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TRIBUNA

¿Acoger sirios? ¿Y en América?

jueves 24 de septiembre de 2015, 19:59h
La avalancha de refugiados sirios sobre las fronteras pobres de la Europa rica, no es un asunto menor, pero tampoco es un caso único ni aislado. El desplazamiento de personas en distintos polos del planeta huyendo de la miseria o, los menos (a veces más preparados) que van sencillamente buscando un mejor nivel de vida, ha evidenciado y acentuado las diferencias entre regiones y ha demostrado que ni el futuro de la Humanidad era tan promisorio (o al menos no para toda, como se cantaba en los años noventa) ni son solo unos cuantos ni pocas las causas.

El paso de migrantes desde Centro y Suramérica a Estados Unidos pasando por México, de Noráfrica a Europa –quedándose tantos en el Mediterráneo ante la indolente UE– o pasando de los países del África del sur a Sudáfrica o la constante de ciudadanos españoles por el mundo, son solo muestras dramáticas de este deambular en busca de nuevas oportunidades, en un mundo que ha privilegiado la desigualdad y el escandaloso y desvergonzado reparto injusto de la riqueza. Y sí, desde luego que no todos son refugiados, pero todos migran. Tristemente no todo es ser refugiado sirio ni las causas que los han provocado. Hoy hablamos de refugiados sin atender sus causas ni poner fecha a la conclusión de tan lastimera condición.

Mientras el papa Francisco clamaba desde Estados Unidos el respeto a los migrantes –amén del sacerdote húngaro que se alebrestó oponiéndose a su llamado a acoger migrantes en su país– la reunión extraordinaria en Bruselas estos días abordando el tema, ha sido particularmente llamativa, por las diferencias y tensiones en la visión acerca de cómo tratar a los migrantes sirios. Todo indica que la Unión Europea está navegando nuevos mares con viejos mapas, traducidos en frases comunes, temores fundados o con presupuestos y con llamados a defender valores humanitarios que no están tomando en cuenta la compleja realidad y se están quedando –en algunos casos, sobretodo entre la sociedad civil- en apelar a altos valores y pensamientos empíricos, pero no prácticos, para encarar la dura situación que supone este problema migratorio masivo, mientras se reviste de vociferantes peticiones a la ayuda desmedida, desinteresada, infinita, pues.

Pero es irresponsable decir que hay que ayudar sin especificar cómo y sin cuantificar mínimos costos, aunque se trate de una etapa a la que no se le verá fin. ¿Quién pone su casa particular y por cuánto tiempo, para acoger a un sirio? No se ven tantos brazos alzados. Y lo sabemos bien. Algunos apremian a que lo hagan los gobiernos. Y siempre será pertinente la identificación de los refugiados. La existencia del Estado Islámico lo aconsejaría y es derecho de los Estados definir a quién acogen. Queremos resolver problemas, no echarnos nuevos encima. Su número y la premura de su paso parecen impedir una consideración y estudio a cada sirio, pero por numeroso que sea el contingente, cierto es que se antoja necesario escoger los casos viables de apoyo real, si se desea cuidar que no se cuelen activistas o terroristas. Porque no hacen falta. Y lo reitero: dejemos de insistir en que donde comen 30 comen 877. No es cosa de condolerse, es cosa de ser realistas. Se requiere migración ordenada. Porque suena estupendo en que sí se puede acoger tal número, pero la realidad es terca y desvela que no.

Cuando estalló la crisis de los refugiados sirios y mientras veíamos a unos rusos regodearse con el follón causado a la Unión Europea, en tanto sus países periféricos no veían ya lo duro, sino lo tupido al enfrentarse a la estampida de refugiados, han surgido en México inopinadas voces que claman a los cuatro vientos recibir ni más ni menos a ¡10 mil refugiados! Leyó usted bien. Desde luego que la propuesta suena vociferante, solidaria, sensacional. Que no repara en ni dice cómo traerlos ni dónde y cómo meterlos, también. No distinguen a cuáles convenga recibir ni cómo atenderlos cual merecen, como sí lo han planteado, por ejemplo, en países de la democrática Unión Europea. Es cosa de querer enterarse y buscar el mejor camino. Y no solo de gritar que se reciban. Yo considero que primero hay que preguntarse a quién recibimos. Mi país no está en condiciones económicas de recibir a ¡¡¡10 mil!!! Sencillamente, no. Y quien diga en México que sí lo está, que los reciba en su casa. Así de sencillo y nos dejamos de posturas afectadas, facetas y presuntuosas, que dan muchos brincos estando el suelo tan parejo. Conste: pidieron 10 mil. Ni uno más ni uno menos.

Y esta negativa que planteo repara por fortuna en que México es un país con una larguísima tradición receptora de refugiados, que a él se dirigieron en diversas épocas. Unas veces por no encajar en la cultura dominante, como pasó a los judíos europeos de los años veinte y treinta de la centuria pasada. Otras veces por simple migración, como pasó con los libaneses cristianos. A los españoles por su guerra civil. Los argentinos y los chilenos junto con los uruguayos y bolivianos, por sus gorilatos militares de los setenta, como recién nos pasa con los venezolanos. A los guatemaltecos huyendo en demasía de sus esbirros y hasta a una incipiente comunidad cubana que escogió mi país para residir en él. Enhorabuena y nos avala para señalar por un lado, que a México nadie puede ningunearle la ayuda que ha prestado ni negarle que la ha dado. Una a cambio de nada. Otra cosa es que aquellas personas llegadas enriquecieron al país, pero fue uno que no les pidió nada por venir y si alguien sostiene y reprocha que México sí escogió a quien recibir, era su derecho, como quien decide a quién deja entrar a su casa. Y les abrió las puertas, incluso cuando muchos otros se las cerraron.

De manera que estando México hoy en su derecho de valorar a quiénes recibir y bajo qué condiciones, favorables a todas las partes y hoy no lo son, será pertinente pensárselo dos veces el qué queremos y qué podemos realmente ofrecer. Cuando hemos visto a los alemanes pasar de su solícita disposición a ayudar, a la actitud de dar el portazo a los refugiados tan solo dos semanas después, alegando que ya estaba lleno el ascensor, pienso en el chasco que nos habríamos llevado los mexicanos comprando el cuento recibiendo a 10 mil sirios por tiempo indefinido, de forma permanente y sin más, de haber echo caso a los que clamaban porque lo hiciéramos. Una cosa es quererse mostrar solidario y moderno y otra no tener los pies en la tierra. ¿Acoger sirios en demasía y en América, sin más? No, gracias. Los refugiados no necesitan más problemas y nosotros en México, tampoco.
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