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La Carta Magna de 1215

domingo 14 de junio de 2015, 18:50h
Este año 2015 conmemoramos por todo lo alto en el mundo jurídico, las ocho centurias de la proclamación de la Magna charta libertatum inglesa, conocida como la Carta Magna, impuesta por la nobleza al rey Juan sin Tierra el 15 de junio de 1215. ¿Por qué es importante este suceso? porque es en gran medida un referente ineludible de luenga tradición del constitucionalismo contemporáneo y es uno de los basamentos más formidables que sustentan la existencia del Estado moderno, tal y como lo entendemos en Occidente y en gran parte del orbe.

En la Carta Magna de 1215 podemos rastrear derechos y prerrogativas en general recogidos en beneficio de los ciudadanos, que todavía engloba la legislación de gran parte del mundo. Fue un hito en toda regla.

Antes de proseguir debo mencionar que el toral documento inglés que nos congrega en esta conmemoración, solo fue posterior a uno poco conocido denominado Carta Magna Leonesa del año 1188, o sea que correspondió a una generación anterior y que coloca al derecho hispánico por delante del anglosajón en tiempo y forma. Se trata de una disposición relevante de la que solo cabe señalar de momento, que definió competencias entre el monarca y un consejo de nobles y se refiere a su pueblo sobre la gobernanza en determinados aspectos y supuso por lo tanto, establecer delimitaciones claras al poder divino del soberano.

Pues bien, siguiendo con el tema de la obra jurídica de 1215, aquello desde luego que obedeció a su contexto, tratándose de un avance excepcional delineador y delimitante del poder del rey y además, aportó medidas puntuales para recomponer tanto un nuevo pacto de la soberanía del Estado y la manera de reconocer los estamentos sociales, como que fue también un vademécum proveedor de cimientos para el Estado inglés, que entonces apenas fue capaz de reconocer los alcances y límites de ella en todas sus potestades, paliando incipiente las necesidades y reclamos atendibles de los súbditos frente al monarca.

Que la ocasión es propicia para desmitificar también aquella norma constituyente. Porque por supuesto que la Magna charta libertatum fue impuesta al rey para beneficio primordial de los nobles –dirigida a preservar y conseguir sus prebendas– y no necesariamente el pueblo inglés al completo; siendo entonces valedero sostener pues, que acaso los labriegos y estibadores no se beneficiaron directamente de esta suerte de ley fundamental, y que tardarían siglos en ver beneficio alguno. Empero, igual es verdad que fue un precedente sustancioso que inspiró futuros órdenes jurídicos y ejercicios definitorios de las responsabilidades y los derechos del Estado moderno y de sus obligados. La nobleza inglesa acorralaba al despreciable, casi abominable, Juan sin Tierra, un rey que la dictó a escasamente un año antes de morir, dejando en el trono a su hijo de 9 años y cuando estaban a punto de derrocarlo esos mismos nobles que lo vieron traicionar su palabra, al manifestar su deseo de no someterse a la Carta Magna. Después de todo Juan I fue un monarca que defendió su status y por eso quedó confrontado con los irlandeses, con Escocia, con el Papa, con su hermanastro el rey de Francia, sin territorios en aquel país, desposeído de ellos, con un nulo prestigio militar y que hasta perdió las joyas de la Corona, muriendo enloquecido. Fue todo un caso, como se atisba al amparo de lo que nos cuenta Clío de él.

Puede parecernos una quimera, un tratado estatutario inexequible. No es impedimento para detenernos en él. Acotó el ejercicio de la autoridad ya en el siglo XIII. Una lectura de aquella ley suprema nos revela que los nobles terratenientes abogaron por ellos, pero en esa lucha consiguieron reconocimientos y potestades antes negadas por el derecho divino de los reyes. La Carta Magna reclama el juicio justo y de Habeas Corpus, el irrestricto respeto a las leyes preestablecidas, a los fueros y a los títulos nobiliarios, a las precedencias y a los privilegios que conllevaban. Reclama la protección a la herencia recibida, a la masa hereditaria y la protección a las viudas nobles, para no obligárselas a contraer nuevo matrimonio. El referente en comento establece una uniformidad de pesos y medidas, destacando la arroba de Londres; concede tribunales para los delitos cometidos en los bosques y permite el fuero eclesiástico. Aborda la defensa a la propiedad patrimonial y de los hombres frente al poder omnímodo del rey, exige su protección y forzó a recoger la representación de la nobleza en la discusión de los altos asuntos del Estado, sentando las bases del parlamentarismo británico, mientras clamaba por impuestos justos, definiendo jurisdicciones y la proporcionalidad de las multas, junto con el acatamiento al debido proceso y a las libertades.

Así, el mandato de 1215 bosqueja una suerte de equilibrio de poderes, de repartimiento de facultades y responsabilidades, ponderando el poder y el Estado, no obstante que resulta ser apenas un destello aquella ordenanza que cumple ocho siglos. Un intento. Sus estudiosos minimizan sus efectos, advirtiendo que Inglaterra aún se debatió por siglos para consagrar mucho de lo plasmado en aquel texto. Es cierto. Lo importante radica entonces en que sentó precedentes y se advirtió que no habría marcha atrás. De manera tal que si el proceso para cristalizarla fue muy prolongado, al final se consiguió.

El Reino Unido ha ido celebrando paso a paso este aniversario redondo. Lo mismo la aplicación primera de la Carta Magna que igual ha organizado diversas exposiciones y actos académicos en sus principales universidades, con un eco en Estados Unidos y hasta en la universidad nacional de México (UNAM). Hasta la familia real británica se ha involucrado pese a representar la antítesis histórica de lo que se conmemora. Desde luego que hoy son otros tiempos.

Tal vez la Historia quizá ha sido injusta con Juan sin Tierra, duque de Normandía, duque de Gloucester y de Aquitania, conde Anjou y de Poitou, rey de Inglaterra y señor de Irlanda, que desde luego fue un pájaro de cuenta obligado a conceder no por graciosa decisión, sino actuando forzado por las circunstancias y eso jamás lo superó. Juan I sentó el compromiso real de respetar los estatutos impuestos a favor de sus gobernados. No lo admitió con facilidad, reconociéndolo a regañadientes. Ocho siglos después los pueblos del mundo siguen exigiendo de sus Estados la Justicia y el Derecho que consideran que les corresponde o defendiéndolos cuando los poseen. Gran lección nos dejó la Carta Magna de 1215 y amerita destacarse, porque su espíritu renovado permanece vigente y al alba.
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