www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

DESDE ULTRAMAR

70 años del Día de la Victoria

lunes 11 de mayo de 2015, 19:37h
Se han conmemorado los setenta años del final de la Segunda Guerra Mundial. Desde luego que en dos vertientes: como fenómeno histórico y sin perder de vista que solo estaríamos hablando de mayo de 1945 como un referente. O sea que se ha tratado solo del término del conflicto armado en Europa, puesto que el mundo siguió en el jaleo hasta que se produjo la rendición total del Imperio japonés, el 2 de septiembre de 1945 y aunque esta vez no se haya planteado así.

Fechas aparte en el calendario, lo visto el fin de semana del 8 al 10 de mayo de 2015 y en las semanas anteriores, ha sido significativo y de trascendental importancia. Nos ha recordado que aunque el conflicto fue atroz, la Humanidad salió de él con un ánimo emprendedor para evitarlo nuevamente. Puede afirmarse que hasta ahora lo ha conseguido. Por supuesto que si se trata de pensar en que la Humanidad desde entonces consiguió la paz perpetua, está clarísimo que no lo ha logrado. Eso es para avergonzarnos y exigirnos buscarla, siempre atendiendo a las causas de una guerra.

Esas jornadas han remarcado el horror de aquella contienda –lamentablemente sin ser los últimos horrores que la Humanidad habría de presenciar– y el sabor y el alcance de la victoria sobre el nazismo. Hemos recuperado el recuerdo vivido de las jornadas de victoria en que la gente se lanzó a las calles a celebrar no solo el triunfo aplastante sobre la Alemania nazi, sino a exaltar el ánimo de recuperar la ansiada paz, tanto como se ha evidenciado también el silencio de los derrotados o de los arrastrados a una derrota que sin pedirla, tuvieron que afrontarla.

No callemos que es muy significativa la postura de Angela Merkel, la canciller alemana. Ha dado la cara por su pueblo y por su pasado como ningún predecesor. No modifica ni rebaja un ápice la mala la opinión que genera su inflexible postura económica o su mangoneo de la política europea, pero la coloca en una posición privilegiada al no arredrarse y asumir dignamente. Porque no se le puede ningunear el mérito de haber afrontado y asumido la responsabilidad que le tocaba a Alemania, en este conflicto. Eso sí, solo la necesaria y conducente. Tanto el año anterior en el centenario de la Primera Guerra mundial, como en estas jornadas conmemorativas del septuagésimo aniversario del final de la II Guerra Mundial en Europa. Ha acudido a Moscú –pese al diferendo existente entre ambos países– y ha apostado por el futuro antes que por las recriminaciones del pasado. Ha dado una lección a los líderes británico, francés y estadounidense, demostrando que la política es algo suficientemente serio como para dejarla a que lo contamine todo. Cada cosa en su sitio. Leímos en El Imparcial sus declaraciones en Moscú: “Quiero decir aquí que me inclino ante las millones de víctimas de Rusia y de otros pueblos”. Seamos sinceros: no cualquiera.

Pero no cabe duda de que el surgimiento del nuevo orden mundial tras aquel conflicto, que ya anticipaban los diplomáticos mexicanos plasmándolo en las actas de la Conferencia de Chapultepec del 45 –preparatorias de la comparecencia latinoamericana en San Francisco– fue un nacimiento rudo y que estableció reglas que, ya pasada la Guerra Fría naciente, aún perduran. Y siete décadas después, en un aniversario muy señalado como hacía décadas que no pasaba, pareciera que nos movemos entre rememorar un suceso que parece muy lejano y el recordatorio de que es muy cercano, en franco equilibrismo de difícil consecución; y pareciera que apenas se hubiera condenado la pravedad del nazismo y estuviéramos subrayando más los recuerdos liberatorios y los ceses al fuego, que otra cosa más trascendental. Que apenas si se ha mencionado a Hitler.

Empero este aniversario redondo nos encuentra en medio de debates y rivalidades entre los vencedores, mientras los perdedores de entonces más significativos –Alemania, Japón– apuestan continuamente por un protagonismo que de momento, no es militar como antaño. De momento. La confrontación entre Rusia y las potencias occidentales, que lleva por guinda que no participen aquellas en el megadesfile que se han montado los rusos desplegando su poderío militar revestido de orgullo nacional, nos alerta de que tales rivalidades a que nos tienen acostumbrados las potencias, solo son delineadoras del vivo y cambiante tablero mundial, cuyo perverso ajedrez de alianzas y contra alianzas, antagonismos y enemistades están modificando el panorama de acercamientos y confrontaciones.

La confrontación tan hostil por primera vez y de una manera clara y puntual desde el final de la Guerra Fría, añade a Putin que juega sus cartas acercándose a China, llamada a desbancar de su primer sitio a los Estados Unidos; un entendimiento entre rusos y chinos efectuado para equilibrar el balance de un mundo que a paso veloz, está dejando de ser unipolar, enterándonos a diario de que a la multiplicidad de problemas contemporáneos, deberemos ya de sumar cada vez más y contar con la rivalidad entre las potencias, lo que podrá incidir en sus prioridades y sobre la pertinencia de los intereses atendibles por los demás países, en función de ese nuevo entorno. Aceptemos que eso está sucediendo.

Así, este aniversario parece distraernos para poner la mirada en el pasado, como una suerte de despedida extraoficial de aquellos días en que hubo un acuerdo, así fuera único –vencer a las potencias del Eje- y dejáramos atrás la Posguerra Fría, advirtiéndonos que las rivalidades entre las potencias están de regreso y que esta vez no cesarán ni pecarán de modestas hasta que se produzca un reacomodo. Hay precedentes de que los que otrora fueron aliados en apariencia carentes de motivos para confrontarse entre sí, acabarán haciéndolo. Y eso dibuja un horizonte de temer que no promete nada positivo. Es decir ¿qué la conflagración es posible entre los aliados de guerras pasadas? Desde luego que sí.

Termino. Este septuagésimo aniversario me deja un vacío inaceptable. La ausencia de México en cualquiera conmemoración, ya que fue un país aliado y contribuyó a la victoria de múltiples formas. No merecía su ausencia, pero es entendible siendo Peña Nieto comandante de las fuerzas armadas. El chiste se cuenta solo. Eso lo explica todo. Lástima por nuestros veteranos y por todo el esfuerzo efectuado entonces, que generó abrazos y alivio entre los mexicanos del 45, cuando se supo que la contienda había terminado y tras años de escasez, que iba de las refacciones a las medias, como nos contaban los abuelos. Cierto: “la Guerra” como la llamaban, nos pasó algo de lejos después de todo, por fortuna.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(0)

+

0 comentarios