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ENSAYO

Nahum N. Glatzer: Los amores de Franz Kafka

Nahum N. Glatzer: Los amores de Franz Kafka

Traducción de Roberto Vivero y Pilar Moure. Ediciones del Subsuelo. Barcelona, 2015. 173 páginas. 17 €


Por Francisco Estévez

Late fresco aún en el recuerdo de las tablas madrileñas la representación del texto de Luis Araujo, Kafka enamorado, con dirección de José Pascual. A través de las cartas del escritor y una soberbia interpretación se nos hacía partícipe del vidrioso dilema que devoró al atormentado Kafka. Resulta curioso ese poder que desprenden las grandes obras de arte, como la hipnótica, descomunal y cada vez más moderna escritura de Franz K. Consigue en justicia sepultar el interés por la azarosa y desnortada vida del autor. Aunque la crítica más puntual señaló desde primera hora cómo la prosa kafkiana conserva en su haber un poso transido de grumo biográfico. Cuando no es acaso más evidente la transustanciación del retrato de sus miserias e inquietudes en las vestimentas de éste o aquel otro personaje.

La neurótica biografía de Frank Kafka desmiente pronto aquella baratija de pensamiento que él mismo escribiera: “Amor es todo aquello que eleva, amplia y enriquece nuestra vida”. Con no poco dolor tuvo que reconocer en sus diarios el no haber conocido las palabras “te amo”, sino un “expectante silencio”, lo más si acaso aquel sucedáneo de “la dulzura de las penas […] El deseo constante de morir, y el de seguir resistiendo, solo eso es amor”. De forma impenitente, es decir, reiterativo en el pecado, fue rechazando diversas ofertas amorosas, algunas convirtiéndolas en pura escritura para nuestra felicidad, como aquella de Felice (en modo similar al que Tristana desdibuja la realidad de su amante por medio de la escritura hasta el puro delirio platónico en la famosa novela homónima de Galdós).

El contumaz miedo y un fuerte desprecio por sí mismo le llevó a pensarse no apto para el matrimonio. Razón no le faltaba, si entendemos bien el matrimonio como una de las formas más redondas de socializar con rotundidad. Ello avalaría, una vez más, la clasificación de escritor extraterritorial otorgada por George Steiner al autor de La metamorfosis. Nahum Glatzer recopila, interpreta y matiza en Los amores de Franz Kafka una selección de cartas que para el propio escritor fueron “una tortura, nacen del tormento, incurable, y conducen al tormento, también incurable; ¿qué falta hacen -y cada vez es peor- en un invierno como éste? Callar es la única manera de vivir, tanto aquí como allá. Con tristeza, de acuerdo, pero, ¿qué importa?”. Añade además fragmentos de sus diarios así como de la biografía de Kafka redactada por Max Brod.

El tamaño tan enorme de su soledad no permitió que amor alguno ofreciese puente estable para llegar a los otros. Y, sin embargo, la escritura íntima y epistolar de Kafka desvela que el dramático sentimiento de aislamiento, de imposibilidad de comunicación, sólo podía ser trascendido mediante la mujer. La lectura de esta breve selección de pasajes transmite la desesperación, la radical tristeza y la profunda insatisfacción que acumulo el autor de sus experiencias amorosas. Por ejemplo, pausó la escritura del relato La condena y aquel otro de El fogonero, incluso la escritura de la novela América y la celebérrima pero no siempre bien leída La metamorfosis para redactar las cartas nerviosas y constantes, cruzadas con Felice Bauer. Los caprichos de una neurastenia reconocida y apenas disimulada despuntaban: “Lo que quiero ahora, al momento siguiente ya no lo quiero […] Sin que lo pueda remediar, las incertidumbres se me amontonan en mi interior” (quien más quien menos ha conocido alguna persona de semejante pelaje en veranos más amables de temperatura y puede dar fe del desquiciamiento).

A su vez, Kafka compartió la redacción de Carta al padre con las epístolas intercambiadas con Minze Eisner. Y así de constante con otros textos y otras mujeres. Debemos entender con perspicacia este hibridar de escrituras en el autor de El castillo. Sea como fuere la poliédrica y esquizoide personalidad de Kafka, conviene recordar que es a la propia Felice a quien le hace una declaración que considero central para entender la literatura toda del austrohungaro: “Yo no tengo interés alguno por la literatura, lo que ocurre es que consisto en literatura, no soy ninguna otra cosa ni puedo serlo”.

Su extraordinaria penetración de la naturaleza humana no evitó o quizá justo por ello que se transformara en ese hombre taciturno, triste y pesimista, ansioso de felicidad y por tanto insatisfecho, siempre de mal humor y constante enfermizo que fue Franz K. La bondadosa Dora Dymant, quizá la mujer con quien se sintió más unido, gritaba desconsolada al acompañar el féretro del escritor a la tumba “mi querido, mi querido […] está tan solo”. Y así murió Kafka, en soledad y lastrado de llagas amorosas porque como admitió una vez: “las heridas que deja el amor en realidad nunca terminan de sanar, ya que el amor siempre viene acompañado de sordidez”.

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