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TRIBUNA

Irazoki, los hombres intermitentes (II)

La poesía contiene más verdad que el dato biográfico. Lo esencial en un escritor no son los hechos, sino las palabras, pero las palabras devienen mero artificio, cuando no están íntimamente concertadas con el alma. Francisco Javier Irazoki escribe con el alma, con un corazón limpio y generoso que se desborda en cada página, transmitiendo alegría, ternura, fraternidad. En Los hombres intermitentes (2006), Irazoki enlaza una serie de estampas que reproducen el curso de su vida. Todo empieza en Lesaka, un municipio del norte de Navarra. Situado cerca de la frontera francesa, su paisaje es una versión del paraíso, pero no de un paraíso imaginario, sobrenatural, sino físico, real, humano. Hijo de una familia campesina, con un caserío en la pendiente de un monte, Irazoki creció entre árboles, animales y prados. El paisaje celebraba la vida y mantenía a raya las estridencias de las grandes aglomeraciones urbanas. Quizás por esa razón el libro se abre con un autorretrato que parece un eco de una infancia entre arboledas umbrías: “Lo mejor de mi cara es la lechuza. Vive impasible, subida a unas zarzas blancas”. Desde la primera página, se invoca el amor: “…las mujeres me consolaron al oír su graznido lúgubre cuando volaba”.

El paraíso no excluye lo trágico. El poeta habla de un hermano muerto en el seno materno. No sé si es un hecho real, pero Irazoki introduce con una fina sensibilidad la irrupción de la muerte, que evidencia la dolorosa precariedad del existir: “Los otros niños crecieron descubriendo aventuras. Para mí, crecer fue sentir el paso del tiempo al escuchar los mensajes que un muerto me enviaba desde sus frutos”. La muerte afecta a lo más hermoso y querido, a lo más frágil y delicado. El poeta intenta resucitar a los tordos y petirrojos que se colaban en su caserío, buscando algo de comida en los días de invierno. Acerca sus cuerpos extenuados y ateridos al horno de una cocina de leña. Los árboles que crepitan en el fuego se comportan como seres vivos, agradeciendo “con el calor los cantos que aliviaron su vejez”. Al volver de noche de la escuela, que se encontraba a más de tres kilómetros de distancia, a veces se cruzaba con “caballos perdidos que se alarmaban con mi presencia móvil”. En ese entorno, aún no existía el odio que sembraría el delirio nacionalista: “Soy de esos vascos a los que, en su infancia, el cuartel de la Guardia Civil no les infundía miedo sino pena”. El poeta relata que los agentes penetraban tranquilamente en los caseríos, despojándose de sus armas, mientras las familias les ofrecían café y dulces. Sus padres “les invitaban a arrancar los frutos de los árboles”, cuando llegaba el verano. “A mí –escribe- me gustaba imaginarlos ladrones de cerezas”. Contrabandistas y guardias convivían con relativa tolerancia, compartiendo, “por turnos caballerosamente respetados, el uso nocturno de una borda cercana al caserío”. En su adolescencia, el poeta se adentró en Marx, animado por los versos de Blas de Otero y César Vallejo. Eran libros prohibidos, pero se los mostró a los guardias que calentaban su desayuno en la cocina de su hogar: “Cómo desconfiar de unos hombres cuyo deje andaluz o sequedad extremeña añadía acentos tan gratos al diálogo”. Desgraciadamente, ese ambiente de ensueño se disipó con las aguas negras del nacionalismo. Los idealistas que iban a cambiar el mundo se revelaron como unos cobardes sin entrañas y los guardias respondieron con tosquedad. El poeta fue humillado en un control por unos agentes ligeramente ebrios: “Desde entonces, caminé con el presentimiento de ser odiado por los árboles anochecidos”.

Luego, llegó la áspera rutina de un internado de curas en Oñate, donde Irazoki sufrió una caída que no recibió adecuada atención médica. Su columna vertebral quedaría gravemente desviada, mermando su capacidad respiratoria. El fin de la infancia se produce con un estampido brutal: “La realidad disparó mientras yo dormía”. El poeta hilvana el resto de su historia con experiencias comunes a todos los hombres y mujeres de su generación: la Revolución de los Claveles, la agonía del franquismo, el viaje a Francia como una forma de peregrinación hacia la libertad, los primeros besos, “la tristeza de los espejos”, “el hostal de los solitarios”, “la muerte roñosa” prodigada por las bombas lapa, el ser poeta a todas horas, la necesidad de ser amado (“Amé, fui rechazado y desaparecí”), la implacable madurez (“He crecido por culpa del dolor”), el saxo con destellos azules de John Coltrane, el amor (“A ella le apeteció entrar en las aguas de aquellos ojos”), “el peso de la melancolía cifrada en lluvia” de las canciones de Leonard Cohen, la poesía, que siempre apunta hacia el quimérico autoconocimiento: “Dónde está el hombre al que llamo. Quizás no pueda abrirse paso entre quienes me acompañan”.

Irazoki nació en una familia vascoparlante. Como señala Fernando Aramburu en su clarividente prólogo, es “un escritor periférico”, que “vive en los bordes del idioma”. Por eso, su prosa es “clara y precisa” y está “cincelada con austeridad”. Los hombres intermitentes es un libro necesario, conmovedor, con un hondo sentido de la belleza y la verdad. Zoki, el poeta sin ira, restituye la verdad en una tierra arrasada por el fanatismo de una minoría y nos enseña a mirar el mundo con la sabiduría de un niño que ha descubierto el paraíso en lo terrenal, humilde y cercano. No puedo observar su rostro o leer sus poemas, sin recodar al príncipe Mishkin, compasivo, inteligente e inmune a la malicia, pero con una importante diferencia: Zoki no huye del mundo, sino que lo transforma en una nota interminable de Johann Sebastian Bach.

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  • Irazoki, los hombres intermitentes (II)

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    525 | Soledad - 03/08/2015 @ 10:47:15 (GMT+1)
    También recomiendo la lectura de Los hombres intermitentes a todos aquéllos que necesitan integrar en su vida diaria una nota de poesia.

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