiares como las europeas obtuvieron unos modestos resultados, seguramente inesperados por ellos mismos, pero tan cantados por su comparsa mediática que parecía que hubieran barrido. Sintiéndose tan próximos al poder que casi creían tocarlo con las manos o tomarlo al asalto, como predijo su líder, trataron de “moderar” su lenguaje y sus propuestas. Y una buena parte de la citada comparsa se lo creyó: Aquellos chicos eran la misma bondad y en ellos radicaba el futuro de todos nosotros y de este atribulado país. Hasta se atrevieron a autodenominarse “socialdemócratas”, la etiqueta más utilizada por quienes no tienen otra más consistente y, en todo caso, el mejor disfraz para transitar, sin definirse, por el escenario político.

Ahora se dice que su globo se ha pinchado y que se desinfla a ojos vistas. Se asegura que ya no están en la cresta de la ola donde les sustituye con creciente arrogancia Ciudadanos, que ha producido entusiasmos transversales, aunque sus intentos de presentar y explicar su proteico programa recuerdan irremediablemente a aquellos arbitristas barrocos y dieciochescos. Su gurú económico era en 2012 un fervoroso partidario del rescate, del que nos libramos gracias a Rajoy, que lo tenía “a un cuarto de hora de mi despacho”, como acaba de reconocer el mismo Presidente, aludiendo a las presiones que nos querían sacar del euro o condenarnos a la tutela de “los hombres de negro”. Estos mismos “sabios” andan ahora con la cuestión fiscal más liados que la clásica pierna de un romano. Su telecarismático líder quiere abrir un debate sobre las drogas, como si esa cuestión no se hubiera debatido incansablemente y trata de afrontar la prostitución con las fórmulas de la época franquista. Es de esperar nuevas novedades de estos novedosos actores, carentes de cualquier experiencia de gestión pero que, del IVA al AVE, nos van a deparar, sin duda alguna, incontables sorpresas.

Explican los antropólogos que los pueblos primitivos, ante los ignotos peligros de la selva, preferían caminar por los caminos ya trillados por quienes se habían adentrado antes que ellos en la espesura. Y aseguran que, gracias a esa elemental medida, muchas tribus han podido sobrevivir. La prudencia, que es la virtud política por excelencia, según enseñaban los clásicos, aconseja no arrostrar nunca riesgos innecesarios y dejarse guiar por quién sabe hacerlo, aun cuando pueda resultar reiterativo. Empezábamos con la cita de un papa y quería terminar con otra, bien conocida, de Ignacio de Loyola: “En tiempos de tribulación, nunca hacer mudanza”. Pero como estamos en un Estado no confesional, voy a concluir con Voltaire: “¡Cuántas cosas extravagantes ha hecho decir el afán de decir cosas nuevas!”.
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