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TRIBUNA

El frustrado subdirector Mas

lunes 24 de agosto de 2015, 20:34h
Me van a perdonar si en el título se sugiere alguna generalización. Nada más lejos de la intención pues la subdirección en algún caso es el peldaño hacia la altura evolutiva de la profesionalidad, un paso intermedio donde la aptitud se crece y el encomio del acierto profesional se incrementa acorde al valor real del trabajo desempeñado.

¿Pero qué sucede cuando a la subdirección accede el ser mediocre, autosuficiente en lo vulgar con falseadas ínfulas de excelencia?, ¿el idiota de actitudes beligerantes en el trato con el personal y por ende común trepador que ignora el meritaje individual para resaltar laboralmente? ¿Cuántas alcobas han visto acuerdos profesionales fuera de horarios de oficina? Esa gentuza existe y posee un complejo inconfesable no de culpabilidad, sino de imbecilidad que disfraza de autoritarismo y desdén. Son los miserables que no pocos trabajadores soportan en miles de empresas, salvo las honrosas excepciones que cumplen las reglas. Si además arrastra a una comunidad hacia la segura perdición, es un mal social.

El individualismo campa por sus respetos cuando subdirigen gentuallas que convierten la posición en una palanca para mover el ínfimo y nauseabundo mundo de los egoísmos. ¿Pero qué pasa cuando un acomplejado es incapaz de trascender por motivación personal al engranaje del trabajo en equipo, hoy tan necesario para la buena marcha de cualquier empresa? No hay nada peor-después de tantos estudios sobre la calidad total en la dirección corporativa- que un sargento chusquero en una empresa, ejerciendo un totalitarismo en proporción al ego de sus permitidas estulticias. La subdirección es para llevarla con la cabeza bien alta y las actitudes personales templadas, de lo contrario queda en evidencia la vanidad del arribista y la insuficiencia de la honestidad. Es un puesto cuyo prefijo demanda una sólida posibilidad de discernimiento para comprender que en el horizonte existe la meta de la capacitación y superación personal.

Sí, esa labor subdirectiva es para llevarla con dignidad y solvencia moral, de lo contrario quien ejerce un puesto recelando del entorno por incapacidad para apreciarlo se convierte en una trampa para el trabajador y en un elemento desleal para quien lo contrata. Muchos despidos de subengendros solventarían problemáticas internas que la dirección desconoce hasta que es demasiado tarde para sacar la manzana pútrida que aja el cesto.

No pocos directores se han visto sorprendidos con el cese para que el trepa que subcomanda conspirando desde las traicioneras sombras se apoltrone ocupando el puesto de quien obligadamente se va. Cuidado a los que desde las alturas cometen la imprudencia de no analizar los comportamientos sombríos del subalterno inmediato. El mundo corporativo se nutre del paradigma del juego sucio en las altas esferas.

Las dolencias de un subdirector suelen ser de gravedad como trastorno sintomático sobre la enfermedad moral que contagia a una empresa y advertirlas es mucho más sencillo que subsanarlas. Pero siempre queda la esperanza del remedio antes que la lamentación por el desastre. El mal que aqueja a una sociedad cuando es subdirigida por un incompetente con ínfulas de emperador es detectable cuando:

1-El flamante sub procura toda clase de méritos en busca de las ganancias mediante innovaciones de toda clase que terminan ralentizando o entorpeciendo el preoceso básico de producción.
2-Cuando, a modo de tarjeta de presentación y usando rastreramente el puesto inaugurado, se convierte en la bestia negra de los trabajadores con trato despótico tajante o disimulado zancadilleando la labor del equipo de trabajo y a cada miembro que participa en él.
3- Ensoberbecido desde la poltrona que lo crece en estulticia, se abstiene de responder a correspondencias que recibe propias de su función subdirectiva, dando la callada por respuesta y ofreciendo una imagen pésima de la empresa que representa.
4-Pretende rivalizar en el desempeño de tareas anexas con la mediocridad propia y continuada que ejercía antes de acceder al cargo. Para evitar las sombras que evidencien sus carencias personales aprovecha la nueva situación para boicotear el trabajo ajeno en la pretensión de desmoralizar al honrado trabajador que ha de soportarlo.

Queda claro que la subdirección es una meta volante para cualquier futuro director que se precie de buen profesional consciente del empeño por el aprendizaje y la adquisición de experiencia. Pero para el imbécil es la oportunidad de trepar considerando la subdirección un mal menor que no ha de perdurar en tanto idea otros modos sucios de seguir ascendiendo. Es una cuestión de actitud elemental como básico respeto al trabajo de los semejantes. Quien desdeña injustificadamente el esfuerzo del prójimo por dar lo mejor de sí mismo es, dejémonos de rodeos, un malnacido.

En otros casos existe una mimetización que confunde la subdirección con las tareas puramente directivas. Es el caso de Mas en Cataluña que, aun siendo presidente de la Generalidad en apariencia, está relegado a la subdirección mandando sus socios de gobierno. Ese ni subdirige pero aprecia la conveniencia de seguir hacia adelante con un plan independentista para evitar la justicia y el seguro encarcelamiento después de dilapidar el dinero de los catalanes y montarse una sucursal de la estafa-como embajadas por el mundo- a costa del esfuerzo de todos los españoles. Recuerda al mono que para sacar el brazo de la botella ha de soltar el cacahuete. Arturo Mas acabará comiéndose la botella para alcanzar el cacahuete. Tal es la solemne estupidez de estos caraduras de la política que llevan viviendo del cuento desde los albores de la democracia.

Esto sería argumento para otra columna que hablara de la permisividad de la justicia para con todos los delincuentes que pretenden vulnerar la ley bajo el pretexto político. Más bien daría para un libro o una entrega por fascículos con 40 tomos; los mismos años que llevamos asistiendo a esta deferencia de los tribunales para cuanto sinvergüenza se ha enriquecido tras las siglas de un partido dirigiendo o subdirigiendo que para el caso tanto ladrón encuentra la manera de saquear las arcas públicas ocupen el lugar que ocupen. Ese desastroso don de la ubicuidad que permanece inalterable.
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