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Where all the good people go

domingo 01 de junio de 2008, 20:25h
“Where all the good people go”, se pregunta el cantante hawaiano Jack Johnson –que, por si a alguien le interesa, acaba de estrenar su último disco, “Sleep throught the static”- en una canción así titulada. “’I’ve been changin’ channels I don´t see them on the TV shows”, tararea éste afortunado que dedica su vida a grabar discos, a su preciosa familia y a practicar su gran pasión, el surf. Al resto de los mortales, que no tenemos tanta suerte como él, también se nos viene a la cabeza la misma pregunta cuando miramos a nuestro alrededor. Y cuando hablo de “buena gente”, no me estoy refiriendo a beatos dispuestos a poner una, dos y tres mejillas –si las tuvieran- o lo que haga falta, en su entrega a los demás. Simplemente me refiero a gente normal, con la que mantener una conversación agradable, tranquila, y no una competición de palabras por ver quién es más irónico, más insultante o quién está mejor preparado para la jungla urbana en la que habitamos.

No hace falta tener alma de hippie ni vestirse el disfraz de “perrofláutico” irredento para darse cuenta de que algo falla en este mundo que nos hemos montado y contribuimos agrandar con nuestra actitud. La manida espiral del silencio se hace patente cada vez que una persona siente que algo falla cuando no le queda tiempo para vivir, pero se calla por miedo a que le tachen de vago o fracasado. Olvidamos el objetivo de nuestras acciones, enredándonos en medios que contradicen el fin último de lo que hacemos. Cada día tenemos más tecnología a nuestro alcance con la que comunicarnos con todo aquél ser vivo que se preste, pero a la postre cada día tenemos menos que decir. Podemos hablar con quién nos de la gana e incluso mantener una conferencia desde la punta del Everest, pero paradójicamente, hemos cercenado el derecho a hablar con nosotros mismos, fundamental para poder comunicarnos con los demás. Siempre hay algo que hacer y, menos mal, porque el horror más inimaginable en esta nuestra sociedad es el no tener nada que hacer. ¿Por qué? Por que ése es el rato que antes dedicábamos a enfrentarnos a nosotros mismos y ésa es la persona que más terror nos produce hoy en día. Los libros de autoayuda, el psicoanálisis, las técnicas alternativas más variadas y variopintas están a la orden del día y, aún así, resulta de lo más difícil encontrar a esa “good people” por la que clama Jack Johnson. Tal vez si dedicásemos una horita de nuestro día a pasarla solos –sin móvil, ni Internet, ni televisión, ni periódico…-, con un libro o un buen disco o, simplemente, el silencio, descubriríamos que está más cerca de lo que pensamos.
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