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TRIBUNA

El Papa y la Leyenda Negra

lunes 13 de julio de 2015, 20:03h
Los medios de información -que tan ampliamente han cubierto el viaje del papa Francisco a tres países iberoamericanos- nos han transmitido, puestas en su boca, dos breves frases sobre la conquista por parte de España de aquellos inmensos territorios que, en mi opinión, son totalmente decepcionantes, en cuanto difunden, condensados, los rancios y desacreditados tópicos que constituyen la base argumental de la Leyenda Negra. Nunca ha habido una campaña de desinformación de ámbito mundial tan exitosa y duradera como la Leyenda Negra anti-española, según reconocen tantos y tantos historiadores, sobre todo extranjeros. Porque, como también es bien sabido, el masoquismo nacional –que parece ser una de las señas de identidad del carácter nacional- no sólo ha batallado apenas para desmentir los infundios en que se basa esa oscura narrativa sino que, muy a menudo, ha contribuido con entusiasmo escasamente disimulado a su acreditación y difusión.

La primera frase a que me refiero la pronunció el papa en la misa celebrada en el parque del Bicentenario de Quito y, literalmente, era esta: “El bicentenario de aquel grito de independencia de Hispanoamérica, nacido de la conciencia de falta de libertades, de estar exprimidos y saqueados”. En la segunda, en la boliviana Santa Cruz de la Sierra, tras pedir perdón por las ofensas de la propia Iglesia, lo extendió a los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América. (No entrecomillo porque en el periódico del que extraigo la cita no figuraban comillas). Aunque añadió que “es justo recordar a tantos sacerdotes y obispos que se opusieron a la fuerza de la espada con la fuerza de la Cruz”. Con todo, se quedó corto el papa, porque no fueron sólo “sacerdotes y obispos” los que se opusieron a los desmanes de algunos conquistadores, sino también otros muchos, personas reales, como Isabel la Católica o Carlos I, e incontables escritores y pensadores, clérigos y laicos, que dedicaron innumerables debates a la conquista de América y a los “justos títulos” que pudieran legitimar la presencia española en aquellas tierras. Una preocupación por los fundamentos morales, legales, filosóficos y teológicos de aquella formidable epopeya que no se dio en ningún otro país europeo. Repito en NINGÚN OTRO.

Bastaría con que el papa se hubiera informado de los estudios sobre la Leyenda Negra y cito el más reciente: el libro de ese título del historiador francés Joseph Pérez, publicado en 2009 y traducido al español al año siguiente. Explica muy bien Pérez los orígenes de la Leyenda Negra que, en buena medida parte de la llamada Apología de Guillermo de Orange publicada en 1580 –según el cual “los españoles causaron una muerte miserable a veinte millones de personas”- y que ya en las páginas iniciales, como buena apología, se le considera al de Orange “digno de alabanza inmortal por haberse atrevido a oponerse a su propia nación tan cruel y bárbara”. (Recordemos que en aquella fecha los actuales Países Bajos no habían conseguido todavía la plena independencia y el de Orange era, por lo tanto, súbdito del rey de España, a la sazón Felipe II). La nómina de traidores no ha sido nunca escasa en España.

Todos los escritores antiespañoles se basaban en el famoso libro de Fray Bartolomé de las Casas, un dominico que, quizás con una buena intención que no todos admiten, denunció los abusos de los primeros colonizadores, pero elevando la anécdota a categoría y facilitando munición dialéctica a los numerosos enemigos del más grande imperio del momento. Hasta Voltaire, poco sospechoso de simpatía por España o por la Iglesia, pone en duda la amplitud de las matanzas atribuidas a los españoles y considera el relato de la Las Casas “exagerado en más de un caso”. Pérez cita también a un autor inglés, William Robertson, que afirma que los indios eran hombres crueles, supersticiosos, poco cultivados, incluso los de los grandes imperios azteca e inca y reconoce que hubo abusos por parte de los conquistadores, pero añade que la Iglesia y el Estado defendieron constantemente a las poblaciones indígenas. Es decir no solo “obispos y sacerdotes” sino las propias instituciones del Estado s ocuparon de la suerte de los indios. Otro clérigo, el abate Cornelius de Pauwe, negaba que Las Casas fuera digno de fe y escribió que era un ambicioso y un intrigante, que exageró el número de víctimas de la Conquista.

Se dieron, inicialmente, casos de esclavitud entre los indígenas derrotados en combate. Pero ya en 1542 Carlos I promulgó las primeras Leyes de Indias que prohibían tajantemente reducir a esclavitud a los indios, así como el trabajo forzoso. Y el mismo Carlos, en 1550, organizó una comisión, que suscitó la llamada “controversia de Valladolid” en la que se debatió si un pueblo que se considera superior podía imponer su tutela, aun provisionalmente, a un pueblo al que estima inferior, así como si se podía considerar como inferiores a los indios. Repito que en ningún otro pueblo europeo se suscitaron debates de este tipo ni se mezclaron con aquellos pueblos, como desde el primer momento, los españoles lo hicieron con los indígenas.

Francisco de Vitoria, a la vista de los problemas éticos y jurídicos que suscitaban las Indias, elabora el primer “derecho de gentes”, que fundamenta los derechos de los indios desde el punto de vista internacional. Un profesor de mi vieja y querida Universidad de Salamanca me contó –sin que lo haya podido constatar posteriormente-que el propio Carlos I, preocupado por sus responsabilidades como “rey de España y de sus Indias” acudió en ocasiones, bien de madrugada, a escuchar las lecciones que impartía el sabio dominico en el salmantino convento de San Esteban.

Con sus frases, el papa Francisco acepta de hecho y sin matizar todas las falsedades de la Leyenda Negra. Y o no está bien informado, lo cual es grave en el obispo de Roma, o ha preferido sumarse al indigenismo de su anfitrión Evo Morales que es una versión sesgada y tergiversada de la Conquista, que se puede considerar como un elemento más de la Leyenda Negra. Morales, apenas aterrizado el papa, le colgó del cuello una “chuspa”, la bolsa de tela en la que los indios llevan las hojas de coca. Tampoco tiene mucho sentido que su séquito (porque los papas tienen y deben tener séquito) no impidiera que se le entregara ese extraño crucifijo soldado a la hoz y el martillo, un símbolo de la disparatada y violenta teología de la liberación, con la que en algún momento se ha pretendido relacionar al actual papa. No acertó, desde luego, el portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, cuando, contra toda evidencia, presentó a discutido crucifijo-hoz-martillado no como “una interpretación marxista de la religión sino un diálogo abierto con otros que estaban buscando justicia y liberación”. Y no es excusa que perteneciera o fuera copia del de un pobre jesuita español asesinado en 1980 por la dictadura y él sí, por ese dato, más próximo a la teología de la liberación.

Esta actitud del papa también ha dado pie para que algunos den por segura su escasa simpatía por España. Y no acaban de entender que no haya podido encontrar en su agenda un par de días para venir a España, con motivo del centenario de Santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia y figura cumbre en la historia de la Iglesia, pero también en la de España. Sobre todo porque, según me aseguran fuentes que me merecen toda credibilidad, estaba esa visita muy concertada y decidida. Hasta que se ha cancelado sin explicaciones conocidas.

Está muy bien que el papa se interese por las iglesias de aquel continente. Más discutible es la aceptación de las formas de culto propias de los “pentecostales” u otras confesiones protestantes que aporrean toda clase de instrumentos durante las ceremonias religiosas, cantan, elevan los brazos al cielo y hasta se someten a actos de “curación por la fe”. Es cierto que esas sectas o confesiones están haciendo prosélitos entre los católicos, pero si la Iglesia solo sabe imitarlos, es muy posible que sean muchos los que prefieran el original a la copia. Pienso, además, que si la Iglesia, que ha llegado a ser lo que es en Europa y aquí está su centro, el Vaticano, se olvida del continente europeo o lo da por perdido, puede tener un futuro complicado. Por eso me suscita una gran admiración el anterior papa Benedicto XVI, que tuvo siempre una conciencia muy clara de lo que significa Europa para la Iglesia, como queda meridianamente claro en sus escritos. De la “fogosa condena del capitalismo” –como la ha titulado la prensa internacional- que el papa ha hecho durante su visita, especialmente en la etapa de Bolivia habría que hablar más despacio.
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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    420 | pontevedresa - 13/07/2015 @ 23:46:27 (GMT+1)
    Valiente artículo el suyo bien razonado y argumentado. Creo que ni siquiera un Papa puede tener un conocimiento exacto de la historia, y él bien sabe que utilizando la leyenda negra contra España, alagaba a sus interlocutores. Esos que ahora estamos acogiendo por cientos de miles a su ciudadanos en nuestro país en el que no sobran puestos de trabajo. Poco prudente el Papa en esta ocasión, pero todos sabemos que no habla nunca ex-cátedra y a veces está acertado y otras no tanto.

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