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PERIODISTA

Ha muerto Zabludovsky

sábado 04 de julio de 2015, 10:06h
Ha muerto Zabludovsky
El periodista Jacobo Zabludovsky falleció el pasado 2 de julio a los 87 años, 70 de ellos dedicados a la profesión.
El 2 de julio de 2015, con 87 años a cuestas y 70 años dedicado al periodismo –y aún en activo– se fue Jacobo Zabludovsky. Polémico y entregado a su oficio, como lo llamaba, fue referente obligado para tirios y troyanos.

Cercano al poder político priista en México, se lo consideró oficialista por tal razón, no obstante que fue un pionero de la televisión mexicana (primera en habla española, 1950) y de los informativos televisivos, así como de las transmisiones vía microondas; que igual fundó el primer canal de noticias en español por televisión las veinticuatro horas del día, el sistema ECO (1988-2001), con presencia en los cinco continentes, anticipando el siglo XXI en las comunicaciones en nuestro idioma, cuando no existía internet como lo conocemos ni medio similar. Es un referente obligado tanto para comprender la estrecha relación del poder público y los medios masivos de comunicación en México durante la segunda mitad del siglo XX, como del periodismo iberoamericano. El sello Zabludovsky es ampliamente reconocido y reconocible.

De trayectoria y un palmarés inigualables por dónde se le busque, como millones lo conocí desde temprana edad, pues mis padres seguían los noticieros. Sus anteojos prominentes y su sobriedad eran inconfundibles. Fue testigo en primera persona de grandes sucesos del mundo de su época, que narró a su estilo. Tuvo frente a sí a medio siglo XX. No es fácil decirlo y menos aún, vivirlo. Y eso no siempre provino de su nexo con el poder. No. Eso también provino de su olfato e intuición periodística, innegables. Se tiene el oficio o no se tiene. Alcanzó la edad para ser legendario en su actividad, teniendo la extraña peculiaridad de estar siempre allí, en donde era menester, sin dejar de ser enigmático, controversial y apegado inclusive, a sus raíces judaicas. Hará falta hasta para disentir de él o para valorar sus inconfundibles maneras. El vacío es perceptible.

Desde luego que son cuestionables ciertos momentos de su trayectoria, silencios que acaso no debieron ser, que tal vez no podían dejar de ser, como su parcialidad política que lo hizo identificarlo con cierta etapa álgida y con el PRI –señalado más como su vocero y de los gobiernos emanados de sus siglas– por su oficialismo noticioso y descrédito, contrastantes con su imagen trascedente. Y no sin razón, si bien lo fue en un México autoritario de muy pocas alternativas. Y como etapas diversas en la vida, etapas son y pasan, como le sucedió a él también, pese a que siempre se identificó con el PRI. No menos cierta era su proclividad con Estados Unidos y con Israel y todo ello marcó sus tendencias y afinidades.

Frente a eso quedan pues, sus crónicas y sus entrevistas, su visión y su labor periodística, asumiéndose y transformándose conformando un todo. Empero, no veo en todo ello nada menos polémico frente a otros grandes comunicadores, jamás exentos de estar en el ojo del huracán. Raro será el que no despierte pasiones y sea controversial por angas o mangas, que razones nunca faltarán. No recuerdo un solo caso. Jacobo Zabludovsky pertenece también a ese grupo.

No obstante que en los últimos años decía que su agenda telefónica estaba más lleva de muertos que de amigos vivos, siendo un referente para bien y para mal, por años resultó casi imposible no sintonizarlo por las noches, así fuera para dirigirse uno en sentido contrario a su dicho, siendo su voz parte de una velada. Era infaltable en los hogares mexicanos y aun después en radio, se posicionó bastante bien en el cuadrante radiofónico, sin ser el más informador de los informativos, si es que nos atenemos a los contenidos. Siempre tuvo algo. Quizá tenía la jiribilla múltiple que hoy no es frecuente en muchos comunicadores mexicanos, que se echará de menos, porque se traduce en tener una visión de mundo –frente a nuestro exceso de mirarnos el ombligo– no limitándose a los temas locales, para comprender mejor las realidades expuestas y provocando a cada paso, así fuera para buscar mejores fuentes de información a consideración del oyente; enseñando que no podía uno quedarse con los meros espacios comunes. Entre los últimos entrevistados estuvo don José Varela Ortega, editor de El Imparcial, apenas el pasado 22 de junio, a quien oí por radio en Ciudad de México. Justo fue su último programa en directo, así que don José ha visto la Historia, posiblemente sin saberlo.

Ineludible y multipremiado dentro y fuera de México, abarcando todas las facetas posibles del periodismo, Zabludovsky contó el triunfo de la Revolución Cubana, entrando con Fidel a La Habana en el 59, los funerales de Kennedy y de Churchill, la llegada del hombre a la Luna, la caída de Nixon y retransmitió juegos olímpicos como los de Los Ángeles’84 y su premiada crónica del terremoto de 1985 en México. Todo ello no se le puede ningunear, a la par de entrevistar a cientos de personajes emblemáticos de todos los ámbitos, como pocos que podrían presumir de haberlo conseguido, incluida aquella maratónica entrevista con Dalí (a falta de una con Picasso, que no le abrió la puerta de su casa) o efectuando apenas furtivas preguntas a Juan Pablo II o a Ronald Reagan o sus charlas extensas como la sostenida recién con José Mujica, el ex presidente uruguayo, y las sesiones que mantuvo con todos los presidentes priistas de México. Se le describe entregado al trabajo, infatigable al frente de sus noticieros “24 Horas” y de “1 a 3”.

Siempre se refirió a don Luis María Anson con gran deferencia y cercanía. Mismo caso para el reconocido periodista español Joaquín Peláez. Resulta paradójico que dedicado a los medios masivos de comunicación, no usara Facebook ni Twitter. Más no perdía su capacidad de asombro. Guió equipos de periodistas que dentro y fuera de México perseguían la nota y estaban al día, olfateando la noticia. Eso tampoco se consigue con facilidad. Cuando uno incursiona en estas lides de expresar una opinión en un espacio periodístico, solo puede reconocer que a Zabludovsky siempre habrá que aprenderle algunas cosas: a saber qué fuentes buscar, para qué y qué esperar de ellas; a identificar qué información podía ser de gran utilidad; a recordar que no se puede retar la inteligencia del público y más vale estar con ella, mas defender en ello nuestra postura; a saberse expresar. No le recuerdo un titubeo, una permanente muletilla de pausa, un balbuceo, una constante y cortante pausa que puede exasperar al oído y que lamentablemente resulta hoy tan frecuente en entre los comunicadores jóvenes. Se fue y nos queda el recuerdo.

Y como decía Zabludovsky para cerrar sus entrevistas más cotidianas: “no le quito más su tiempo”. Y yo le agradezco a usted como siempre, la atención prestada a esta columna.
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