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TRIBUNA

Lecturas positivas del hecho religioso

Juan José Solozábal
martes 23 de junio de 2015, 20:33h
Leo con gran interés la entrevista que se hace en el último suplemento Babelia del País a la historiadora de las religiones Karen Armstrong por Ricardo de Querol. Veo que la escritora vive en Islington, el barrio londinense donde yo residí en mis tiempos de la London School, y donde había muchos irlandeses, origen que comparte la exreligiosa. Pude cruzarme con ella en alguna ocasión: claro que no puedo imaginármela, después de tantos años. Ahora la veo, en la televisión, en un canal TED al que se nos remite: Es una mujer menuda y viva, con un lenguaje corporal que subraya persuasivamente sus argumentos. Parece la contra imagen de una monja india, creo que teresiana, compañera mía en los estudios de Government, de edad indefinida, impecable en su sari, que emitía una serenidad delicada y de la que desdichadamente he olvidado su nombre.

Armstrong propone una lectura positiva del hecho religioso, que puede resultar extraño a los oídos de muchos occidentales, que consideran la preocupación religiosa, en la estela de Kant, un rasgo de ingenuidad o infantilismo mental. La aportación de las religiones no se produce en el plano intelectual, cuando nos ofrecen las referencias para situarnos en el mundo, que normalmente serán inexactas o escasamente compatibles con la realidad, sino en el práctico o moral, cuando nos dicen cual es el comportamiento correcto que debemos observar en las relaciones con los demás, donde el canon será la utilidad social de esta conducta y su contribución a la consecución de nuestra felicidad. Lo importante es comprender que el mensaje de las religiones sobre el comportamiento debido es en todas ellas positivo. Todas las grandes religiones -cristianismo, islamismo, budismo desde luego- coinciden en proponer un canon de conducta basado en la compasión, de modo que consideremos a nuestros semejantes nuestro prójimo, con el que tenemos un deber de estima, de modo que les tratemos (Golden rule) como nos gustaría ser tratados y no les hagamos lo que no quisiéramos que nos hicieran a nosotros.

Encuentro sugerente el planteamiento de Karen Armstrong de insistir en el plano de la praxis sobre el de la doxa al enfrentarse a las religiones. El plano dogmático es abstruso y moralmente irrelevante, y profundizar en el mismo sólo lleva a la disputa escolástica y el enfrentamiento; lo importante son las consecuencias efectivas de las creencias y aquí las coincidencias son totales, pues todas las grandes religiones tienen al amor, como mensaje esencial de las mismas. Me parece también admirable la reflexión sobre el potencial pacífico de este modo de mirar la pluralidad religiosa. En una de sus charlas, la profesora Armstrong relata el modo en que fue recibida en Pakistán por sus auditorios que no sabían como agradecerle que ella fuese la única persona occidental que les hablase desde la cordialidad, y no desde la sospecha o el desdén con que se suele considerar por los cristianos a los creyentes musulmanes.

Algún aspecto del discurso de Karen Armstrong, me parece más discutible, así cuando se relativiza como factor claramente secundario en la historia el argumento religioso en las confrontaciones bélicas, que descuidaría el valor de la legitimación en la movilización política. Tampoco parece ponderar adecuadamente nuestra autora la imprescindibilidad de la separación de la esfera religiosa de la vida política, de modo que el estado deje de ser concebido como teocracia, cuya justificación se hace en términos religiosos, y no por su contribución a la protección de los derechos y seguridad de los ciudadanos, como se exige en la moderna democracia constitucional.

Esta valoración positiva del hecho religioso me recuerda la posición de Habermas en su trabajo El poder de la religión en la esfera pública, donde recurre al hecho religioso como un elemento de vigorización democrática. Determinadas convicciones de origen religioso, como la fraternidad o la compasión en el sentido que veíamos, pueden enriquecer la interpretación de la parte valorativa de las Constituciones, hablemos de los derechos o del reconocimiento la dignidad como fundamento del orden político, al modo del artículo 10 de nuestra Norma Fundamental. En el plano institucional, de otra parte, la incorporación de nuevos ciudadanos procedentes sobre todo de la inmigración con un compromiso de base religiosa tiene elementos de estimulación para el sistema político nada desdeñables. Habermas, con todo, y aquí aparece un factor de clara diferenciación con la posición de Armstrong, exige que este enriquecimiento religioso respete el laicismo del Estado, que no puede ofrecer una justificación religiosa de sus actos; y que tenga lugar, superado lo que, siguiendo a Rawls llama el deber de traducción, de manera que lo que los creyentes lleven al discurso público ha de ser traducido, esto es, desprendido de sus referencias señaladamente religiosas.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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