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TRIBUNA

El chantaje griego

lunes 29 de junio de 2015, 10:37h
La precipitada convocatoria de un referéndum por parte del primer ministro griego, Alexis Tsipras, apenas regresado de su última reunión en Bruselas con la última –y generosa- oferta de “las instituciones” –como ahora se llama a lo que siempre se conoció como “la troika”, palabra que a los responsables griegos parece que les da urticaria- tiene todas las características de un chantaje del peor estilo. El ofrecimiento de aplazar hasta noviembre las obligaciones griegas de devolver los créditos que vencían este mismo mes de junio, más la oferta de una nueva entrega de casi 2.000 millones de euros, a cambio, desde luego, de que de una vez por todas, se inicien en el país heleno unas necesarias reformas, básicas para sanear su caótica economía, como son la revisión de las cuantías de algunas pensiones, la programación del fin de las escandalosas pre-jubilaciones y una matizada subida del IVA, era el plan con que Tsipras volvía a Atenas y que, con toda evidencia, no está dispuesto a cumplir. Por el contrario, ha vuelto a poner en marcha la televisión pública –un instrumento de propaganda mucho más que de información- y quiere volver a meter en la sobredimensionada función pública a los varios miles que fueron dados de baja por el gobierno anterior, en un esfuerzo de racionalización y limitación del gasto público. Además, ha anulado las privatizaciones que tanto habían contribuido a cambiar el aspecto y las perspectivas económicas.

Las palabras con las que Tsipras anunció en la madrugada del sábado la convocatoria del referéndum reunían todas las entonaciones del más burdo victimismo: Las “instituciones” de Bruselas son opresoras de los pobres griegos. Sin decirlo expresamente, su discurso era una clara invitación a que los electores griegos digan “no”, cuando vayan a las urnas el próximo domingo día 5. Así pretende que caiga sobre la responsabilidad de la Comisión Europea, del Banco Central Europeo y del Fondo Monetario Internacional la “culpa” de la cada vez más probable salida de Grecia de la zona euro. Pero lo cierto es que lo que no tienen los dirigentes griegos es ninguna razón para quejarse. Con ningún otro país de la UE, tanto las instituciones comunitarias como los propios países miembros, han sido más generosos y solidarios que con Grecia. Pero también es verdad que ningún otro país ha hecho más trampas, ni ha falseado más las estadísticas, haciendo creer a los ingenuos que su economía tenía unas bases sólidas, de las que carecía completamente. Salvo el último Gobierno de Samarás, que se había tomado, por fin, la situación en serio y había logrado que la economía iniciase un modesto crecimiento, todos los anteriores han sido responsables del sistemático engaño y de los patentes abusos que han caracterizado a la economía de aquel país. Y esto se sabe desde hace más de treinta años.

Empezaban las cosas a ir bien, pero los electores griegos, en enero, decidieron creerse las engañosas e imposibles promesas de los comunistas de Syriza que, una vez en el poder, abandonaron despectivamente la senda de la sensatez, cayendo en el más bochornoso y abyecto populismo. Con una intolerable arrogancia, rayana en lo chulesco, rechazaron todas las advertencias que se les hicieron en Bruselas, Berlín y en todas las capitales de los Estados miembros visitadas por su ministro de Economía, Varufakis, que con su peculiar estilo, puso en contra a todos o casi todos sus interlocutores. Hasta Francia e Italia, cuyos dos gobiernos acogieron con más simpatía las pretensiones griegas, han acabado hartos de la petulancia helena. El mensaje que recibían Tsipras y Varufakis era muy simple. Estamos dispuestos a flexibilizar al máximo las condiciones y los plazos, pero las reglas y los compromisos son obligatorios. Otros países que han sido rescatados, como Irlanda o Portugal, han cumplido esas reglas y están en vías de superación de la situación. Y España ha hecho lo mismo con la ayuda recibida para el saneamiento de sus cajas de ahorro.

Pero los griegos se sienten de otra pasta y, sobre todo desde que llegó este gobierno populista-comunista, quieren seguir recibiendo sin hacer ningún esfuerzo a cambio. Esta situación tampoco es nueva. Ahora se dice mucho que la entrada de Grecia en el euro fue un error. Y claro que lo fue. Pero hay que ir todavía más atrás. El primer gran error fue su entrada en las Comunidades Europeas en 1981, gracias al padrinazgo del entonces Presidente Giscard d’Estaing, íntimo amigo de Karamanlis, que vivió en París hasta que cayó la dictadura de los coroneles en 1974. Pagamos el pato España y Portugal, que tenían solicitado su ingreso desde 1977. Como dijo el entonces ministro español de Exteriores, Oreja, “Giscard se portó muy mal con España”. Efectivamente, sabedor de que la agricultura mediterránea española preocupaba a sus electores del campo, bloqueó nuestro ingreso y nos hizo esperar, además de los primeros cuatro años (1977-1981), otros cinco años, hasta 1986, aunque el Acta de Adhesión se firmó hace ahora justamente treinta años, el 12 de junio de 1985. Esto no impidió que los camiones españoles que entraban en Francia con frutas y verduras fueran vandálicamente asaltados y su carga destruida. Pero, amistades aparte, a Francia le interesaba Grecia, uno de sus mejores clientes en compra de armas, que no hay que olvidar se gasta en su presupuesto de defensa, con relación a su PIB, casi cuatro veces lo que España, con relación al suyo.

Todo el mundo sabía que Grecia no estaba preparada para entrar en las Comunidades Europeas en 1981, y así se constató en la prensa internacional, pero los franceses habían puesto de moda como “niña bonita” a Grecia, que, desembarazada de los coroneles volvía a la democracia y, sobre todo, no “amenazaba” a su agricultura. Hay quien dice que Giscard se quiso vengar de España porque su pretensión de convertirse en una especie de patrono/protector de la nueva democracia española fue rechazada por el Rey Juan Carlos y el Presidente Suárez, que no querían tutelas ajenas.

Si Grecia no debió entrar en lo que hoy es la UE -por lo menos en aquel momento- menos aún debió ingresar en la zona euro, adoptando la moneda única. Recuerdo muy bien los comentarios de la prensa internacional, que no entendían como la enteca economía griega podía compartir moneda con, por ejemplo, la dinámica Alemania que, por otra parte tanto se ha volcado con Grecia, aunque Tsipras quiere ahora que le paguen por la ocupación nazi en la II Guerra Mundial, deudas que, según Berlín, están totalmente saldadas. Da pena leer los “buenistas” y casi llorosos mensajes que se leen en las redes sociales y en las pantallas de televisión: Sin tener idea de nada e ignorando todos los datos de la situación, muchos se ponen a favor de los pobres griegos en su titánica lucha contra “los perversos bancos”. En su ignorancia no se han enterado que quien ha prestado dinero a los griegos son los Estados miembros de la UE, es decir nosotros, los contribuyentes de esos Estados. Y que la deuda griega no es el problema pues no tienen que empezar a devolverla hasta 2030 y los intereses son insignificantes, ¡Qué deplorable muestra de cómo está estructurada la opinión pública española! El líder del populista-neocomunista Podemos, en defensa de sus conmilitones de Syriza, ha ido todavía más lejos y ha definido esta última etapa de la crisis, causada solo por la irresponsabilidad/caradura de Tsipras y sus camaradas, en “operación mafiosa de terrorismo financiero”. ¿Habrá todavía quién piense que estas gentes pueden aportar algo positivo a la democracia española?

La presencia de Grecia en el euro es tan escandalosa y tan disfuncional que Giscard, su antiguo protector, en unas declaraciones que ha hecho el pasado mes de febrero al diario económico francés Les Echos, ha afirmado que “la entrada de Grecia en el euro en 2001 fue un error evidente” y propicia que salga cuanto antes de la eurozona, vuelva a una moneda devaluable y solo después de que, tras esa devaluación, estuviera la economía más saneada, se podría considerar “su eventual regreso”. Parece como si el ex-Presidente francés se arrepintiera de su inoportuno padrinazgo y quisiera remediarlo, proponiendo una solución que cada vez parece más probable, sobre todo después de convocado el referéndum. Obama también está preocupado y pide a Merkel que Grecia no salga del euro: ¿Por qué no se hace cargo de sus deudas? O, mejor aún, ¿por qué no hace de Grecia el 51º estado de la Unión?

Pero con ser graves todos estos aspectos económicos, más grave aún es la vertiente política de esta situación. Aunque era impensable hace sólo unos pocos años, un país miembro de la UE –que antes no fue nunca comunista, aunque sí tuvo una guerra civil contra el comunismo, ganada por la democracia gracias a la ayuda americana- ha adoptado el comunismo, tras las elecciones del pasado mes de enero. (Los pueblos no se equivocan nunca, siguen diciendo los biempensantes). El problema de Grecia no es, con ser intolerable, que ese país esté tomando el pelo a toda la UE, pues explota hábilmente el miedo a las desconocidas consecuencias que tendría la salida de Grecia de la zona euro. Mucho más grave es que el Gobierno comunista de Grecia –creo que ahí sobra el prefijo “neo”- sigue en la UE, aunque sus fundamentos ideológicos son total y absolutamente incompatibles con los principios y valores en que se basa el proceso de integración europea. A la tradicional proclividad para el incumplimiento que tiene Grecia desde que ingresó en 1981 se ha añadido ahora la ideología comunista del Gobierno griego. Todo ello reúne una enorme capacidad explosiva y el más elemental realismo nos hace pensar que, en algún momento futuro, se podrá producir una catástrofe. Mientras Grecia siga en la eurozona, será como un caballo de Troya, que pondrá en peligro a la propia UE. Con la provocadora convocatoria del referéndum para el día 5 el Grexit parece ahora más cercano que antes. Los griegos clásicos –que tienen poco que ver con los de ahora- idearon el silogismo: A partir de ciertas proposiciones se deduce necesariamente una necesaria conclusión. Las premisas del actual silogismo griego son bien conocidas, su conclusión parece cada vez más próxima e inevitable.
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