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ÓPERA PRIMA DE CLAUDIA SAINTE-LUCE

Los insólitos peces gato: El ruido del árbol solitario

miércoles 10 de junio de 2015, 11:53h
La cineasta mexicana Claudia Sainte-Luce presenta en España su ópera prima, Los insólitos peces gato, tras un fructífero recorrido por el circuito de festivales.
Los insólitos peces gato: El ruido del árbol solitario
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La existencia entendida en base al otro; la individualidad justificada sólo en consonancia con la sociedad; el hombre como animal social y su capacidad de interactuar como elemento distintivo, ‘humanizador’ y clave; la aptitud sanadora del contacto interpersonal. Los insólitos peces gato, la ópera prima de la realizadora mexicana Claudia Sainte-Luce, ofrece la mejor versión del ser humano con una historia personal que ha visto la luz tras exponerse a la mirada de un tercero. Todo lo que rodea a Sainte-Luce y su debut cinematográfico está envuelto en un halo de magia y esperanza en el hombre –o en la mujer-, como una solución categórica a la antigua paradoja del árbol que cae en un bosque sin nadie alrededor que lo presencie. El ruido sólo es ruido si alguien lo escucha, defiende la cineasta con una trama sobre cómo la existencia de las personas cobra sentido cuando otros la advierten y la valoran.

La mexicana estrena en España tras un fructífero recorrido por el circuito de festivales. El cine solo es cine si alguien lo ve. Y Los insólitos peces gato no fue concebida como tal, sino como una necesidad a la que pares de ojos curiosos han ido haciendo cine. La cinta nace de una historia real vivida por la cineasta. “Conocí a Martha y a su familia cuando tenía veinte años”, empieza Sainte-Luce en una charla con EL IMPARCIAL. “El hecho de que esta mujer, sabiendo que se estaba muriendo y teniendo que sacar cuatro hijos adelante, se volteara a mirarme dio sentido a mi existencia. Uno no existe si el otro no le ve”.

Providencia casual

Lo de Claudia Sainte-Luce es un ejemplo de que a veces las cosas llegan porque tienen que llegar. Como una especie de destino superior empujado por contingencias mundanas. Confiesa que estudió cine casi por casualidad, cuando, en un momento de pérdida ante el inminente final del bachillerato de Humanidades, escuchó a una compañera que ése era su camino y se abrió un horizonte desconocido hasta entonces para ella. “Yo pensaba que el cine no se estudiaba, que era algo como la pintura o la música, de personas tocadas por Dios”. Y ante la ‘desdivinización’ del sector, buscó escuelas, hizo exámenes y entró en una Facultad, sin perder de vista nunca un plan B, “por si acaso”.

Tras terminar Artes Audiovisuales en Guadalajara empezó a trabajar como segundo asistente de dirección. Paralelamente conoce a una directora de teatro que la invita a un taller de puesta en escena y Sainte-Luce termina subida a un escenario. “Empiezo a actuar en teatro y me encanta, empiezo a tomar talleres aquí y allá, hasta que conozco a mi maestra de guión, Paula Marcovitch”. Es ella quien le “invita” a poner su historia en papel y filmarla después, una historia sobre personas que se cruzan con personas y las significan. Como la suya.

Y así, casualidad o porvenir, hay quien ya ha calificado a Claudia Sainte-Luce como digna candidata a heredar el reino de Iñárritu, Cuarón o Del Toro. “Tengo una regla desde el momento en que leí una crítica, que fue a primera y la última: nunca voy a volver a leer nada. Lo peor es quedarse con los premios ganados, los festivales a los que has ido o los países en los que has estrenado. Eso solo alimenta el ego y el alimento del ego no sirve para nada”. La filosofía de la cineasta es, ahora, “trabajo, trabajo, trabajo”. Dicho y hecho, en mayo terminó de rodar su segunda película, La caja vacía, sobre la relación entre un padre y su hija, una cinta en la que además de dirigir actúa y para la que ha fichado a la editora española Emma Tusell, responsable del montaje de la rompedora Magical Girl. El estreno en México está previsto para marzo del próximo año.

Y así se filma, con un arranque brillante que encierra el alma de la cinta: Planos fijos, ausencia de diálogos, ritmo anodino y un personaje al que apenas ponemos cara en encuadres por la espalda y pelo sobre el rostro. Los insólitos peces gato pide paciencia a un espectador que aún no sabe qué va a ver. Y entonces, en la primera escena en la casa de la familia capitaneada por Martha, la cámara vuela entre unos personajes que viven en un orden caótico, frente al estatismo de Claudia. Conocemos de golpe a otros cinco personajes que hablan, discuten, ríen, son irónicos, gritan, se compenetran. Y entonces, en un giro perfectamente intencionado, esa cámara juguetona, que en esa casa ha disfrutado por primera vez desde que arrancó el metraje, se para en la protagonista. Ahora la vemos. Ahora existe.

La verdadera Marta murió en 2006, dos años después de cruzarse en el camino de la ahora realizadora. En 2013, Claudia Sainte-Luce filma un pedazo de la naturaleza humana con su historia como empaque, instigada por encuentro fortuito en el hospital con una mujer enferma que la rescata de su lasa soledad. Y retrata a esa Martha generosa y luchadora en una inmensa Lisa Owen. Y a los cuatro hijos, lidiando con su propio momento vital en mitad de una tempestad familiar. Y a sí misma, la Claudia que empezó a ser, interpretada por Ximena Ayala. “En realidad”, dice Sainte-Luce, “soy todos los personajes”.

“Soy el pasar de todo de Wendy, el control de Alejandra, la soledad de Claudia… Me gusta una frase que acabo de escuchar que dice que dos soledades juntas equivalen a una compañía. Creo que eso fue lo que nos pasó a Martha y a mí”.

Como una reivindicación necesaria en nuestro tiempo, en el que “pasamos por la vida sin observar, yendo muy a lo nuestro”, según la cineasta, Los insólitos peces gato se convierte en un homenaje a Martha, aunque verlo en una gran pantalla haya sido tan, según se mire, fortuito o providencial como el propio encuentro entre ambas.

“Escribirla era una necesidad sí o sí, yo necesitaba sacarla en papel, pero hacer la película fue una coincidencia”, explica. Fue su profesora de guión quien, con su mirada y su consejo, terminó de hacer existir la película, además de un fondo público de ayuda la producción que Sainte-Luce obtuvo entre dos centenares de guiones. “En lugar de sentir felicidad, me dio un miedo tremendo; es un dinero del Estado y sentí mucha responsabilidad”.

Ese miedo a hacer algo que mereciera la pena se fue limando con “el día a día del rodaje” y el proceso de edición. “Cuando puse punto y final a la película empezó lo verdaderamente difícil”, considera la cineasta, quien asegura que la promoción está siendo lo más complicado por, dice, “no encajar tanto en la relación entre el espectador y la película”.

“Cuando presento la película ante una audiencia es como estar desnuda mientras te señalan las imperfecciones”, confiesa, aunque reconoce que el miedo también aporta “valor”: “Si puedo con esto, puedo con una segunda y una tercera”.

Universo femenino
Seis mujeres y un niño pequeño son los protagonistas absolutos de Los insólitos peces gato. Confiesa Sainte-Luce que su película es, de algún modo, “un homenaje a la mujer” y que se obsesionó con encontrar una directora de fotografía mujer, “no porque los hombres sean insensibles, sino porque la mujer tras la cámara respira y ve distinto, y necesitaba que este universo femenino lo viera una mujer”. En este sentido, es definitiva una escena rodada con la familia –Claudia incluida- en la playa, en la que los planos se detienen en los cuerpos de las protagonistas de una forma cargada de sensibilidad, especialmente en la enferma delgadez de Martha.

La fragilidad física del personaje en contraste con su espíritu robusto es una de las fortalezas del personaje que, sin embargo, se convirtió en el mayor hándicap para encontrar una actriz, cuenta la cineasta, dispuesta a adelgazar. “Lisa Owen vino dispuesta a todo, a entregarse a la piel del personaje”. El reparto lo completan Sonia Franco, Andrea Baeza, Alejandro Ramírez Muñoz y Wendy Guillén, una de las hijas de la Martha real que se interpreta a sí misma en la película.



Industrias ‘periféricas’
Fue el grito de guerra en los pasados Premios Ariel del cine mexicano: voluntad política para reforzar una industria que, además de tener un evidente potencial económico, es seña de identidad y rasgo cultural del país. Paralelismos indudables entre México y España que tienen también orígenes comunes: el prácticamente monopolio de la industria americana.

“El cine americano es el gran gigante al que nos tenemos que enfrentar”, indica Sainte-Luce y señala la responsabilidad política de modificar legislaciones que favorecen su posición predominante en el mercado. “Los exhibidores están obligados a reservar sólo un diez por ciento de su cartelera al cine mexicano, que además únicamente tienen que mantener una semana”. La cineasta reivindica tiempos más reposados para el vital boca-oreja en producciones modestas, en las que la promoción no cuenta con presupuestos comparables a los estadounidenses. “Cuando te enteras de que la película es buena y la quieres ver, te quedan diez salas y horarios imposibles. Sí que hay ayudas en México para hacer cine, pero lo tenemos bastante complicado en la exhibición y que no se quede en cine de festivales”. La exhibición, como clave de la industria. El público es, al final, el que pone ruido a la caída del árbol.


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