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ÓPERA PRIMA DE AMIN DORA

Ghadi, Amélie a la libanesa

viernes 31 de julio de 2015, 09:07h
Ghadi, Amélie a la libanesa
Llega a los cines españoles la película que Líbano presentó como candidata a los Óscar, Ghadi, ópera prima del cineasta Amin Dora, conocido por haber realizado la primera serie árabe para Internet. Se trata de una comedia dramática y costumbrista que evoca a Wes Andersen y Amélie. Con todos los ingredientes para ser brillante, peca de algunos 'peros' importantes.

GHADI

Director: Amin Dora
País: Líbano
Guión: Georges Khabbaz
Reparto: Georges Khabbaz, Lara Rain, Emmanuel Khairallah, Camille Salameh.
Sinopsis: En un pequeño barrio de un tradicional pueblo costero libanés, Leba, un profesor de música muy querido, se casa con Lara su novia de toda la vida. Después de tener dos bonitas hijas, Yara y Sarah, nace su hijo Ghadi, para alegría de su familia, amigos y compañeros de trabajo. Ghadi nace con Síndrome de Down y pasa la mayor parte del tiempo en la ventana de su casa emitiendo fuertes sonidos que intentan imitar los cantos de su padre. Como no comprenden este síndrome, y además tienen que sufrir los gritos, los vecinos empiezan a considerar al niño como un demonio y deciden confabularse para echarle del pueblo. Leba no quiere enviar a su hijo a una institución lejos de casa, así que, con la ayuda de sus amigos, inventan una fórmula para convencer a los vecinos y que cambien de idea. La solución es conmovedora, genial y liberadora.

La carta de presentación del libanés Amin Dora, la comedia dramática costumbrista Ghadi, nos dice que habrá que seguir de cerca la trayectoria de un cineasta que ha logrado el primer y fundamental paso para visibilizar una de las cientos, miles, de cinematografías escondidas a lo largo y ancho del mundo. La ópera prima del realizador retrata una parte de la idiosincrasia del Líbano a través de todo el componente local que puede tener un barrio tradicional del país mediterráneo para, al mismo tiempo, aludir a sentimientos, cualidades y rincones universales, radicados en la esencia misma del ser humano: el amor, la fe, el miedo, la necesidad de creer.

Ghadi sitúa al espectador en un pueblo costero libanés para acercarlo a la vida de Leba, profesor de música en la escuela del mismo barrio en el que nació, se crió y formó una familia. La llegada de su tercer descendiente trae una buena noticia y una mala. La buena: es un varón, el ansiado niño en una sociedad en la que la pervivencia del apellido familiar es sagrada. La mala: tiene síndrome de Down, la diferencia en una sociedad acostumbrada a la máxima rutina del mismo puñado de vecinos de siempre. Ante las reticencias la irritabilidad creciente de quienes le rodean, Leba urde un plan que para que acepten a Ghadi: hacerles creer que es un ángel capaz de castigar sus pecados y cumplir sus deseos.

Dora pone toda la carne en el asador, escogiendo los ingredientes más adecuados en tono y técnica para la emotividad y el aura de cuento que exige la historia. El mayor problema, que termina desmereciendo el conjunto y pone ‘peros’ inevitables a lo que podía haber sido un debut brillante, es una repetición de fórmulas a lo largo de toda la película que ralentiza el ritmo y un metraje que peca de exceso.

Ghadi arranca con reminiscencias a Wes Anderson y a la Amélie de Jean-Pierre Jeunet: planos forzados que centran toda la atención en los personajes, una voz en off que presenta el contexto y sus protagonistas y luz, color y música como elementos que buscan la emoción más que el realismo. Y es un inicio que promete. Sin embargo, la maquinaria se desengrasa según van pasando los minutos. En primer lugar, el prólogo es excesivo: nos cuentan más sobre Leba y su contexto de lo que necesitamos saber para entender la historia. Por otro lado, el recurso de la voz en off, útil, personal e interesante cuando se utiliza con inteligencia, se exprime sin pudor; la fórmula conduce la película de principio a fin, sin apenas espacio para la acción y los diálogos, apartando poco a poco la sensación amable del principio.

Por último, la crítica social que parece rezumar del fondo de una bonita historia, también se diluye. Ocurre, por ejemplo, con un ligero discurso, si no feminista, sí en contra de la sociedad patriarcal que se intuye en el arranque y que termina sepultado por unos personajes femeninos sin demasiada garra y una acción que es, a la postre, cosa de hombres. También se relaja una mirada a priori incisiva sobre la tradición cuando supone un obstáculo para el progreso, cuando es sinónimo de prejuicio, y sobre la naturaleza ‘pecadora’ del hombre, que sólo corrige su conducta bajo amenaza de un castigo incontrolable y externo. Hay también una línea antiabortista que el director toca muy de refilón, sin ganas de meterse en un jardín espinoso.

Ghadi no es una mala película. La pintoresca de sus personajes y de su ambientación y su discurso pro diferencia la hacen conmovedora y la magia de su protagonista, Leba (interpretado por Georges Khabbaz), regala algunos momentos memorables. El problema, y es cierto que en la última escena Dora consigue levantar la película apurando los toques cómicos y rozando el surrealismo, es que tenía todo los ingredientes para ser una cinta de sobresaliente y es una lástima que se quede a medio camino.
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