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TRIBUNA

Presencia de Tomás Moro

Alejandro San Francisco
martes 23 de junio de 2015, 20:43h
Este 22 de junio la Iglesia Católica recuerda, una vez más, a Santo Tomás Moro. Es una figura que, curiosamente, no ha tenido siempre la atención que merece, si bien debemos reconocer que en las últimas décadas ha sido recordado en España a través de la edición de sus obras, así como la publicación de interesantes biografías, entre ellas la de Álvaro Silva, Tomás Moro. Un hombre para todas las horas (Madrid, Marcial Pons, 2007) y de Andrés Vázquez de Prada, Sir Tomás Moro. Lord Canciller de Inglaterra (Madrid, Rialp, 1999).

Nació en 1478 en Inglaterra, donde recibió una amplia formación intelectual que abarcó la teología y la política, así como lo que sería su profesión de vida: abogado. A pesar de los deseos paternos de que fuera abogado a tiempo completo, el joven Moro buscaba una formación más amplia. Como recuerda Vázquez de Prada, "se aplicó al estudio de la literatura griega y de la filosofía con gran pesar de su padre – hombre, por otra parte, prudente y de buen criterio -, que le privó de ayuda económica para que no los prosiguiera. Y casi llegó a renegar de él viendo que desertaba de su profesión". Con ello los estudios humanísticos consolidaban la del novel abogado, y en ambas áreas destacaría de manera especial.

Así, después escribió distintas obras, como una Historia del Rey Ricardo III o Utopía, el más famoso de sus libros. Sin embargo, no sería ni en el derecho ni en la literatura donde encontraría la fama postrera, sino que ello estaría asociado a sus últimos días y su muerte, en el contexto de los cambios religiosos que experimentaba Europa e Inglaterra en esos años. En 1529 Moro asumió como Canciller de Inglaterra, aunque tenía reservas manifestadas al Rey Enrique VIII en relación a la anulación de su matrimonio con Catalina. El Rey primero respetó esas objeciones, pero la situación variaría con el tiempo. La evolución del régimen político, donde el Rey incluso asumió potestades legislativas en materias de índole eclesiástica, llevaron a la dimisión del Canciller, cuestión que no fue comprendida ni siquiera por su familia.

Las discrepancias no eran de naturaleza política, sino que se insertaban exclusivamente en el ámbito religioso. Se manifestó dispuesto a jurar los derechos de sucesión, pero no cuestiones que pudieran afectar la autoridad del Papa, cuando se formaba una nueva iglesia en Inglaterra, distinta a la Católica Apostólica Romana. Había comenzado la parte final de la vida de Tomás Moro, quien fue apresado y enviado a la Torre de Londres.

Es interesante observar lo que fue esa etapa de preparación para la vida eterna. Así le explicó a su hija Margarita su posición en el problema político-religioso: "Ya te he dicho que si en esta cuestión me fuera posible dar contento a su Majestad el Rey, sin ofender con ello a Dios, no habría hombre más gozoso de hacer juramento que yo". Sin embargo, ya no era posible, y Moro optó por Dios y su Iglesia, con lo cual vendría su juicio -en el cual Tomás hizo su propia defensa- y fue acusado de traidor.

Todavía alcanzó a escribir su famoso Diálogo de la fortaleza contra la tribulación, que C. S. Lewis consideraba la más noble de las obras de Moro, que "debería estar en toda estantería de libros". A este trabajo habría que añadir La agonía de Cristo, de gran profundidad religiosa y que revela su unión con quien amó en las horas finales de su existencia. No podemos dejar de mencionar que también escribió valiosas cartas, agrupadas en Un hombre solo. Cartas desde la Torre (Madrid, Rialp, 1999). Ahí se incluyen también una serie de oraciones e instrucciones. En una de ellas señala: "Quien salve su vida de manera que ofenda a Dios, muy pronto llegará a odiarla", con claro sentido autobiográfico. Lo decía sin jactancia, convencido de que "no somos mejores que hombres mediocres, recemos siempre para que los demás alcancen el arrepentimiento misericordioso que nuestra propia conciencia nos dice que nosotros mismos necesitamos". Por eso, se animaba a "pedir perdón antes de que venga el Juez, para tener siempre presente la pasión que Cristo sufrió por mí".

Finalmente fue ejecutado en 1535. Al "hombre de todas las horas" le había llegado su propia hora definitiva. Después de ser decapitado, su hija logró recuperar su cabeza, y la noticia de su muerte se expandió rápidamente. Erasmo escribió que había sido el "mejor y más santo de los hombres que vivieron en Inglaterra". Fue canonizado en 1933 y su fiesta se celebra cada 22 de junio.

Juan Pablo II, el año 2000, presentó una Carta Apostólica en la cual se proclamaba a Santo Tomás Moro como "Patrono de los Gobernantes y de los Políticos". Así lo explicaba en esa ocasión:

"Son muchas las razones a favor de la proclamación de Santo Tomás Moro como Patrono de los Gobernantes y de los Políticos. Entre éstas, la necesidad que siente el mundo político y administrativo de modelos creíbles, que muestren el camino de la verdad en un momento histórico en el que se multiplican arduos desafíos y graves responsabilidades. En efecto, fenómenos económicos muy innovadores están hoy modificando las estructuras sociales. Por otra parte, las conquistas científicas en el sector de las biotecnologías agudizan la exigencia de defender la vida humana en todas sus expresiones, mientras las promesas de una nueva sociedad, propuestas con buenos resultados a una opinión pública desorientada, exigen con urgencia opciones políticas claras en favor de la familia, de los jóvenes, de los ancianos y de los marginados. En este contexto es útil volver al ejemplo de Santo Tomás Moro que se distinguió por la constante fidelidad a las autoridades y a las instituciones legítimas, precisamente porque en las mismas quería servir no al poder, sino al supremo ideal de la justicia".
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