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TRIBUNA

Bicentenario de Waterloo

jueves 18 de junio de 2015, 19:51h

Waterloo es un nombre mítico. Waterloo es un parteaguas en la historia del mundo y de Europa. Waterloo es un ocaso terrible para una época terrible.

Situada en Bélgica, Waterloo, localizada en tierra que estaba a punto de dejar de ser los Países Bajos austríacos, perdidos en la Paz de Viena de 1815 a cambio de otras compensaciones, fue el sitio que atestiguó aquella derrota contra Napoleón hace dos siglos, apenas. Y digo apenas porque es un magnífico recordatorio de cuánto ha cambiado el mundo en tan poquito tiempo, históricamente hablando. No obstante que parezca que sucedió hace milenios. Y no.

Para nuestra época, el bicentenario de 2015 es posible que sea también una suerte de punto final. Lo que empezó siendo una eclosión de conmemoraciones bicentenarias en torno a la Revolución Francesa en 1789, cuando se repasaron sus dos primeras centurias, termina el 18 de junio de 2015, en este acto conmemorativo que encuentra una Europa tan diferente cerrando la rememoración del periodo napoleónico.

Napoleón después de todo, es de esos escasos personajes históricos que se han ganado el puesto. No se le llama con más frecuencia ni como “el gran corso” ni como Bonaparte a secas. Basta con decir Napoleón y está dicho todo. Así, con absoluta contundencia y ya cada quien evocara de golpe lo que de él sepa, que de menos algo le sabe. ¿A que sí?

Pero ¿sabe? a ratos Waterloo puede ser una victoria napoleónica, después de todo. Sí. A lo Cid Campeador. ¡¿Cómo?! Recuerdo que en el Castillo de Windsor, de repente se llega a un gran espacio tras subir las monumentales escaleras en su interior. En ese salón cuelgan los cuadros de gran tamaño, inmensos, de los vencedores de Napoleón, incluido el papa Pío VII. Todos aquellos finísimos y acicalados personajes van exaltados, satisfechos, con dejo de suficiencia tal vez. Los más, vencedores en Waterloo, nos contemplan a los visitantes distraídos con sus rostros soberbios y sonrisas cínicas, de triunfo. Parecen regodearse en lo que consiguieron en Waterloo hace dos centurias y no acaban de celebrarlo, en eso siguen y como si adivinaran que ese nombre jamás sería olvidado. Pero…

Pero el caso es que a ellos nadie los identifica en semejantes pinturas con semejantes posturas, con tanto fajín escarlata o morado y medalla al pecho; y en cambio, el nombre de Napoleón persiste, sobresale a querer o no. ¡Recórcholis! Por algo. Y eso que falta Napoleón en tan destacada galería. Además uno, aquí servidorito, que es leído y que entiende que ir por Europa es ir atento y aleccionado, cae pronto en la cuenta al saber quiénes son y porqué están allí reunidos. La pérfida Albión ha confabulado un aquelarre al que no ha invitado a Napoleón. La presencia de todos marca la gran ausencia. Solo por eso Napoleón está presente y riéndose de todos ellos, aunque carezca de un lienzo, que no lo merece si se quiere, pero tampoco lo requiere. Contra su desfachatez no pudo Europa después de todo. Tal vez sea su desfachatez lo que a muchos nos fascina en América.

Eso es lo que tiene Napoleón, es omnipresente, un antes y un después. La pesadilla de sus enemigos. Se sale con la suya como en Los Inválidos, en París, donde hay que inclinarse ante él para contemplar su tumba, caravaneando al autocoronado emperador. Solo una marometa inconfesable lo evitaría. Astutos sus constructores, desde luego. Va mi guiño cómplice a ellos.

Napoleón siempre será polémico y adelanto a usted que en la América hispana tiene muy buen cartel. Su invasión a España supuso la oportunidad inconmensurable de separarse del Imperio español, hartos aquellos territorios de la costosa alianza de Godoy y Carlos IV con él, que nos dejó el sitio a Puerto Rico, la pérdida de Trinidad y Luisiana, Trafalgar y tanta madera cubana dejada en el fondo del lecho marino, los bombardeos a Buenos Aires y desde luego, el alza de impuestos a la Nueva España para pagar “las guerras del rey en Europa”. Y pese a que hay numerosos testimonios de época de habérsele llamado también “el Diablo Napoleón”. ¿Cómo pudo mudar su identidad entre los hispanoamericanos? ¿por qué Waterloo no significa tanto, allí? Por una mezcla entre las ansias de libertad, el desprecio al “mal gobierno” peninsular (Godoy y sus canchanchanes corruptísimos en América) frente al Código napoleónico y los ilustrados franceses, bien vendidos por el afrancesamiento decimonónico cual ideal a alcanzar.

Si una conocida me dijo que París es Napoleón, un ruso me remarcó al pie de ellos que Moscú tiene alzados no uno, sino dos arcos del triunfo contra Bonaparte y me espetó: “Napoleón aquí no pudo. Con Rusia no pudo”. Bien que recuerdo un copón perteneciente al soberbio patrimonio Romanov expuesto en México, cuya boquilla llevaba inscrita la leyenda: “Alégrate Moscú. Rusia tomó París” recordando estas fechas bicentenarias. Sentencioso, bien me ha dicho mi amigo Octavio: “Napoleón dejó a Europa oliendo a muerto”. Más concreta que esa verdad encerrada en una frase lapidaria, no me puedo hallar. Y los acontecimientos que condujeron a Waterloo no dejan de ser fascinantes. Contar y no acabar, como reza la copla.

Y dos siglos después ¿qué nos deja la batalla de Waterloo? Desde luego una memoria colectiva que la interpreta y la reinterpreta. Nos obliga a justipreciar el acontecimiento. Waterloo es un ejemplo de la confrontación europea y a un mismo tiempo, de su unidad en pos de alcanzar un objetivo común, así fuera uno que abrió paso a la restauración más retrógrada y conservadora, aunque hoy se la disfrace de burguesa para justificarla y así fuera por algo tan cuestionable como derrotar a Napoleón, operando desde su eje más conservador. Waterloo nos recuerda que la ansiada unidad de Europa ha tenido muy distintos fines según cada época. Así como el año anterior en el centenario de Ia Guerra Mundial del 14 hemos visto a los enemigos de entonces estrecharse las manos, esta conmemoración nos recuerda los recelos prevalecientes. A lo mejor sería más deseable un Napoleón que estos recelos nacionales que nos recuerdan que el nacionalismo europeo a veces da síntomas de solo estar adormilado, impidiendo sacar las mejores lecciones del pasado para evitarlo, lo que impide retrotraerse en el tiempo para reclamar de Europa un mirarse en el pasado. Visto así, va a ser que Napoleón no era tan malo comparado con el actual panorama. A saber.

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