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TRIBUNA

Cataluña: a ciegas y marcha atrás

lunes 14 de septiembre de 2015, 20:50h
Alguna vez hemos escrito aquí que Artur Mas cabalga a lomos de un tigre que no sabe adónde le lleva y que, en cualquier momento, le devorará. Ese final de trayecto está cada vez más cerca y lo malo no es ya el destino personal de Mas –que pasará a la historia como el más desgraciado y funesto dirigente que ha tenido nunca Cataluña- sino la enorme marea de frustración que va a sacudir a Cataluña. Los penosos e incluso terribles efectos de la gran patraña separatista en la que han sido adoctrinadas varias generaciones de catalanes serán difíciles de superar y sería una ingenuidad estimar que bastaría derrotar el 27 de septiembre a quienes están decididos a dar ese golpe de Estado en forma de declaración unilateral de independencia, para que las aguas vuelvan a los cauces de la normalidad, de los que nunca debieron salir.

Lo que dice Mas y sus cómplices inmediatos, como, por ejemplo, ese obtuso Junqueras, ya no impresiona porque son simples variantes en torno a un mismo tema que repiten una y otra vez, negando obcecada y machaconamente la evidencia, como cuando insisten en que nadie les puede echar de Europa o cuando, desvergonzadamente, se atreven a decir que ellos también aman a España. Pero impresiona todavía más cuando todas esas falacias son repetidas por las segundas y terceras filas de esta insólita operación dirigida a romper al Estado más antiguo de Europa. Hace unas pocas noches vi en una televisión nacional a un individuo, alcalde al parecer de una localidad catalana y, por supuesto, furibundo independentista que me hizo pensar – y ya lo hemos comentado aquí en más de una ocasión- las enormes similitudes que existen entre estos movimientos separatistas y el nazismo. El individuo en cuestión, con un cinismo que le brotaba por todos los poros, con una actitud agresiva, insolente e intolerante repitió algunos de los mantras que fundamentan la engañosa propaganda separatista. Su inconfesado nazismo se expresaba en todos sus gestos y en sus palabras. Solo le faltaba el uniforme de las SS.

Todavía hay algunos –quizás muchos- que estiman que todo esto se puede arreglar con el diálogo, el famoso diálogo que piensan es una especie de bálsamo de Fierabrás que lo cura todo. Pero, ¿cómo dialogar con quienes exigen la aceptación previa de sus falsas premisas? ¿Cómo negociar con quienes se creen por encima de la ley y de la historia? En un planeta donde hay miles de lenguas diferentes, no hay nada más ridículo que basar un nacionalismo en la existencia de un idioma propio, al tiempo que se intenta destruir el bilingüismo natural, propio de algunas regiones como Cataluña. Una región que nunca ha sido una nación reconocida y que nunca ha tenido un Estado propio, por más que la falseada historiografía nacionalista se haya inventado una serie de mitos que no se tienen en pie. ¿Qué decir de una supuesta “nación” que tiene como día “nacional” el de un hecho que no la concernía directamente, pues el 11 de septiembre de 1714 no terminó una guerra entre España y Cataluña sino un conflicto dinástico entre dos pretendientes al trono de España? Aparte del masoquismo que supone celebrar como fecha clave una hipotética derrota.

Pero esos historiadores al servicio de la ideología separatista tienen buen cuidado de silenciar las evidencias que muestran sin lugar a dudas que Cataluña antes de serlo, ya era Hispania, la Hispania Citerior, la Hispania Tarraconense. La palabra Cataluña es de aparición tardía, no antes del siglo XI y siempre sobre el fondo indiscutible de aquella Hispania dividida en reinos. Los reyes de Aragón (no los supuestos “condes-reyes”, apelación que no existió nunca) jamás dejaron de sentirse parte de una Hispania, que había estado unida, después de los romanos, con los visigodos y cuyo destino histórico era recuperar esa unidad. Releyendo hace poco la clásica biografía del rey Luis XI de Francia de Murray Kendall, volví a leer las páginas en las que se relata cómo cuando, ya en la segunda mitad del siglo XV, los catalanes se rebelan contra su rey, Juan II de Aragón, padre de Fernando el Católico, le piden a Enrique IV de Castilla “que se convierta en su soberano”. Veían a Castilla como el socio natural. El castellano no aceptó pero sus tropas corrieron en ayuda de Barcelona, sitiada por los franceses, que aprovechando la debilidad de la Corona de Aragón se quedaron con el Rosellón y la Cerdaña.

Todo este desvariado “proceso” catalán es una enloquecida carrera a ciegas y marcha atrás que solo puede acabar en tragedia. El ombliguismo de estos farsantes fuera de la ley que dirigen Cataluña les impide ver que no se puede ir contra los veredictos de la historia y que en este mundo globalizado la tendencia natural es hacia la unidad y no hacia la división. Quienes vayan contra esa tendencia natural verá caer sobre ellos una inapelable condena. Una impensable Cataluña independiente se vería hundida en un limbo jurídico-político y económico del que solo podría salir por medio de una fenomenal operación de rescate que, en todo caso, la dejaría en una situación peor que la actual…y sin independencia.

Cuando yo era niño y adolescente siempre oía hablar bien de Cataluña. Es más, en mi mentalidad infantil ciertas palabras como “laboriosidad” o “sensatez” (una forzada traducción del clásico seny catalán, ahora desaparecido) quedaron duraderamente asociadas con la ejemplar Cataluña. Era la región dinámica de España, la que más exportaba, la que atraía a tantas gentes de otras regiones españolas y donde las inversiones se volcaban. El dinero de los emigrantes españoles que volvía a España, muy a menudo a las cajas de ahorro, notablemente las gallegas, acababa invertido en Cataluña. Toda España colaboraba en el progreso de aquella región española. Y a todo el mundo le parecía normal.

Más tarde, como profesor de derecho constitucional, yo explicaba a mis alumnos lo que técnicamente se denominaba “distribución territorial del poder” y les anticipaba que una futura España democrática debería ser lógicamente autonómica. Y cuando llegó la democracia los dirigentes catalanes, no sé si cínicamente, estaban en esa misma onda. Todavía recuerdo unas declaraciones de Jordi Pujol, antes de llegar a la Presidencia de la Generalidad, cuando, modestamente, pedía para Cataluña un estatuto especial, al estilo de los existentes en Italia, en consideración de las peculiaridades culturales y lingüísticas de Cataluña. Ni él ni Arzallus querían oír hablar de autodeterminación. La Constitución les había dado más competencias que en ningún otro momento de su historia.

Y nadie hablaba de esa engañosa cursilada de “el encaje de Cataluña en el Estado” porque todas esas aspiraciones se consiguieron en la Constitución y los estatutos de autonomía, aunque al final los vascos, con ETA al fondo, no aceptaron el juego. Da penar oír a los jovencitos populistas que no vivieron aquello, una sarta de estupideces sobre la Transición, al servicio de su voluntad de echar por tierra todo lo sucedido y vivido desde entonces. La ignorancia es atrevida y ahora sobran en España demasiadas toneladas de ignorancia, aderezadas con similares cantidades de mala fe.

Desde 1978 a 2004 ha transcurrido la etapa más brillante de la historia contemporánea de España. Que ahora se quieran destruir todos esos logros es de una gravedad inconmensurable que exige la reacción de todos los españoles. A los catalanes les toca tomar la primera palabra y lo que decidan el 27 de septiembre no les va a afectar solo a ellos sino a todos nosotros. ¿Regresará de su forzado exilio el desaparecido seny?
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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    709 | el paciente irlandes - 14/09/2015 @ 21:15:18 (GMT+1)
    Excelente articulo pero las palabras y los argumentos llevan camino de no servir.
    Aqui ya solo vale otra cosa.

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