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El rompecabezas y la nueva Inquisición

lunes 08 de junio de 2015, 19:50h

Satisfechos estarán quienes deseaban y auguraban la desaparición del bipartidismo con los resultados de las elecciones del pasado 24 de mayo que han producido un desmañado rompecabezas en el que ni, forzándolas, las piezas encajan. El objetivo de todos los demás era desplazar al PP, aunque éste sea, en casi todas las comunidades y municipios, el partido más votado, en muchas ocasiones a una distancia casi galáctica del segundo y, muy a menudo a falta de uno o muy pocos escaños o concejalías para alcanzar la mayoría absoluta. El cordón sanitario ideado en el Tinell está funcionando plenamente, con el resultado de que se están perfilando gobiernos autonómicos o municipales de tres, cuatro o cinco componentes en los que van a pastar en los mismos establos quienes presumen de constitucionalistas con declarados separatistas, formaciones que, supuestamente, aspiran a la famosa “centralidad” con quienes no ocultan su extremismo radical, su arraigada vocación de dinamitar el sistema o son incapaces de disimular su semi-cómplice proclividad por lo que queda de la banda asesina de los mil muertos. Satisfechos estarán quienes, con tal de socavar al PP –atribuyéndole todos los males y hasta todos los delitos- no han vacilado en halagar durante meses, un día sí y otro también, a los cabecillas de las formaciones aspirantes a redimirnos, paseándolos por todos los platós, ponderando sus supuestas sabidurías, sus indemostradas honradeces y sus mágicas fórmulas para conseguir la más completa felicidad para todos (y para todas, que añadirán los tontos de turno).

Si alguien cree que estos gobiernos que se empiezan a diseñar suponen un “progreso” desde el punto de vista democrático por su variopinta y multiforme composición, es que no tiene ni idea de cómo funcionan las auténticas democracias que existen en el ancho mundo, que, al final, no son tantas. Generar la incertidumbre, apostar por la inevitable inestabilidad y hacer de la falta de cohesión interna y, consiguientemente, de la ineficacia y del despilfarro de los gobiernos unas supuestas virtudes no ocurre ni de lejos en los pueblos serios. Pero esa es una deseable realidad que, según todas las apariencias, ahora está mal vista en España. Los tri, cuatri y pentapartitos que se van a multiplicar por el solar hispano son ahora el modelo a seguir. Pero, con seguridad, alejarán aún más a los españoles de la política y harán suya esa injusta apreciación según la cual “todos son iguales”. Porque no es verdad, salvo que pongamos juntos a quienes no son dignos de estarlo, como ahora empieza a pasar.

Pactar por pactar, aunque no se sepa para qué –salvo para disfrutar de la parafernalia del poder- parece ser que es ahora la máxima virtud. Esos futuros gobiernos disfuncionales no son fruto de ningún digno o respetable pacto sino del cambalache y del chanchullo. El pacto, en su más noble expresión, es una constante en la vida política y nadie tiene por qué venir a enseñárnoslo, a estas alturas. Aunque si el que quiere pactar aspira a que el de enfrente renuncie a valores o principios que para él son irrenunciables lo va a tener difícil, por no decir imposible. Pero hay otros muchos a los que no les importa, porque hacen suya la máxima de Marx (Groucho): “Estos son mis principios, pero si no le gustan, también tengo otros”. Una máxima que, por ejemplo, el PSOE, parece evidente que ha hecho suya.

De una manera más patente de lo que podíamos imaginar hace unas semanas, en España se está produciendo –como aquí hemos comentado- un ejemplo bien cumplido de lo que Maurice Duverger llamaba “la democracia sin el pueblo”: Los ciudadanos votan mayoritariamente una opción, pero, después, los pactos configuran gobiernos que excluyen por sistema a los más votados, por lo que a una enorme mayoría de ciudadanos les resulta imposible sentirse identificados con ellos. Pero hay que aceptarlos porque, se afirma campanudamente, es la consecuencia de legítimos pactos parlamentarios. Nadie duda de la legalidad de esas supuestas soluciones, tan ineficaces en todos los casos. Fiat justitia pereat mundus. Esa fue la causa de la caída de la IV República francesa y después llegó de Gaulle que cambió el sistema electoral y estableció el mayoritario a dos vueltas, que creó una bipolaridad en el sistema de partidos, una variante más flexible de ese bipartidismo que tanto odian los poco informados. Pero aquí, simplemente aludir a la tesis de que gobierne la lista más votada, pone de los nervios a todos los del cordón sanitario. Es de bochorno que el líder socialista pida el abandono de las políticas que nos están sacando de la crisis. Tsipras es el modelo. ¡Manda huevos, como se dijo en señalada ocasión!

Nuestra democracia es joven y muchos electores no saben todavía cómo utilizar su voto. Me contaban el otro día que unos votantes de Manuela Carmena se lamentaban ahora de que se fuera a convertir en alcaldesa de Madrid. Preguntados por su inconsecuencia, la respuesta no deja de ser ilustrativa del deplorable estado de nuestra cultura política: “¡Es que queríamos que estuviera, pero en la oposición!”. También sé de algunos que votaron a Ciudadanos, “para castigar un poco al PP” y que ahora se lamentan porque van a tener que sufrir un gobierno de izquierdas. Es muy conocido aquello del que asó la manteca. Pues resulta que en este país nuestro abundan los asadores de manteca. Y lo peor es que a muchos de ellos los tenemos instalados en las tertulias pontificando urbi et orbi.

Me encontré el otro día con un hasta ahora alcalde del PP que había obtenido mayoría absoluta en cuatro legislaturas seguidas. Ahora se ha quedado al borde. Preguntado cuáles eran sus planes me contó que había iniciado una negociación con Ciudadanos y cuando quise saber cómo iba esa negociación se mostró desesperado: “No sé lo que quieren, aparte de dar largas y poner unas pegas tras otras”. Y me confesaba que sólo por sentido del deber continuaba “negociando” porque su primer impulso era tirar la toalla ante la irracionalidad de los planteamientos de ese partido que, sin haber llegado al 10 por ciento de los votos en las municipales, a nivel nacional, nos quiere redimir de nuestros pecados y enseñarnos lo que es la verdadera democracia. Váyanse en buena hora a otro perro con ese hueso.

Dos consejeros en funciones y que habían mostrado su voluntad de no seguir en la política, llamados a declarar como “imputados” han dimitido de sus cargos para facilitar la formación en la Comunidad de Madrid de un gobierno del PP, claro ganador de las elecciones, aunque sin mayoría absoluta. Pero para pactar con Cristina Cifuentes a Ciudadanos no le basta con esas dimisiones. Pide más, asumiendo un papel que más que al del romano Catón el Censor –que fue implacable y a veces muy injusto- se parece al de la inquisición, que exigía “limpieza de sangre”: No bastaba que el candidato al puesto fuera irreprochable sino que tenía que demostrar que toda su ascendencia no tenía contaminación de judíos o moriscos.

Ahora se descarta a cualquier candidato (pero sólo si es del PP), si uno de ese partido con el que quizás nunca siquiera ha cambiado una sola palabra, ha sido acusado de alguna corruptela. Se pretende dictar cómo tienen que ser los estatutos de los partidos (especialmente del PP), se imponen primarias, con una supina ignorancia del derecho constitucional comparado, y hasta se trata de establecer qué edad no pueden sobrepasar los candidatos del partido de enfrente si quiere pactar con “los puros”. La lucha contra la corrupción tiene que ser implacable. Y no hace falta que venga Albert Rivera a recordárnoslo. Pero esa lucha no se hace a base de pactos sino con leyes, aplicadas sin contemplaciones por los tribunales. Ya está bien de jugar al Savonarola, aquel implacable “reformador” monje florentino que, como escribe uno de sus biógrafos, “por su falta de equilibrio, su presunción y sus extravagancias”, acabó colgado y sus cenizas arrojadas al Arno. Destino que no le deseo a ninguno de los modernos predicadores de la “auténtica democracia”. Pero que no den lecciones que nadie necesita, ni nos abrumen con su supuesta superioridad moral.

Toda esta compleja situación se simplificaría si el primer partido de la oposición tuviera un equilibrio y un rigor, del que carece si observamos los dichos y los hechos de su máximo responsable. No voy a repetir todo lo que escribía aquí, al respecto, la semana pasada. Pero hasta que el PSOE no asuma en serio –si es que en algún momento llega a asumirlo- su papel de pilar indispensable del sistema y hasta que sus dirigentes, el primero en cabeza, no empiecen a jugar limpio y se olviden de totalitarios cordones sanitarios y otras similares tentaciones, todo será mucho más complicado. Hoy por hoy ya son muchos los que piensan que los españoles están siendo sometidos a una descomunal tomadura de pelo. Es de desear que se den cuenta pronto.

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    190 | Pontevedresa - 09/06/2015 @ 01:23:15 (GMT+1)
    De los mejorcitos análisis sobre lo acontecido en las últimas autonómicas y municipales. Parecía que lo peor del mundo es el bipartidismo, y esos mismos no recordaban los fracasos del tripartito catalán, del pentapartito balear y de el bipartito gallego, seguramente hay más, auténticos fracasos que paralizaron sus comunidades. Ahora un hecho nos ha dejado patidifusos, el sr. ZapaPedro se da un abrazo amoroso con los comunistas bolivarianos con tal de que el pacto del Tinell del que vd. habla siga vigente. Esto es lo que tiene votar con las tripas, que los resultados no son los previstos por tantos. ¡que horror y que error¡.

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