www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

AL PASO

Lecturas sobre Camus

Juan José Solozábal
martes 04 de agosto de 2015, 17:52h

Aunque no haya renunciado a reservar alguna vez todo el verano para Albert Camus, he de reconocer que también ahora me conformaré con alguna lectura sobre el pensador francés, en este caso las sugestivas propuestas de Tony Judt , en su imprescindible Los hechos cambian, o de Maite Larrauri en el último número de Frontera D,El extranjero, de Albert Camus, y su secuela, ocupándose respectivamente de La Peste y de El Extranjero.

Judt llama la atención sobre dos rasgos de Camus que son innegables: primero, su atractivo al instante que resulta obvio para quien vea sus fotografías, que denotan la simpatía y alegría inmediatamente comunicables de una buena persona. “Me impresionó su rostro tan humano y sensible, apuntó Julien Green. Hay en este hombre una integridad tan evidente que impone respeto casi en el acto; sencillamente no es como los demás hombres”.También, en segundo lugar, es sincera la protesta de Albert Camus ante el peso abrumador que le suponía el haberse convertido, por así decir, en la referencia moral de Francia, quien decía, como señala Jean Daniel, “lo que había que hacer” : “no soy un filósofo y nunca pretendí serlo”. “Todos quieren que el hombre que todavía está buscando haya alcanzado sus pretensiones”, dejó anotado en sus Cuadernos.

Judt hace una propuesta de acercamiento a Camus, difícilmente objetable: entender su obras, en concreto, La peste (el comentario de Judt constituye el prólogo a la edición inglesa reciente de la novela) desde las propias vicisitudes personales del autor, pues es la involucración de Camus, su condición introspectiva, lo que resulta especialmente seductor de su producción literaria. “Camus puso algo de sí mismo- sus emociones, sus recuerdos, y su sentido de pertenencia a un lugar-en toda su obra publicada; ese es uno de los rasgos que le distinguieron de los otros intelectuales de su generación y que explica su universal y duradero atractivo”.

Creo que la aportación de Camus es la defensa de la decencia, esto es el sentido común ético, como la mejor propuesta para afrontar el mal, se trate de la opresión política o la injusticia. Como dice el doctor Rieux, “puede que parezca una idea ridícula, pero el único medio de luchar contra la peste es con la decencia”. La peste, fuera de su identificación concreta en una catástrofe dada, así la Colaboración tras la invasión nazi, es “todo lo que directa o indirectamente, haga morir a la gente o justifique que otros hagan morir”. “Cuando ves el sufrimiento que provoca, indica Rieux en otro momento, tienes que estar loco, ciego o ser un cobarde para resignarte ante la peste”. El hombre común, lo que Orwell llamaría, la buena gente o el grass-root man, no duda que es lo que hay que hacer ante la peste, cual es de verdad la situación. Como señala el personaje Tarrou en la novela, “solamente puedo decir que sobre esta tierra hay plagas y hay víctimas, y que, en la medida de lo posible uno tiene que negarse a estar del lado de la plaga”.

No cabe tregua frente a la amenaza de la peste aunque pueda parecer amortizada; ni hay sitio para la complacencia o el olvido. Dice Camus, concluyendo la novela, “El bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás…espera paciente en las alcobas, en las bodegas , en las maletas…tal vez llegue el día en que, para desgracia o amenaza de humanidad, la peste despierte a sus ratas y las mande a morir en alguna ciudad feliz”.

Cabe hacer una lectura convergente de El Extranjero con la que propone Judt de La peste si atendemos a la significación que Maite Larrauri da de la primera novela de Camus, pues, después de todo, el descubrimiento de la ética popular, de la decencia, no es posible sin desmontar la moral sentimental de los instalados, construida sobre los prejuicios y las viejas mentiras. Larrauri entiende muy bien en su lectura contrapuesta de El extranjero, al ocuparse del libro de Kamel Daoud ,Meursault, caso revisado, relato que narra la vida del supuesto hermano del árabe al que mata el protagonista del libro de Camus, la bases nihilistas de la novela, al preferir los sentidos a los sentimientos y al deducir un significado liberador de la sustitución.“Todo el relato de El Extranjero, dice Larrauri, se mueve en la superficie de los sentidos y a años luz de las profundidades de los sentimientos. Los sentidos son verdaderos, aportan verdad… y estas sensaciones afectan nuestro ánimo, que pasa continuamente de la tristeza a la alegría y viceversa”. Lo que saca de juicio a los jueces, por encima del asesinato del árabe, es que alguien se duerma, fume o se tome un café con leche en el velatorio de su madre. Así el cargo principal, de verdad, contra Meursault es “haber enterrado a su madre con un corazón de criminal”. Meursault no se arrepiente, apunta Larrauri, de preferir las sensaciones a los sentimientos: la sintonía con ese mundo inmediato, espontáneo, e imprevisible no es causa de preocupación sino raíz de su alegría.

Podemos contrastar lo que queramos la ética meramente negativa de El Extranjero y la propuesta colaborativa, para oponerse a la peste o prevenirla, de la segunda novela, pero la relación entre ambos relatos es obvia una vez identificamos el propósito de Camus de construir una moral a la vez auténtica y universal, esto es, fuera de los convencionalismos religiosos antiguos, y abierta a la participación popular, de los hombres y mujeres ordinarios.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (2)    No(1)

+

0 comentarios