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TRIBUNA

Sudetes al sur del Ebro

lunes 31 de agosto de 2015, 21:37h
La propuesta del consejero de Justicia de la Generalidad de Cataluña, Germá Gordó, de conceder la “nacionalidad” catalana a todos los pueblos del entorno catalán que hablen la lengua catalana, en alguna de sus variantes, tiene una lógica aplastante dentro de la ideología del nacionalismo catalán excluyente, expansivo y con ribetes totalitarios -no existen nacionalismos de otros tipos- que se ha impuesto como pensamiento único oficial en aquella región de España. En la misma línea totalitaria, el líder de ERC, Junqueras, no hace mucho echó mano del aspecto racial para intentar diferenciar los genes de los catalanes (¿incluidos los que, desde hace siglos, se han instalado allí procedentes de otras regiones de España?) de los del resto de los españoles.

El intento de Junqueras es también poco novedoso porque ya a finales del siglo XIX, el protonacionalista doctor Robert, que fue alcalde de Barcelona, recurrió ya a la dimensión racial, con la pretensión de que los catalanes poseen un “hecho diferencial” biológico –la peculiar conformación de su cráneo- que justificaría sus pretensiones independentistas. Nada que ver con la peste mesetaria. La idea era tan ridícula y quedó tan pronto desacreditada que, prudentemente fue relegada al olvido. Ha venido Junqueras a recuperarla, aunque vale la pena recordar que, entremedias, Europa padeció a Rosenberg, inspirador del antisemitismo nazi y de la supremacía de la raza aria. Con las bárbaras consecuencias que todos recordamos y que nadie debe olvidar. La supremacía racial cabalga de nuevo.

Como antecedente e inspiración de Gordó, lo primero que hizo Hitler fue reclamar la inclusión en el III Reich de todos los germano-parlantes que habitaban en la Europa central y oriental. Secularmente los alemanes se habían sentido atraídos por las regiones más deshabitadas y menos cultas del este y establecieron comunidades germanas en parte de la Polonia actual, en los países bálticos, en la actual Ucrania y hasta en las lejanas tierras del Volga. Es lo que han llamado los historiadores el Drang nach Osten, el impulso hacia el este. Todo ello por no referirnos a los austro-alemanes, incluidos hasta 1918 en Austria-Hungría y que, por medio de la dinastía de los Habsburgo, habían presidido los destinos de Alemania, cuando era Sacro Imperio Romano-Germánico, hasta que éste fue disuelto en 1806. Durante sesenta años existió una rivalidad entre Prusia y Austria por encabezar la nueva Alemania. Pero el conflicto quedó definitivamente resuelto en 1866, tras la batalla de Sadowa, que expulsa a Austria de aquella nueva Alemania expansiva y decidida a jugar un papel de primera potencia a escala mundial. Era la Welpolitik.

Pero Hitler, dispuesto a rehacer la geografía y la historia, decidió incluir, a todos los germano-parlantes, en su III Reich, que él concebía como una comunidad racial (Volkgemeinschaft). En marzo de 1938 se produce la invasión y anexión de Austria, sin que las democracias que, teóricamente, debían garantizar su independencia movieran un solo dedo. El paso siguiente fue la reclamación del medio millón de alemanes, los “sudetes”, que vivían en Checoslovaquia, un Estado artificial fruto de la desintegración de Austria-Hungría. A finales de septiembre de aquel mismo año 1938, en Munich, Inglaterra y Francia, se rindieron vergonzosamente ante las exigencias hitlerianas y aceptaron que los distritos checos habitados por germano-parlantes se incluyeran en el Estado nazi: Fue la apoteosis y la máxima vergüenza del apaciguamiento, esa “rendición preventiva” que explica tantas tragedias como se han producido en Europa en los últimos cien años. Dos frases de dos ingleses explican cómo nuestro continente cayó en el abismo y en el deshonor. La de Chamberlain: “Se trata de un pueblo lejano [los checos] con el que apenas tenemos relación”. La otra fue la profética de Churchill: “Habéis elegido el deshonor para evitar la guerra. Ya tenéis el deshonor, pero no evitaréis la guerra”.

Siguiendo las pautas del Führer, Mas, Junqueras, Gordó y compañía se quieren anexionar a valencianos, baleares y hasta a los aragoneses de la Franja. Se han inventado eso de los Países Catalanes, sin ninguna base histórica, como su propio lebensraum, el “espacio vital” al que Hitler afirmaba tenía derecho el pueblo alemán. Quienes en ese espacio no hablaran alemán serían expulsados o simplemente eliminados como los seis-siete millones de judíos. ¡Total! Las cenizas caben en el cenicero de un 600, como ha escrito otro salvaje que, ¡de veras! tiene ahora cargo público. El expansionismo forma parte de la ideología nacionalista, como bien saben los navarros, objetivo de las ambiciones de aquellos otros bárbaros.

No hay nacionalismo que no sea totalitario en sus fines y en sus métodos. Decir que un nacionalismo excluyente, pueda ser democrático es una contradicción en sus propios términos. Y Cataluña es un caso de libro. Se adaptan a la democracia, trampeando todo lo posible, cundo no les queda otro remedio. Pero una vez que consiguen el control del poder arrojan lejos la piel de cordero y se muestran tal y como son. Pero previamente han llevado a cabo una labor de engaño permanente y continuo de las que hacen víctimas a las nuevas generaciones. Rovira i Virgili, un independentista convencido, decía allá por 1922: “Si todos los millones gastados en elecciones desde el doctor Robert acá, se hubiesen gastado en fomentar la cultura primaria de nuestro pueblo, en infundir en el ánimo de cada niño el espíritu de un ciudadano catalán, a estas horas tendríamos mucho más de lo que tenemos”. Discípulos y seguidores de su consigna, Pujol y Mas, han puesto el sistema educativo al servicio de la patraña separatista, en uno de los actos de traición más imperdonables que se pueden cometer contra el propio pueblo.

Pero para eso hay que tener millones y eso también lo han practicado con enorme eficacia por medio de la corrupción al servicio de la causa, en ejercicio de ese maquiavelismo barato, según el cual el fin justifica los medios. Todo vale al servicio de la inventada nación catalana. Algunos de los que mejor conocían lo que se estaba cociendo en Cataluña durante la Transición lo sabían muy bien cuando afirmaban que CDC era un montaje para sacar dinero…al servicio de la causa, pero también del propio bolsillo. Ingenuos, algunos no nos acabábamos de creer tamaña atrocidad que, al cabo de los años ha resultado de una aplastante veracidad. La verdad es que a Pujol se le notaba bastante por dónde iba y hacia adónde quería dirigirse. Pero su cuento de la gobernabilidad se vendía muy bien. Si después del asunto de Banca Catalana alguien siguió aceptando el engaño se podría decir aquello de no hay nadie más tonto que el que no quiere dejar de serlo.

Esto que digo acerca de las maléficas intenciones de Pujol, lo vio con una claridad meridiana un gran catalán, quizás el mayor del siglo XX, que en una carta fechada en Barcelona el 4 de abril de 1981 y dirigida al entonces director de La Vanguardia, D. Horacio Sáenz Guerrero, le explicaba lo que ya entonces se veía venir. Tomo solo algunos párrafos de la larga carta (quince folios y medio) que me parecen especialmente significativos: “La política de provocación que Cataluña inició el mismo día de la toma de posesión del Presidente Pujol y que todavía continúa… Sepa que al día siguiente de haber tomado posesión el nuevo Presidente de la Generalitat [Pujol], es decir el 9 de mayo del año pasado, manifesté que se había roto una etapa que había comenzado con esplendor, confianza e ilusión…y que tenía el presentimiento de que iba a iniciarse otra que nos conduciría a la ruptura de los vínculos de comprensión, buen entendimiento y acuerdos constantes que durante mi mandato habían existido entre Cataluña y el Gobierno. Todo nos llevaría a una situación que nos haría recordar otros tiempos muy tristes y desgraciados para nuestro país”. Le dio posesión Tarradellas a Pujol, en cuando delegado del Gobierno, y relata como Pujol se negó a que el acto terminara con vivas a Cataluña y a España. Con lucidez señala Tarradellas que la nueva política aplicada en Cataluña estaba haciendo fracasar la autonomía “consiguiendo la desunión de Cataluña y el enfrentamiento con España”.

Se hace una pregunta Tarradellas que tiene plena validez treinta y cuatro años después: “¿Cómo es posible que Cataluña haya caído nuevamente para hundirse poco a poco en una situación dolorosa, como la que está empezando a producirse”. Y señala cómo pocos días antes había escrito una carta al Presidente del Parlamento de Cataluña “en la que le hacía constar mi disconformidad con la política sectaria, discriminadora y carente de todo sentido de responsabilidad por parte de la Generalidad”. Una política que ha sido una constante desde entonces, aunque, desde aquí, se hayan dicho todas las maravillas imaginables de Pujol y su banda.

Cuando leo reflexiones como las de Tarradellas no tengo más remedio que estimar que, durante treinta y cuatro años se ha dejado que creciera un monstruo que, desde el primer momento, buscaba esos dos grandes objetivos: dividir a la sociedad catalana y enfrentar a Cataluña con el resto de España y sus instituciones. Estamos a tiempo de cortarle la cabeza al monstruo corrupto y dejar que se desangre entre sus miserias. Va a oler mal, pero no hay más remedio. Que los catalanes sean conscientes de la gran estafa de que han sido objeto y que, ante las urnas, actúen en consecuencia.
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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    618 | Pontevedresa - 01/09/2015 @ 10:43:37 (GMT+1)
    Así que el Increíble Hulkeras ve diferencias en el tamaño del cráneo, yo las veo en el tamaño de su enorme barriga, y más vale que no saque conclusiones racistas porque él no es un modelo en el aspecto físico. Veo por su artículo que aquel hombre de gran categoría como fue Tarradellas, y visto lo que le siguió su figura se ha engrandecido considerablemente, ya fue un profeta adivinando lo que estaba por venir. Hay que desmontar el trampantojo del separatismo utilizado para tapar la enorme corrupción del Molt Poc Honorable Puyol.

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