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TRIBUNA

70 años de la ONU

jueves 22 de octubre de 2015, 20:14h

El 24 de octubre es el día internacional de la Organización de las Naciones Unidas, cuya denominación proviene de la frase inicial de la carta que la fundara, y cumple en 2015 su septuagésimo aniversario. Han sido siete décadas en que ha dibujado la Posguerra, reflejando el mundo tal cual existe, en gran medida por su intervención en un sinnúmero de temas, dotándola de una visibilidad única y convirtiéndola en un referente inconmensurable.

Decir Naciones Unidas es tanto como decir Nueva York, Cascos Azules, entendimiento, Derechos Humanos (con mayúscula), llamamiento a la paz, Ginebra, tregua, respeto, Asamblea General, Corte Internacional de Justicia, igualdad, desarrollo, 11 premios nobel adjudicados a sus organismos, reconocimiento y diálogo.

No es un organismo perfecto. Es perfectible. Cualquier reforma que llegue a materializarse ha de ser cuidadosa de no desequilibrar el precario equilibrio mundial que siempre está en la cuerda floja pese a los mecanismos que entraña.

Sus altibajos no son mayores que sus proezas, porque el mundo, pese a todo, no se entendería mejor si no fuera por su existencia. Naciones Unidas es un organismo proactivo, el más importante en el ámbito internacional y con una agenda mucho más rica y vasta que la poseída por su antecesora, la fracasada Liga de las Naciones, que nos recuerda que Naciones Unidas no es ni poca cosa ni merecedora de nuestros denuestos, pese a que paguen mucho nuestros gimoteos y en efecto, no obstante que sea cuestionable en múltiples rubros y en cientos de ocasiones; sin olvidarnos de cuántas veces han sido las superpotencias las que han medrado y perjudicado su labor e intenciones. No lo minimicemos, porque en gran medida ella ha sido víctima. Merece todos nuestros denuedos.

La efemérides nos mueve y nos motiva a referirnos a las Naciones Unidas como un todo que, a pesar de los pesares, sigue apostando a parlamentar, a la igualdad jurídica de los Estados y clama por la paz y la seguridad mundiales, tan socavadas, tan traicionadas por tirios y troyanos; y todo eso en los tiempos que corren resulta no ser despreciable. La precariedad del derecho internacional las coloca comprometidas en su viabilidad y sitúalas tan ninguneadas por todos, lo que no puede permitirse porque su misión se nutre de altos valores. Ha sido la fuerza del derecho su norte antes que el uso de la fuerza. En ello se cifra su incentivo. Ante Naciones Unidas ha hablado casi toda la Humanidad al completo y no solo por voz de sus dirigentes, sino de los pueblos del mundo.

Sigue siendo el eje de las relaciones internacionales trazadas al amparo de los compromisos asumidos entre las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, lo cual costó a ellas antes que a otra nación, ceder, asumir, reconocer y ponderar pros y contras de cosas tan difíciles de alcanzar como la permanencia de la institución, como someterse a sus designios, aceptar el veto entre potencias o definir alianzas militares sobre la mesa y no a hurtadillas. Se enlista rápido, pero obligarse suscribiendo sus reglas, nunca fue sencillo.

Naciones Unidas es la demostración de un anhelo. No de loas huecas. Muchas veces por fuera de ella las partes han buscado componendas y han actuado a contrapelo de lo buscado en sus altos designios. Tantas otras, sus condenas han sido condenadas y sus reclamos desdeñados por la soberbia y la impudicia de quienes la asumen solo cuando les conviene, desestimando al organismo a despecho del clamor mundial. Y sí, hay pueblos que merecen pertenecer a ellas. Enlisto tres a manera de ejemplo: saharauis, kurdos y palestinos.

Las Naciones Unidas, fundadas por 51 países triunfantes de la Segunda Guerra Mundial, uno de ellos México –cuatro veces miembro no permanente de su Consejo de Seguridad y al cual se debe la ingente iniciativa de que el idioma español sea una de sus seis lenguas oficiales (1948), para fortuna nuestra– suman temas y alertan de situaciones que van siendo parte del devenir de la Humanidad, mientras perseveran en la búsqueda de la comprensión de algo tan complejo como nuestro mundo. Han colocado el dedo en la llaga reclamando y provocando conferenciar, algo acaso impensable en siglos atrás, al proporcionar un foro abierto para abordar asuntos tan sensibles como el cambio climático, la condena al sionismo o alentando la igualdad de la mujer; atendiendo el ritmo del crecimiento mundial, a la niñez junto con los derechos humanos, la alimentación y sus desafíos globales, el agua y los proyectos educativos del mundo; la salud humana, la descolonización, el trabajo, los ceses al fuego y el derecho humanitario, el rescate de la memoria cultural de la Humanidad y el respeto al patrimonio artístico e inmaterial que documentan la existencia de aquella, vistos como la herencia, el legado que ha de dejarse a las futuras generaciones, todo lo cual implica un esfuerzo descomunal que ha de encomiarse, enalteciéndolo. Naciones Unidas ha inspirado la creación de los organismos integradores regionales por continente. No se puede sobajar su cometido y su valía, que requieren del concurso de todos sus miembros. Hoy suman 193 estados soberanos, siendo Sudán del Sur el más reciente admitido (2011).

A veces olvidamos que Naciones Unidas es un referente periodístico permanente. Asombra ver la cobertura planetaria de sus múltiples actividades. Ciertamente que se aproxima un cambio de secretario general. La secuencia lógica haría pensar en un oceánico, siguiendo la rotación continental. Pero ya se sabe que los vericuetos de la política internacional imponen una agenda. Cabe aguardar el desenlace.

El recuento pesa más a su favor. Las referencias a su actuar son mucho más reconocibles que sus tropiezos. La Organización de las Naciones Unidas cuesta y está sometida permanentemente a presión económica y de cuando en cuando, al chantaje financiero. Siempre será enaltecedor el apoyo que reciba.

Setenta años engrosando los anales diplomáticos mundiales no son poca cosa. Para carecer de precedentes en la historia de la Humanidad, merece entonces aplaudirse semejante quehacer. Sus limitantes allí están, para escrutinio de todos. Si usted amigo lector sabe que su país es miembro de esta institución, congratúlese de ser parte del esfuerzo encaminado a mejorar nuestra condición humana. Ese es el gran mérito a destacar en su setenta aniversario y eso jamás será algo nimio ni deleznable. Por el contrario, nos devuelve nuestra condición humana y la dota de un cariz planetario sin parangón en la evolución del Hombre. Casi nada, ya se ve. Y queda tanto por hacer.

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