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TRIBUNA

Cataluña desde Francia

lunes 07 de septiembre de 2015, 19:56h

Las próximas elecciones catalanas del 27-S llamarán la atención de la opinión pública europea. El desarrollo de la crisis catalana es un hecho importante en el panorama europeo. No solo porque enlaza con otras crisis político-territoriales como es el caso en Escocia, en Flandes, y en un nivel menor en Italia, por no hablar de Ucrania o de los Balcanes. Sino porque pone de relieve dos preguntas fundamentales.

La primera consiste en saber por qué la situación ha llegado a tal extremo. Realmente, ¿se puede imaginar una declaración unilateral de independencia en algunos meses? Este acontecimiento, si llega, significaría el fracaso de la palabra política. Todos saben que no tendría efectos… Sería solamente un gesto para agudizar aún más la crisis. Las autoridades catalanas, a pesar de apoyarse en un respaldo mayoritario, firmarían la vacuidad de su capacidad de acción. Mucho ruido para pocas nueces. Pero el efecto internacional sería catastrófico en términos de credibilidad general de los españoles. ¿Qué significaría un país en el cual determinadas autoridades violasen la ley y la Constitución sin además obtener el resultado deseado? Cataluña sería un objeto político no identificado… u, otra opción, las autoridades catalanas se ridiculizarían al manifestar al mundo su ensimismamiento.

La segunda me parece más grave. He leído la carta del expresidente González a los catalanes y la respuesta de Duran i Lleida. Los dos textos ofrecen una altura de miras imprescindibles y más que necesaria en este complicado tramo de la vida nacional española. Pero, me pregunto: ¿Quiénes son los catalanes? ¿quiénes los españoles? Política y jurídicamente votarán el 27-S los que están censados en la Comunidad catalana. Si, hace algunos meses, un ciudadano español venido de Ourense, de Logroño, de Mérida o de Albacete se ha mudado a Cataluña ejercerá su derecho de voto como ciudadano español y no catalán. Da el hecho de que al celebrarse elecciones autonómicas, este ciudadano está llamado a elegir sus diputados al Parlament. ¿Esto le ha convertido en catalán?

La construcción nacional de Cataluña se topa con la aporía de la definición del ciudadano catalán. Hoy por hoy, existen ciudadanos españoles porque existe la Constitución de 1978. Esta misma constitución que permite, a través del sistema autonómico, una articulación entre el nivel nacional y el nivel regional. Pero esta articulación se fundamenta en la existencia de una soberanía nacional popular de la cual cada ciudadano español es depositario. Hacer nacer una soberanía popular catalana supondrá definir quién es catalán y quién no. Y este proceso es de lo más peligroso. Pero, curiosamente, en el debate político catalano-español, nadie se atreve a formular la pregunta. Me atrevo a hacerlo… quizá como consecuencia de una identidad francesa fundamentalmente jacobina. Pero más ciertamente como historiador preocupado por lo que se presenta como una aventura política manejada por líderes preocupados por sí mismos y no por el bien común. Sabemos que las aventuras nacionalistas siempre empiezan en la exaltación y el entusiasmo. Sería conveniente recordar que pueden acabar entre lágrimas y fracasos.

Hasta que no me digan con claridad que es un catalán, entendido como sujeto político, temo quedarme bastante atónito frente a lo que se está gestando en Cataluña. Y como yo, millones de franceses.

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