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TRIBUNA

La victoria "electoral" de Renzi

domingo 10 de mayo de 2015, 18:23h

Tras meses de polémicas, amenazas y aplazamientos, Italia ya tiene nueva ley electoral, el Italicum, un sistema que premia a la fuerza política más votada y que, presumiblemente, garantizará la gobernabilidad del país. No sólo modifica las reglas de la contienda electoral, sino que también tendrá efectos sobre la cultura política nacional. En una primera lectura parece que el “precio” a pagar por esta mayor estabilidad política será la consolidación de un sistema marcado por el bipartidismo y la mayor bipolarización del escenario político nacional. Daños colaterales serán los pequeños partidos, formaciones que demasiadas veces han dominado el escenario político nacional en los últimos años, y la cancelación del centro, tan importante en la política italiana desde la posguerra.

La nueva ley electoral ha sido una apuesta personal del presidente del Gobierno y secretario del Partido Democrático (PD), Matteo Renzi. Maquiavélico, cínico y conocedor del funcionamiento del partido, Renzi ha forzado la aprobación de esta reforma y ahora se apunta una importante victoria; una victoria que va más allá del contenido de la reforma. El primer ministro ha echado un órdago al Parlamento, ha presentado su proyecto como una moción de confianza y ha ganado. Aunque las consecuencias son difíciles de prever, Renzi ha demostrado controlar el escenario político actual, aprobando una ley que ni tan siquiera ha contado con el apoyo de toda la mayoría del gobierno. El actual primer ministro parece haber comprendido que los italianos quieren acción: ante el inmovilismo de los últimos años, piden cambios casi sin importarles de qué tipo. No cuenta que o cómo, sino el cambio en sí mismo. El importante que por fin y finalmente algo se mueva. Y mientras Renzi se anota un triunfo legislativo, la oposición –dentro y fuera del PD- se ha limitado al obstruccionismo, al ataque (un “Mussolini trasplantado de la Romagna a la Toscana”), sin postular una verdadera alternativa legislativa.

No obstante, la adopción de un modelo estilo norteamericano de alternancia en el poder entre el centroizquierda y el centroderecha tiene una complicación. En la actualidad, en Italia no existe ningún gran partido de izquierda ni de derecha. La izquierda se muestra aún dividida entre las diferentes corrientes, aunque el PD se mueve como una falange obediente y prostrada a la voluntad de su líder cuando éste lo exige. Por otro lado, en la derecha se asiste al ocaso Berlusconi, en caída libre pero negándose a abdicar y que mira con recelo al fenómeno mediático de Salvini, líder de una Liga tan extremista como hipócrita. La reforma cambiará inevitablemente la estrategia de los principales partidos del país, aunque las formaciones políticas no parecen contar con la madurez suficiente para comprender la magnitud del cambio.

Tiene zazón Renzi cuando afirma que hasta ahora los italianos se van a la cama tras las elecciones sin saber quién ha ganado (e incluso no los saben días después....). Ha sido una situación insostenible y disfuncional. Durante décadas -antes de la llegada de Berlusconi- la vida media de los Gobiernos italianos era 11 meses, convirtiendo Italia en un país famoso por la pizza, la Dolce Vita y la inestabilidad política. Por lo tanto, era evidente la necesidad de una reforma electoral dirigida a mejorar la estabilidad de las mayorías parlamentarias. La duda es si se ha elegido el mejor camino. Hacía falta una reforma que redujera el juego político a un número inferior de fuerzas políticas dispuestas a alternarse en el poder para actuar en interés del país. Pero ¿es el Italicum la mejor opción? Creo que el camino emprendido genera varias dudas. Por un lado, fomentará la polaridad en un país con tendencias conservadoras y/o centristas-cristianas. Por otro lado, reducirá el pluralismo y el peso de los pequeños partidos que sin término medio pasarán de contar con un enorme poder –como para provocar la parálisis política- a ser sacrificados en el altar de la estabilidad, víctimas del voto útil. Y, finalmente, el enorme premio de mayoría previsto por la ley conlleva el peligro de que se fortalezca demasiado al Gobierno y especialmente al propio presidente del Gobierno. ¿Presidencialismo enmascarado? Quizás. Lo cierto es que Italia podría ser un país gobernado por un hombre fuerte y carismático, un modelo de personalismo autoritario. Un presidente con demasiado poder y menos controles dudosamente beneficiaría al país.

Andrea Donofrio

Politólogo

Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset

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