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TRIBUNA

Las piruetas de Tsipras

lunes 24 de agosto de 2015, 19:43h

Poco después de las elecciones griegas del pasado mes de enero, titulábamos esta columna: “Grecia, cambio hacia ninguna parte”. En los ocho meses transcurridos desde entonces, esa previsión o hipótesis de futuro se ha cumplido completamente. El Gobierno de Syriza encabezado por Tsipras, ha hecho todas las piruetas imaginables para volver al punto de partida pero en mucha peor posición. Es muy conocida la vieja respuesta de un famoso torero al que preguntaban cómo era posible que un determinado personaje del mundo taurino hubiese llegado a gobernador civil: “Pues degenerando, degenerando”, contestó el maestro. Los neocomunistas de Tsipras han demostrado en este largo medio año su increíble capacidad para degenerar, la única, por cierto, que se les conoce.

Creo que no es necesario recordar la vergonzosa trayectoria de ese partido cuyo único objetivo visible ha sido, desde el primer momento, no pagar lo que debe a sus acreedores y, apoyado en sus electores, intentar cambiar a su gusto el funcionamiento de la UE y de la eurozona. Como si los otros 27 gobiernos, que también se legitiman en sus propios electores no contaran para nada. Como si ese bonito cuento de hadas según el cual en Grecia nació la democracia –que exigiría tantas matizaciones y aclaraciones- les diera a los once millones de griegos, una especie de primacía –casi un derecho de pernada- para imponer sus caprichos a los otros 400 millones largos de europeos.

Europa entera ha tenido que admitir –hasta su dimisión- las maleducadas impertinencias de Varufakis, que luce muchos títulos académicos pero al que ningún modesto empresario, por ejemplo del ramo de la mercería, pondría al frente de alguna de sus tiendas de barrio. Tan patente era su incompetencia y su inadaptación que hubo que echarle del Gobierno. Y ahora estima que ha llegado la hora de su venganza. Allá se las apañen, él y su antiguo jefe. Todavía a principios del mes pasado Tsipras, tras dar un portazo en Bruselas, convocó un referéndum pidiendo a los griegos que votaran “no” a las propuestas de la troika para acceder al tercer rescate. Por supuesto, lo ganó de calle pues los griegos, al parecer, estaban convencidos de que su particular “Supermán” sería capaz de doblegar la resistencia de los malvados burgueses que controlan la UE y gozan haciendo sufrir a los proletarios.

Al final, sin que se sepa que este arriscado comunista, abanderado de la anti-austeridad -a costa de los demás- se haya caído de ningún caballo ni haya hecho ningún viaje a Damasco (que no está allí el horno para bollos), se nos ha mostrado “convertido” en un defensor a ultranza de todas las exigencias que figuran en el llamado MOU del tercer rescate. Unos compromisos que, por cierto, son mucho más duros que los que se le ofrecieron cuando dio el citado portazo. Degenerando, en suma, que diría el taurino, en perjuicio de los propios griegos. Y siguen diciendo que es el hombre del momento y que no hay otro para hacerse cargo del gobierno. Pobre país.

Los argumentos que maneja Tsipras son casi respetables, al menos a primera vista, aunque no dejan de ser increíbles: Acepta las exigencias de Bruselas por el bien de Grecia y del euro. Pero, si tan claro lo ve ahora, ¿por qué no lo hizo hace ocho meses? ¿Tan lento de mollera es este supergriego? Lo que sucede es que estos cambios –más bien piruetas- no son en absoluto fiables. El DRAE define al transformismo como “cambio oportunista y rápido de tendencia”. Tsipras es el ejemplo más depurado de transformismo, que hoy hay en Europa. Actúa, además, con un par y en una abrir y cerrar de ojos. Inevitablemente se impone una reflexión: Si este hombre no ha creído nunca en su vida en lo que acaba de firmar y de una manera pública y ostentosa así lo ha manifestado en los últimos ocho meses ¿por qué razón vamos a creerle ahora?

Sus amigos de por aquí valoran su dimisión con el más elogioso vocabulario y como el más cumplido ejemplo de demócrata que existe en el continente. Después de los apretados abrazos, del tic-tac y de otras sandeces similares, no iban a quedarse callados. Pero ni ellos mismos se lo creen y a la dirigente andaluza que habló del tembleque de piernas la han mandado rectificar, en la mejor línea del “centralismo democrático”, inventado por Lenin, maestro de todos ellos. No me extrañaría, además, que esos amigos de por aquí pronto erradiquen de sus hornacinas políticas a su héroe griego, como si fuera un deletéreo intelectual franquista. Ya no les vale. Los soviéticos sabían muy bien cómo hacer desaparecer de la tribuna del Kremlin a los que metían la pata o caían en desgracia.

¿Era necesaria la dimisión de Tsipras? Entiendo que la respuesta podría incluso ser afirmativa si su decisión fuera marcharse a casa, apoyada en un sólido razonamiento de este tipo: “Mi proyecto ha fracasado. Me he visto forzado a aceptar unas exigencias que nunca he admitido y en las que no creo y, en consecuencia, doy por terminada mi vida política”. Pero lo que es inadmisible es considerar que su dimisión haya sido causada por la escisión de los 25 diputados de su grupo, porque, sin los votos de estos ultra-comunistas -que acaban de fundar un nuevo partido, Unidad Popular- Tsipras ha podido sacar adelante, en el Parlamento, el índice de planes y medidas del tercer rescate…gracias a los votos de la oposición de centro derecha. Conseguido ese apoyo, desde ahora mismo, podía haberse arremangado y puesto manos a la obra demostrando que se había tomado en serio los compromisos. Pero no lo hace porque su dimisión es una nueva manera de ganar tiempo -mejor dicho de perderlo- aplazando una vez más la aplicación de las medidas que odia. Más que dimisión nos hallamos ante otra interesada pirueta de un acreditado farsante.

Por eso, y en la misma línea de alargar cuanto sea posible la farsa, Tsipras anuncia que se va a presentar de nuevo a las elecciones. Y aunque no se manejan encuestas recientes todo dicen que puede ser de nuevo el más votado. ¿Aplicará entonces los compromisos adquiridos? Repetimos, ¿por qué no ha empezado ya, entonces, evitando a su país nuevas incertidumbres y seguras huidas de capitales, si es que queda algo en la Hélade? ¿No se sacará de la manga algún pretexto para, por ejemplo, organizar de nuevo un referéndum o cualquier otra machada por el estilo? Porque si hay en todo este enredo algo bien evidente es que este hombre carece de la mínima credibilidad exigible a quien está y quiere seguir al frente de un país, por pequeño que sea. España ha dado, para este tercer rescate, algo más de 10.000 millones de euros. ¿Los volverán a ver, en algún momento, no ya los españoles de hoy sino nuestros nietos o bisnietos? El optimismo es una sana actitud mental, aunque a veces quede a años luz del más elemental realismo.

En todo este asunto hay un problema de fondo, al que ya hemos aludido en alguna ocasión. En la UE, basada en los principios liberal-socialdemócratas, no tienen cabida los comunistas, ni los viejos ni los nuevos. Su propio código genético les impulsa al sabotaje pues, desde una perspectiva histórica, no existe ninguna duda de que la gran empresa de integración europea, con su capacidad de atracción, ha sido uno de los elementos fundamentales que han determinado la caída del comunismo y el fin del bloque soviético. Y por mucho que lo disimulen, todos aquellos que miraban a la Unión Soviética como la luminaria del futuro –y sus descendientes ideológicos- no lo pueden soportar. Creían que la crisis económica iba a ser la gran oportunidad para asestar el golpe de gracia al odiado capitalismo. Pero esta crisis solo ha servido para dejar en evidencia que no hay recetas de izquierda para salir de la crisis y que los populismos, cualquiera que sea su color, no pintan nada en la vida política de los países serios, porque son incapaces de aportar soluciones. Por eso están llamados a desaparecer, más bien antes que después. En cuanto se imponga la más elemental sensatez.

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