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TRIBUNA

La España menguante. Cuento político-futurista

lunes 22 de junio de 2015, 20:03h

Nadie sabía lo que estaba pasando y las academias científicas consultadas no se ponían de acuerdo ni acertaban a dar una explicación. Pero lo cierto era que desde que en aquel país se habían hecho cargo de la dirección de los asuntos los devotos de la Divina Izquierda -aquellos que habían dicho que ellos sí podían lo que otros no podían- el territorio del país iba menguando día a día y en los mapas meteorológicos que salían en la televisión era visible la disminución. La Divina Izquierda era un conglomerado de sectas que se odiaban ferozmente entre sí, pero que estaban de acuerdo en hacer todo lo que fuera necesario para eliminar a la aún más odiada Derecha, síntesis de todos los males y de todas las desgracias imaginables.

Aseguraban algunos, muy en secreto, que el país se había llamado antes España, pero desde mucho tiempo atrás se había prohibido usar esa palabra y graves penas caían sobre los infractores. El nombre oficial era República Socialista Mediterránea o RSM y no tenía bandera ni himno ni nada por el estilo porque los “responsables”, como eran llamados los que mandaban, habían dicho que no hacían falta para nada. Existían centenares de ministerios porque había que colocar a todo el mundo ya que no existían empresas privadas y todos trabajaban –o hacían con que trabajaban- para la RSM.

Lo que no había, desde luego, era ministerio de Defensa porque años atrás un tal Pedro, que había sido fugaz jefecillo de una de aquellas sectas y uno de los co-fundadores de la RSM, había dicho que era mejor suprimirlo. En consecuencia no existían fuerzas armadas porque según la doctrina oficial nadie iba a atacarnos porque cada vez –decía- somos más pequeños y a nadie le valdría la pena; y tampoco nosotros vamos a atacar a nadie, sobre tododespués de la derrota sufrida ante un país llamado Andorra, que nos había vencido en toda la regla, ocupando parte del poco territorio social-mediterráneo que iba quedando. Lógicamente la RSM no tenía ya entonces apenas soldados, porque eran una especie declarada a extinguir y, para aquella inesperada guerra, solo se pudo echar mano de bomberos y agentes urbanos de movilidad, que formaron una cooperativa, a sugerencia de la alcaldesa de la capital, que había puesto de moda las cooperativas para todo.

Los responsables habían prometido acabar con los ricos y lo cierto es que lo habían conseguido, pero no porque los hubieran matado ni nada semejante, ¡por favor! sino porque los ricos –que resultó que eran muchísimos porque oficialmente se consideraban ricos a todos los que ganaran por encima del salario mínimo- habían puesto pies en polvorosa y se habían marchado a otros países. Los que podían a unos territorios llamados “paraísos fiscales”, desde donde contemplaban cómo la RSM se empequeñecía, hasta tal punto, que los habitantes se caían a centenares en los mares circundantes, porque no cabían. Alguien había dicho que “en España no cabe ni un tonto más”, pero lo malo es que se caían todos, los tontos y los que iban de listos, que también habían sido declarados a extinguir. Antes que los ricos ya se habían marchado a toda prisa unos tíos llamados “inversores extranjeros” que, por lo visto, en otros tiempos creaban riqueza, pero esa actividad estaba considerada obscena y delictiva, de modo que los pocos que quedaban habían desaparecido como por ensalmo. La inversión para crear riqueza se consideraba una expresión del capitalismo, que estaba furiosamente perseguido.

Un cierto día, uno de los más altos responsables de la RSM quiso salir en la única televisión que existía, porque las privadas y territoriales se habían suprimido, incluidas aquellas que se habían cubierto de vergüenza adulando a todas las sectas de la Divina Izquierda; pero ni así habían logrado sobrevivir. El citado responsable se dirigió a los habitantes (algunos decían que ya no había ciudadanos sino solo súbditos, pero si lo decían en público iban de seguro a la cárcel) para comunicarles orgullosamente una gran noticia: “¡Social-mediterráneos! Hemos acabado con el capitalismo. Ya no hay ricos, ni empresarios, ni autónomos ni demás explotadores. Han desaparecido de nuestro suelo (que, por cierto, cómo se encoge. ¡Me voy a caer!). Ya no hay multinacionales, esas mafias que nos devoraban las entrañas”. Y era verdad. Las multinacionales extranjeras hacía años que habían emigrado buscando suelos más consistentes. Y también las españolas –disimulando, eso sí, de donde procedían, porque proceder de la RSM era una mala recomendación- se habían marchado también.

Decían también que en tiempos aquel país había compartido con otros una moneda común llamada euro, pero desde que llegó la RSM la excluyeron de aquel club. Hubo que inventarse una moneda. Algún despistado propuso una moneda llamada “peseta”, que por lo visto en tiempos remotos había sido la oficial del país, pero el pobre infeliz acabó en la cárcel por recordar tiempos prohibidos, que estaban severamente excluidos de la Memoria Histórica Oficial, la única permitida. Después de mucho cavilar se propuso una moneda llamada “rojilla” que se cambiaba a dos millones de rojillas por cada dólar americano. Pero esto no es seguro porque el cambio oscilaba mucho y ya se preveía que en un par de meses el cambio sería de tres o cuatro millones de rojillas por cada dólar.

El turismo había casi desaparecido, porque también entre los turistas se había corrido la voz de que la RSM era el país de irás pero no volverás, por aquello del encogimiento, que hacía complicado regresar al mundo civilizado. Se habían dado casos de turistas que habían tenido que volver a sus países a nado. Por lo tanto, ya nadie “hacía el agosto”. Los responsables lo tenían claro: La doctrina oficial mantenía que como los habitantes de la RSM no podían viajar al extranjero, ese ahorro compensaba lo que se dejaba de ingresar por los de antes que venían de fuera, que lo único que hacían era ensuciar las playas y hacer el bestia con el llamado “balconing”. Los responsables optaron por el aislamiento que, por cierto, no tenía nada de espléndido.

Los geólogos no se explicaban por qué el territorio de la RSM era cada vez más pequeño, pues estaba comprobado que no tenía que ver nada con el cambio climático, el calentamiento global ni nada semejante, porque el fenómeno de la enanez creciente no se daba en ninguno de los países vecinos. Curiosamente y por causas que nadie conocía, Portugal se había ido desgajando de la RSM y se encontraba aislado en pleno Atlántico. Se constataba, además, que no sólo cada vez se alejaba más de la RSM, como si quisiera evitar el contagio con aquella extraña enfermedad de enanez, sino que se acercaba visiblemente a Inglaterra, algunos decían que para estar más próximo al mercado de sus vinos de Oporto. También se había hecho realidad la profecía de aquel adulador noble francés que había dicho: ¡”Ya no hay Pirineos!”. Efectivamente la cordillera había desaparecido, al menos desde la RSM no se la veía. Algunos decían que los Pirineos se habían hundido en el mar, otros que se habían quedado del lado francés porque los gabachos querían explotar el deporte de la nieve, que se había prohibido en la RSM porque oficialmente se consideraba como un intolerable ocio de ricos.

La propaganda oficial explicaba el problema del encogimiento territorial echándole la culpa a un partido que había mal gobernado al país, cuando todavía no era la RSM y que se había caracterizado por los “recortes”. “Recortaron tanto –decían los intelectuales orgánicos al servicio del poder- que introdujeron el virus del recorte en la propia geología y ahí tenemos el resultado”. Algunos concluían que eso era debido a que la derecha no hace nunca nada “a derechas”. Pero lo decían en voz baja porque esa palabra también estaba en el “índice las palabras prohibidas”. Ni en los hospitales se podía hablar de mano o pierna derecha y se siguió la norma de los matrimonios, progenitor A y progenitor B, y había que decir, por ejemplo: “Me duele el brazo A”. Y el médico solía contestar: “Y el B, ¿cómo lo tiene?” Tardaron algún tiempo en acostumbrarse, pero al final todos se entendían más o menos. Hubo un proyecto de cambiar el sentido en el que circulaban los vehículos, porque no parecía aceptable decir “circule por su derecha” o algo por estilo. Y se hicieron algunas experiencias de circular por la izquierda, pero el espectacular aumento de accidentes y atropellos lo impidió. Pero la explicación oficial ocultó los centenares de muertos a causa de esa experiencia y se centró en que no se podía tampoco circular por la izquierda porque eso era propio de los ingleses que eran unos cerdos capitalistas. “Como a libertad no nos gana nadie que cada uno circule por donde le pete”, fue la conclusión acordada. Por si acaso, dejaron de publicarse estadísticas de accidentes.

El caso es que la histórica y famosa “piel de toro”, como se había denominado a la RSM cuando tenía nombre e identidad propia, era cada vez más pequeña. Se dijo que era una venganza de la naturaleza porque, tiempo atrás, se habían prohibido las corridas de toros, que incluso habían llegado a llamarse “fiesta nacional”. Pero nadie sabía ya qué quería decir “nación”…ni siquiera “fiesta”. Se empezaron suprimiendo las religiosas, porque la RSM era oficialmente pluriatea, porque ni siquiera se quiso hacer oficial el ateísmo. Pero, volviendo a la antigua “piel de toro”, en efecto, ¿qué lógica tenía llamar “piel de toro” a un territorio donde estaban prohibidas las corridas de toros? Aparte de que el toro bravo había desaparecido y si algún ganadero los criaba era severamente castigado. Para que no los mataran en las plazas “de toros” se había decretado matarlos en las mismas dehesas donde se habían criado.

Un historiador viejecito, el único que quedaba de la antigua escuela y que, clandestinamente, explicaba a unos pocos iniciados, la historia de la España anterior a la RSM, les dijo un día que creía tener la solución del problema. Hace muchos siglos aquel territorio había sido conocido como “tierra de conejos” y para aquel viejo sabio la cosa estaba clarísima: “La RSM ha dejado de ser ‘piel de toro’ porque ya no hay toros y está volviendo a sus orígenes conejiles”. Y se atrevía a pronosticar que, seguramente, lo que estaba pasando es que el territorio iba a seguir disminuyendo hasta quedar del tamaño de una piel de conejo. “Y ¿qué hacemos?”, le preguntaron sus asiduos oyentes. El historiador se quedó pensando un buen rato, hizo un gesto de ignorancia, como si estuviera pensando “qué les digo yo a estos” y finalmente habló: “No se me ocurre otra solución: aprended a nadar y echaros al mar. A lo mejor todavía alcanzáis a Portugal antes de que llegue al canal de la Mancha”.

Pero, bromas aparte, lo cierto es que los mapas meteorológicos mostraban un territorio de la RSM cada vez más encogido. Hasta que un día desde el Empíreo un angelote bonachón y curioso que quería saber si iba llover, se quedó pasmado al comprobar que España-él no estaba sometido a las penas de los responsables de la RSM- había desaparecido por completo. Y con él el Servicio Nacional de Meteorología que desde tiempo atrás había cambiado lo de “nacional” por “estatal”, porque un gobierno regaló en exclusiva el primer adjetivo a los separatistas. Francia había ganado una enorme costa mediterránea, que se confundía con el Atlántico, hasta el punto de que su gobierno cambió el nombre de Costa Azul por Costa del Arco Iris, porque allí cabían todos los colores. Portugal seguía deslizándose hacia el norte y los portugueses decidieron que iban a convertirse en un país escandinavo. “Y a ver quién nos tose ahora”.

El angelote bonachón se acordó de pronto que entre la clientela que tenía en aquel INSERSO olímpico estaba el viejo canciller Bismarck y como era un sabihondo recordó que, allá en sus buenos tiempos, Bismarck había dicho: “España es el país más fuerte del mundo, los españoles llevan siglos intentando destruirlo y no lo han conseguido”. Entonces se acercó al canciller, que dormitaba recordando la batalla de Sadowa, y le espetó: “Canciller, se equivocó, los españoles han conseguido, por fin, destruir España”. Y como demostración le enseñó un mapa del boletín meteorológico del que, efectivamente, había desaparecido la RSM, antes España. Bismarck se quedó estupefacto, pero tras varios minutos de reflexión dijo: “No me he equivocado. Es que siempre me citan a medias y omiten la última parte de mi frase”. “¿Cuál es esa última parte, canciller?”, le preguntó el angelote. Y Bismarck contestó: “Es que yo añadí: Salvo que caiga en manos de la Divina Izquierda, en cuyo caso no hay Providencia que la salve”.

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