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EN INDONESIA

Pescado barato: La esclavitud del siglo XXI que llena nuestras despensas

jueves 30 de abril de 2015, 09:56h
Un reportaje de Associated Press revela las condiciones de esclavitud en las que podrían estar viviendo miles de pescadores en aguas indonesias.
Foto: Efe
Foto: Efe
Benjina, una de las 17.508 islas que comprende el archipiélago indonesio, se ha hecho tristemente famosa durante estas últimas semanas por una causa que nada tiene que ver con su benigno clima o con las playas que caracterizan al cuarto país más poblado del mundo. La investigación llevada a cabo por Associated Press sobre las condiciones de esclavitud en las que podían estar viviendo miles de pescadores en aquellas aguas dio lugar a un reportaje que ha recorrido el mundo y, sobre todo, ha servido para que las autoridades del país del sudeste asiático y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), dependiente de la ONU, hayan intervenido, rescatando a unos 4.000 hombres de diversas nacionalidades, sobre todo procedentes de Myanmar, Camboya o Tailandia, de la terrible situación en la que se encontraban, algunos desde hace muchos años. El de la agencia AP no ha sido, en todo caso, el primer reportaje que denunciaba que el bajo precio del pescado que se vende en algunas de las grandes cadenas de alimentación de EEUU y Europa podría deberse, en buena parte, a la total ausencia de mínimas condiciones de trabajo – como la básica de la remuneración – en ciertas corporaciones pesqueras afincadas en Asia. El año pasado, The Guardian y la BBC ya apuntaban al probable lado oscuro del pescado que se vendía en centros de cadenas tan prestigiosas como Tesco o Carrefour, y el Canal 3 tailandés también había osado insinuar las miserias de una industria que podría estar sirviéndose de esclavos en pleno siglo XXI para ofrecer pescado en Occidente al precio más competitivo.

Sin embargo, AP se planteó desde el principio realizar un reportaje que no sólo sirviera para dar a conocer dichas prácticas, sino también para poner nombre a esos presuntos esclavos y comprobar in situ cuál era el recorrido que realizaba el pescado capturado en aguas indonesias hasta llegar a los supermercados estadounidenses o a las latas de comida para gatos comercializadas en este nuestro primer mundo. A lo largo del año que duró la investigación, los periodistas de AP entrevistaron a más de 40 pescadores birmanos que afirmaron haber sido llevados a la fuerza a Indonesia para trabajar en barcos tailandeses en turnos interminables de 20 horas, sin sueldo y golpeados con tóxicas colas de raya a modo de látigos modernos si a alguno de ellos se le ocurría dejarse llevar por la fatiga. AP logró encontrar, asimismo, hombres que habían conseguido escapar de los barcos y se escondían en tierra, sin recursos para regresar a sus países de origen. Con miedo a pedir ayuda a las autoridades por culpa de la corrupción, sin cuya complicidad los esclavistas no lo tendrían tan fácil. Su terrible situación de abandono era mejor que acabar en el cementerio “pirata” de la isla, con más de 60 tumbas medio ocultas entre la maleza donde, al parecer, los capitanes mandaban enterrar a los que fallecían por falta de alimento, sueño y medicinas. Según declararon los esclavos fugitivos, al principio los muertos simplemente eran arrojados al mar como alimento de los tiburones, pero después de que las autoridades indonesias empezaran a exigir que cada hombre se contabilizara en la lista a su regreso a puerto, surgieron las tumbas intercaladas con frondosos arbustos. Por supuesto, sin lápida y sin nombre.

La citada investigación periodística empleó satélites para rastrear el pescado y el marisco capturado por los esclavos desde un enorme barco congelador en Benjina hasta Tailandia, donde los reporteros observaron cómo se descargaba en docenas de camiones durante cuatro noches seguidas. Después, siguieron a los camiones que les llevaron hasta diversas plantas de procesamiento, centros de almacenaje en frío y el mayor mercado de pescado del país. Llegados a ese punto, AP utilizó los registros de aduanas estadounidenses que relacionaban dicho pescado con las cadenas de suministro así como con algunos de los supermercados y minoristas más importantes de Estados Unidos. Fue el momento de realizar la denuncia que llevó al gobierno estadounidense y a líderes empresariales a reanudar sus peticiones al gobierno tailandés para que persiga el esclavismo en su flota pesquera. Tailandia se encuentra clasificada en la categoría TIER3 en la escala internacional de tráfico humano, es decir, entre los países que no cumplen con los estándares mínimos para proteger a las personas del tráfico y que no hacen esfuerzos visibles para mejorar esta situación. Por eso, en Tailandia la reacción al reportaje osciló entre la indignación por la publicación en sí de una noticia que a todas luces daña la reputación del país y el anuncio de medidas tajantes para castigar a los traficantes de personas y cerrar las compañías pesqueras implicadas.

Por otro lado, el más práctico y esperado, un equipo de la OIM se trasladó a la costa de Papua Occidental como parte de una misión intergubernamental de rescate para liberar a los pescadores esclavizados, así como a los fugitivos, y devolverlos a sus países de origen, a sus casas, donde probablemente ya habían sido dados por muertos. Un barco fue de pesquero en pesquero para recogerlos, al mismo tiempo que los huidos salían temerosos de sus escondites. El funcionario al mando tuvo que despejar las dudas de los más asustadizos: “Pueden venir todos. No queremos dejar a nadie atrás”, aseguró mientras cada vez más hombres corrían para aferrarse al inesperado salvavidas. En todo caso, para garantizar su seguridad el barco los trasladó a la isla de Tual – 12 horas de viaje – donde permanecerían en un complejo del Ministerio de Pesca hasta verificar su identidad e iniciar la repatriación una vez se hubieran emitido los pasaportes y reservado los vuelos correspondientes con los fondos que trata de recaudar la OIM para cubrir parte de los gastos. Excepto en el caso de Tailandia, que no tardó en enviar un avión de las fuerzas armadas para repatriar a los rescatados de esa nacionalidad en un claro intento de evitar que otros países u organizaciones internacionales traten de inmiscuirse en su industria pesquera, un sector que sólo en ese país mueve al año 5.600 millones de euros gracias a los precios extremadamente baratos que pueden permitirse fijar. Con la ignorancia complaciente, esa que prefiere no saber ni hacerse preguntas, de quienes en Occidente nos ufanamos de comprar a precios de ganga.

Por supuesto, las grandes corporaciones estadounidenses identificadas por AP en su reportaje rechazaron entrevistas, limitándose a emitir declaraciones oficiales que condenaban enérgicamente los abusos laborales y se mostraban preocupados por las gravísimas informaciones con las que se les relacionaba. Sin embargo, la aduana norteamericana confirmó la procedencia y el destino del pescado que se vende en cadenas tan conocidas como Sysco, Froger, Albertsons, Safeway y Wal-Mart. Por otra parte, a diferencia de Tailandia, Indonesia sí parece haber declarado una feroz guerra para limpiar sus aguas y puertos de esclavistas. La ministra de Pesca de aquel país se ha encargado de difundir el reportaje de AP, en el que aparece ella misma asegurando que no va a tolerar que algo así pueda volver a ocurrir en sus aguas. “La pesca ilegal está matando gente y nadie parece preocuparse por ello”, aseguró ante la cámara la ministra Pudjiastuti, para quien, además, “cualquier campaña de protección del Medio Ambiente atrae más atención mediática a nivel internacional que la esclavitud del siglo XXI que llena la despensa occidental”.
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