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Era la economía, no las encuestas

lunes 11 de mayo de 2015, 20:03h

La mayoría absoluta de Cameron ha sorprendido a los “encuestólatras”, que reverencian a las encuestas más que los griegos al oráculo de Delfos, como frívolamente acostumbran una buena parte de los medios españoles, y no digamos ese guirigay que son las redes sociales. Toman una realidad virtual como si fuera la real y se fabrican un mundo de vaticinios y pactos, como si ya hubieran ocurrido. Pero el caso británico no es nada insólito, para quienes se toman en serio y con todas las limitaciones necesarias los estudios demoscópicos, no extraen de ellos lo que es imposible sacar, ni les atribuyen funciones predictivas que en absoluto poseen y, por lo tanto, los manejan con todas las reservas imprescindibles, para no cacarear inútilmente, como parece que por aquí les gusta a tantos.

Lo que sucedió en el Reino Unido el pasado jueves es muy, pero que muy parecido a lo que ya ocurrió allí en 1992, cuando, contra todo pronóstico, John Mayor obtuvo de nuevo una mayoría absoluta, que ninguna encuesta le concedía. Hemos hablado aquí, más de una vez, de aquella elección y de mis conversaciones al respecto con uno de los entonces más respetados encuestadores o pollsters, como los llaman del Reino Unido. Los encuestados, que son gente normal, saben perfectamente las diferencias que hay entre contestar a un encuestador, más o menos incordiante, o depositar una papeleta en la urna. Lo primero, sirve como exutorio de sus indignaciones y cabreos; viene a ser como un mensaje que se envía al gobierno o al partido que siempre habían votado para decirle que no están contentos. Lo segundo saben que es mucho más serio y no se permiten ciertas alegrías, como votar al primer populista que acaba de decir la gran machada o al ambiguo que –a ver si cuela- quiere que le voten la izquierda, la derecha, el centro y hasta el señor obispo.

El fracaso de las encuestas británicas no es tan sorprendente, sobre todo cuando existe un alto porcentaje –en torno al 35%- de indecisos o que no quieren decir cuál va a ser su voto, como ha sido el caso allí. O cuando, por muy diversas circunstancias, especialmente notables en tiempos turbulentos, como los presentes, existe un notable porcentaje de voto oculto: “Yo sé muy bien lo que voy a votar pero ¿por qué se lo tengo que decir a usted? Haga ‘cocina’ y apúnteme a lo que prefiera”. Ese puede ser el pensamiento de muchos encuestados cuando tratan de quitarse de en medio a quien les aborda –casi siempre telefónicamente y ahora por medio del móvil, mucho menos fiable- en el momento más inesperado. Así se deforman las muestras, es decir se pregunta a quien no corresponde y sale lo que sale. Por otra parte, los medios viven de darle emoción a la contienda y hay que dramatizar y, si llega el caso, hay que crispar, como decía aquel otro.

Un dato muy notable de las elecciones en el Reino Unido, es que han sido mucho más certeras las apuestas – a las que los británicos son tan aficionados- que las encuestas. Algunos comentaristas de allá apuntan a que porque las apuestas hay que pagarlas y con el dinero propio no se juega. Una de estas casas de apuestas, Betfair –por lo visto es la más importante del mundo de apuestas por internet- daba 5 a 1 a favor de Cameron y su partido, diferencia que se trasladaba a un 85 % de expectativas de que Cameron iba a sacar el mayor número de escaños. Es decir, hasta los que después no votaron a Cameron y los suyos, intuían que ganaría y ponían su dinero en apuestas a su favor. Como si dijeran: “Ya que los míos no van a ganar, apostemos por el ganador para sacar algo de este asunto”. Por similares razones han preferido a Cameron, a pesar de la austeridad y los recortes, porque saben que el Sistema Nacional de Salud –el gran tema de estas elecciones- está más seguro con los buenos gestores, que siempre son del centro-derecha, que con los que, alegremente, dilapidan los dineros públicos, como les gusta a la izquierda. Una vez más, aquello de “con la cosas de comer, no se juega”.

Donde las encuestas británicas no se han equivocado ha sido en Escocia, aunque allí la debacle de los laboristas ha sido aún más sonada de lo que se preveía. Escocia era un feudo de los laboristas, pues tenían 41 de los 59 escaños que allí se eligen, mientras que los nacionalistas escoceses del SNP, que tenían 6, se han llevado nada menos que 56. Ha sido un voto de castigo a los laboristas de Miliband, al que acusan de haber abandonado su condición de partido de los trabajadores, mucho más que haberse opuesto a la independencia de Escocia en el referéndum del año pasado. Parece evidente que al SNP –que perdió el referéndum con el 45% frente al 55% de los unionistas- le han votado ahora no solo los separatistas sino muchos antiguos votantes laboristas.

Convertido el SNP en tercera fuerza en la Cámara de los Comunes, Cameron tendrá que bregar con ellos, que ya sueñan con un nuevo referéndum, aunque habían dicho que la cuestión estaba aplazada hasta la próxima generación. Los miembros de este partido, que andaban en los 25 o 30.000, se han disparado hasta los 110.000 y votarán con los laboristas en muchas cuestiones sociales, pero la mayoría absoluta de Cameron, en la medida en que no se resquebraje, se impondrá. Cameron cederá competencias a Escocia. Algunos conservadores hasta hablan de federalismo. Algo insólito porque la letra “f”, como lo llamaban algunos para no mancharse con la palabra entera, era intragable para muchos británicos, especialmente si se refería a la organización de la UE.

En este sentido, Cameron tiene otra patata caliente que es el referéndum prometido para finales de 2017 sobre la pertenencia del Reino Unido a la UE, previa negociación con Bruselas. Nadie quiere –parece ser que ya ni el propio Cameron- la salida del Reino Unido, la o el Brexit y, menos que nadie el mundo de los negocios y las finanzas, que saben que fuera de la UE, su principal mercado, los ingleses lo iban a pasar mal y la City de Londres perdería la condición de principal centro financiero de Europa. En Bruselas, sin ceder en los principios, le concederán algo a Cameron (como Cameron a los escoceses) para que salve la cara y convoque su prometido referéndum pero pidiendo el sí a la UE, junto con los laboristas y, paradójicamente, también con el SNP, que presume de europeísmo a tope.

En España, todo ese “Tinell mediático”, que no tiene más objetivo que aniquilar al PP y a Rajoy, esperaban, frotándose las manos, el fracaso de Cameron para decirle a Rajoy que eso era lo que le esperaba. Como les ha salido mal la apuesta (ni siquiera la habían pagado, como los ingleses) se han inventado que son casos distintos, que, sin duda lo son, pero con lecciones que conviene tener presentes. Algunos –con todo el rostro- han dicho que Cameron no sólo se habría ocupado de la economía, como dicen que hace Rajoy, pues habría defendido los valores y no sé cuántas cosas más, que, por lo visto, aquí se han arrojado por la borda. Y yo sin enterarme. A la hora de inventar el tertulianismo imperante es muy imaginativo, pero miente con el mayor descaro.

Cameron, sí, se convirtió en un decidido defensor de la unidad del Reino Unido, sobre todo en el tramo final de la campaña del referéndum, después de haberlo imprudentemente autorizado. Creo que en el derecho constitucional británico -basado en una indivisible “soberanía del Parlamento”, el de Londres, no el de Edimburgo- había recursos legales suficientes para no tener que convocar ningún referéndum. Se comprometió, con un exceso de temeridad, con el referéndum escocés que, con el SNP triunfante va a seguir dándole problemas. Como ha dicho hace bien poco Jean Cherest, ex primer ministro de Québec, los referendos de este tipo dividen, bloquean y dejan cicatrices; plantean un debate emocional y no son ninguna panacea.

Por lo que hace a otro valor, las patentes raíces cristianas de nuestra civilización, en una reciente ocasión a Cameron se le ocurrió decir que Gran Bretaña era “una nación cristiana” y se armó tal lío en redes y no redes sociales, que tuvo que corregirse y matizar. Porque en esta descreída y laica Europa, hablar de Dios o del cristianismo es para algunos –los mismos que se creen sacerdotes de la libertad de expresión y del pluralismo- crimen de lesa democracia. Y los otros, acobardados, se callan. Aunque debo decir que, recientemente, he oído a dos políticos alemanes, uno socialista y otro demócrata-cristiano, este último en pleno Parlamento Europeo, proclamarse cristianos en público, sin que les temblara la voz.

Pero, volviendo al referéndum europeo, que pende sobre la cabeza de Cameron cual espada de Damocles, su peor enemigo va a ser el ala euro-escéptica de su propio partido que, en el anterior Parlamento estaba en torno a un tercio –aproximadamente un centenar de MPs, como allí llaman a los miembros de la Cámara de los Comunes- y se supone que en el recién elegido, los anti-europeos tendrán un peso similar. Cameron no tiene más remedio que hacer el referéndum y. esperemos que se olvide de esta fórmula plebiscitaria, que se juega el destino nacional como quien echa una moneda al aire.

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