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TRIBUNA

El triunfo del pensamiento Alicia

lunes 15 de junio de 2015, 19:54h

La crónica de este tiempo, municipal y espeso, desborda las posibilidades del análisis racional y escapa a las habituales categorías y géneros periodísticos. Cuando el absurdo y lo ridículo se imponen y hasta reciben el babeante aplauso de tantos teletontuelos, que pontifican vanamente, pero que no entienden nada ni ven más allá de sus narices, no valen las lógicas al uso ni son de utilidad las argumentaciones más o menos sensatas y rigurosas. Salimos del universo real y nos adentramos en ese imaginario mundo en el que todo es posible (“¡Sí se puede!”) si voluntariosamente así se decide y cualesquiera que sean los obstáculos que se interponen en el camino. ¡Cuánto gusta ese decisionismo cuasitotalitario a las pastueñas masas, siempre anhelantes de un Hamelin, aunque con su flauta mágica les lleve al abismo, como a las ratas del cuento! Hace falta entonces la genialidad creadora de un García Márquez –que imaginó su disparatado Macondo, tan real, sin embargo, en muchos aspectos- o la perspicaz inteligencia de un pensador como Gustavo Bueno -que acuñó ese certero concepto que es el “pensamiento Alicia”- para poder penetrar en esa intrincada madeja de patrañas e insensateces y para, mínimamente, deshilvanar los engañosos hilos con que está entretejida.

Contemplar cómo lo más rancio y reaccionario se disfraza de progresista es más frecuente en la historia de la humanidad de lo que puede imaginarse. Ha pasado muchas veces y, de nuevo, esta farsa trata de desenvolver su ajado trampantojo ante nuestros ojos, para estafar una vez más al supuesto pueblo soberano. Como todo se ha hecho mal, porque la derecha, por definición, no puede hacer nada bien, quieren partir de cero, sin sentirse comprometidos por el pasado en un adanismo infantil y estúpido. Se les podría aplicar lo que García Márquez escribe en las primeras líneas de Cien años de soledad: “El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y, para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”. La Izquierda –esa Izquierda con mayúscula a la que después nos referiremos- inventa todo, hasta su propio vocabulario, y “desinventa” o deconstruye –como propone Derrida, uno de sus popes- todo lo que no la acomoda. A la vista está cómo han puesto en su peculiar “índice de palabras prohibidas” al término y a la propia idea de España. Para estos supuestos “progres” es de mal tono hablar de España, y sus símbolos solo merecen la pitada o la cerilla. Hacer ostentación de ellos, exhibirlos, es una prueba fehaciente de fascismo. España no existe. Y si ha existido hay que aniquilarla. Y como no existe hay, como escribía García Márquez, que “señalarla con el dedo”: “Este país”.

Maltratada, vituperada y menospreciada, España sigue, a pesar de todo, estando presente, pero la virtual imagen que nos presentan de ella, cotidianamente, los medios es la un ridículo circo de esos que tienen varias pistas y mientras en una de ellas los payasos intentan hacer reír a la infantil concurrencia, en otra uno o varios artistas hacen virguerías con una bicicleta, en la tercera un domador se las entiende con un tigre enjaulado y, por encima de todos ellos una equilibrista salta de un trapecio a otro o hace el pino sobre el alambre. En las diversas pistas del circo hispano pululan diversos políticos o aspirantes a serlo, que tratan de explicar por qué ayer dijeron todo lo contrario de lo que hoy hacen y dicen, aunque nunca insisten mucho porque piensan que el llamado respetable es tonto de remate y se lo traga todo. En una pista un tal Pedro abraza alborozado a un tal Pablo, contra el que ayer despotricaba y juraba no “ajuntarle” jamás. El tal Pablo contiene a duras penas la carcajada, mientras esconde un enorme cuchillo, porque su manifiesta intención es finiquitarle. Pero Pedro, gritándose a sí mismo “ahora o nunca”, está decidido a entrar en La Moncloa, aunque sea a lomos de su peor enemigo, creyéndose tan listo que podrá desembarazarse de él en el momento preciso. Todo sea por la alfombra roja.

En otra pista hay un señor que viste un mono color naranja, aunque no parece que proceda de ninguna cárcel americana. Tiene muy desconcertado al público porque tan pronto se da apretados abrazos con los llamados peperos como con los que, de momento, tienen como líder al incauto Pedro. Nadie sabe a qué juega, pero lo cierto es que ha asumido, campanudo y muy en serio el papel de Pura Encarnación de la Mejor Democracia Posible, diploma que se desconoce en qué universidad de este o del otro lado de Atlántico ha obtenido. Sus seguidores en toda España no llegan al 10 por ciento, pero sus palabras y ademanes son ya propios de quien se cree investido de una mayoría absoluta que le permitirá gobernar a “este país”. Hasta se cree en condiciones de solucionar, él solito, el llamado problema catalán. He ahí a nuestro próximo redentor y salva patrias.

Lo más divertido del hispano circo es que en casi todas las pistas pululan una serie de individuos, incluidos los citados Pedro y Pablo, más otros muchos más bien pequeños por no decir enanos que, todos ellos, se declaran devotos de una gran deidad llamada Izquierda, en la que encuentran justificación para que en ningún sitio gobierne quien más votos ha obtenido. La Izquierda, por definición, está por encima de todos los porcentajes: ¡Si hasta Lenin lo decía ya! Aunque entre ellos se entienden y se quieren menos que los sunníes y los chiíes, hacen con que son amigos, porque son devotos de la misma divinidad. Como ya hemos dicho de Pablo, casi todos esconden armas e intenciones de deshacerse de sus sobrevenidos aliados, pero de momento mantienen la aparente unión y ríen, ríen y ríen porque, por fin, van a pisar la apetecida alfombra roja. ¿Y después? Por favor, eso ni se pregunta, con la experiencia adquirida y acendrada en trampas y zancadillas ya nos las arreglaremos para seguir en el machito. ¿Quién nos va negar la legitimidad moral y política de la que –por supuesto, ¿alguien lo duda?- carece la derecha? Somos el cambio y el progreso.

Vivimos en pleno triunfo de lo que Gustavo Bueno, a partir de la bien conocida obra de Lewis Carroll, ha denominado “pensamiento Alicia”, que parte de representarse un mundo distinto del mundo real, al revés del nuestro, porque lo imagina reflejado y más allá del espejo en que se mira. Alicia –según Bueno- no quiere tener conciencia de las dificultades que habría que vencer para llegar a ese mundo imaginario e imposible porque “todo es mucho más sencillo: se tiene la voluntad de pasar a ese mundo al revés y basta”. “El pensamiento Alicia pierde todo su mordiente crítico y funciona como una suerte de ensoñación infantil…simplista y propia del adolescente” que –añadiría yo- como decía Gracián “ve sólo las cosas por de fuera”, sin penetrar en su realidad ni en sus circunstancias. “Lo que no excluye –y vuelvo a Bueno- que no pueda ser muy efectiva, brillante y triunfadora ante la plebe frumentaria”.

Cuando escribió este libro, Bueno presentó a Zapatero como el más depurado ejemplo de “pensamiento Alicia” y lo aplicó a diversas políticas de aquel nefasto Presidente. Hoy podría hacer una nueva edición analizando el “pensamiento Alicia” de tantos políticos que se agitan en el circo hispano, que no se consideran “casta”, pero que son una cosa aún peor: no hay más que ver “el material” que ha metido Carmena en su lista de concejales. Muy especialmente, es un cumplido ejemplo de “pensamiento Alicia” el citado Pedro, que no pasa de ser una burda imitación de Zapatero. Y, ya se sabe, nunca segundas partes fueron buenas, y no digamos si la primera tampoco lo era. A todos ellos se les puede aplicar lo que dice Bueno de ese tipo de pensamiento –y de las acciones que de tales pensamientos se derivan, añadimos- “que pueden llegar a ser peligrosos y repugnantes como efectos de una mala fe que va envolviendo la realidad con un velo que tiene la blancura de la estupidez sin la menor mancha de inteligencia… mala fe si a quienes los defienden les atribuimos una mínima ‘mancha de inteligencia’ que les obligase a advertir su simplismo”.

Ya al final de su libro, Bueno incluso desmonta el punto de partida de todas estas actitudes, esa gran patraña según la cual “la democracia realmente existente está podrida en su propia médula”, que tanto les gusta repetir a los teletontuelos. Y termina con una sabia advertencia que, con toda evidencia, ni siguen ni entienden todos los que han votado a las diversas sectas de la gran divinidad de la Izquierda: “A partir de determinados límites, un gobierno simplista, inspirado por Alicia, puede dar lugar a que la nave encalle o se estrelle contra las otras naves que, en el mundo, navegan en su entorno”. ¡Menuda flota mediterránea están formando estos “monaguillos de Maduro”, como los ha llamado Felipe González, con la otra nave a la deriva, la griega, a la que se suma la otra flota, la del Caribe de los supérstites del chavismo!

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