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TRIBUNA

Un equívoco mosaico multicolor

lunes 25 de mayo de 2015, 20:30h
Los resultados de las elecciones del domingo están plagados de paradojas, de sorpresas, de contradicciones y de incógnitas que, desde luego, no quedan reflejados en los mapitas de colores que publican los medios y que, en esta ocasión, no valen para nada, o para muy poco. El predominante color azul que llena la mayor parte de la península y que quiere indicar que el PP ha sido la fuerza más votada, se nos despinta aceleradamente cuando comprobamos que llegar el primero a la meta en una contienda electoral no lleva implícita la medalla de oro si no se alcanza la posibilidad de gobernar. La hegemonía aritmética no significa automáticamente la hegemonía política, esa situación que solo se consigue cuando se obtienen unas mayorías absolutas que, en esta ocasión, el electorado le ha negado al PP. Y eso se traduce en una grave pérdida del extenso poder territorial que este partido obtuvo en 2011.

Seguramente lo más sorprendente de las elecciones municipales es que la izquierda radical, que en el conjunto de España, carece de relevancia cuantitativa, se ha alzado con triunfos -que se veían venir pero que muchos no acabábamos de creernos- en tres de las ciudades más importantes de España, Madrid, Valencia y Barcelona, en cada una de las tres con rasgos peculiares y poco asimilables. En Madrid se ha quebrado la larga y cómoda hegemonía del PP, pero lo más curioso es que no ha sido el PSOE el que se ha beneficiado de ese retroceso sino ese conglomerado formado en torno a la polémica juez Carmena, en el que puede verse un eco de aquel 15-M que surgió hace ahora cuatro años, más el apoyo de Podemos que, en esta ocasión, se ha presentado con disfraz. No parece que haya ahí capacidad suficiente para articular una política coherente y adaptada a la realidad de una ciudad moderna y dinámica como es la capital de España. Ni es previsible que los pactos que se formen para impedir que gobierne Esperanza Aguirre (la indudable mejor gestora que cualquiera de los otros candidatos) tengan la solidez y durabilidad necesaria. Sin ninguna gana de incordiar, creo que se puede afirmar que el lugar puntero de Madrid en el conjunto de España, puede iniciar un periodo de declive, esperemos que temporal.

Que Barcelona, el prototipo de ciudad moderna, “burguesa” y europea haya optado por esa extraña izquierda radical que se dio a conocer con la demagogia de los desahucios es todo un fenómeno sociológico que, en mi opinión, es una consecuencia del desquiciamiento de la sociedad catalana producido por la irresponsable aventura separatista de Mas y Ciu, que ha roto todas las referencias racionales. Algún efecto habrá tenido también el escándalo del atraco permanente al que los Pujol y sus cómplices han sometido “patrióticamente” a Cataluña, al menos desde los tiempos de Banca Catalana, aquel viejo asunto que todavía no está aclarado del todo. El llamado “proceso soberanista” sufre un serio golpe, pero Mas, aparentemente hace oídos sordos a estos serios avisos y sigue cabalgando el tigre que acabará por devorarle

En la ciudad de Valencia parece que también se perfila un gobierno de izquierda radical en torno a esa extraña e uniforme coalición, Compromis, cuya seña de identidad más conocida es un separatismo valencianista que en esa ciudad y en la comunidad que encabeza no ha sido nunca significativo. En la comunidad, se puede decir que Fabra ha aguantado el tirón, pero el PSOE, que allí es la segunda fuerza, ha dejado claro, por activa y por pasiva, que no solo no pactará nunca con el PP, como era de esperar, sino que, por su trayectoria, está dispuesto a aliarse incluso con los anti-sistema. Una tendencia ésta, que diferencia al PSOE de sus homólogos europeos y que demuestra cuán lejos está de esa socialdemocracia europea de la que tan frecuentemente alardean.

Algunos dirán que es una consecuencia de la corrupción que ha manchado al PP valenciano. Pero habría que aclarar que los casos de corrupción son anteriores y no afectan al equipo de Fabra, que se ha desembarazado de todo ese sucio lastre. Por otra parte, nadie nos ha contestado a la pregunta de por qué parecen tan sensibles los electores a los casos de corrupción que se producen en el ámbito PP, aunque sean viejos y estén juzgados, pero pasen olímpicamente de la corrupción, mucho mayor cuantitativa y cualitativamente, que se dan en los cortijos socialistas, como prueba la “triunfante” Susana Díaz.

Algunos esperaban que estas elecciones fuesen el canto funeral del bipartidismo, que algunos odian africanamente y cuya desaparición aplaudían por anticipado. Pero, por el momento, nada de eso se ha producido. A pesar de los errores estratégicos del PSOE, lo cierto es que los dos primeros partidos siguen siendo PP, con un 27’03 % y PSOE con un 25’03 %. El tercero sería Ciudadanos, con un 6’55 % (siempre dijimos aquí que no llegarían al 10%) y es un axioma de la ciencia política que cuando un partido está a más de diez puntos del que le precede no puede considerarse alternativa desde ningún punto de vista. Los veinte puntos largos que separan a C’s al PP no hacen creíbles, por el momento, sus ambiciosas aspiraciones.

Los Parlamentos autonómicos y los ayuntamientos se nos presentan mucho más fragmentados y empujados a gobiernos de coalición, inestables por su propia naturaleza y, como consecuencia de todo ello, incapaces de gobernar con eficacia. Es lo que hace muchos años Maurice Duverger definió como “democracia sin el pueblo” que, según él, se daría cuando el partido votado mayoritaria, pero insuficientemente, por los electores es suplantado por uniformes coaliciones que forman coaliciones ineficaces. Los beneficiarios de esa situación protestarían de esa denominación de “sin el pueblo” porque, por definición, en una democracia todos los electos son pueblo. Pero la realidad es que la fracción mayoritaria del pueblo queda marginada por eso que se ha llamado “coaliciones de perdedores”, palabra esta última que parece ofensiva pero que, simplemente, se refiere a los que no han quedado en primer lugar. Lo cierto es que esos “perdedores” son, al final, los que más ganan.

Es esta una situación en la que el PP español está en inferioridad de condiciones porque al ocupar, prácticamente en exclusiva, todo el espacio de centro-derecha, no tienen con quien pactar, mientras que la fragmentación de la izquierda permite muchas combinaciones, aunque, con pocos escrúpulos, se incluya a partidos cuyo objetivo declarado (aunque a veces se esconda) es acabar con el sistema democrático. El PP está “obligado” a obtener mayorías absolutas porque, en otro caso, se ve relegado a la oposición por el juego de la aritmética parlamentaria. Hasta qué punto eso es justo es debatible pero bien sé que cada uno arrimará el ascua a su sardina.

La primera impresión es la de que el llamado espectro político se ha complicado, pero si lo analizamos con detenimiento tampoco es para tanto. Y espero que eso se vea mucho más claramente en las elecciones generales del otoño. Porque no hay que olvidar que unas municipales no se pueden utilizar como “plantilla” de lo que va a ocurrir en unas generales. Aparecen con una fuerza muy modesta a nivel nacional C’s y Podemos, pero desaparecen prácticamente IU y UPyD. Podemos se lleva los votos de IU y, en el futuro posiblemente podrá sustituirle por completo. C’s se ha llevado militantes y votos de UPyD, pero el millón cuatrocientos mil que ha obtenido no le convierte, como ya hemos dicho, en una alternativa de gobierno. El otro día Pablo Iglesias –y lo mismo hace de vez en cuando Albert Rivera- hablaba despectivamente de los “viejos” partidos. Toda una muestra de bisoñez política. En Estados Unidos el Partido Republicano está orgulloso de que se le llame el G.O.P, el “Great Old Party”. Como lo están los grandes partidos británicos o alemanes. O en España, por ejemplo, PSOE y PNV. Creer que lo nuevo es mejor, solo por el hecho de serlo, es una simpleza y creo que, al final, los españoles, echarán de menos la claridad de un sistema donde cuando votas estás diciendo quién quieres que gobierne, sin el albur de unos pactos en cuya negociación el interés de los ciudadanos se pierde entres las brumas de los intereses inmediatos de partidos. Van echar de menos los españoles qué es el bipartidismo si se consolida este mosaico multicolor que salió de la urnas el día 24.
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