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CRÍTICA DE ÓPERA

Alcina: hasta la más poderosa hechicera pierde sus poderes

miércoles 28 de octubre de 2015, 10:49h
El Teatro Real ha estrenado este martes la cínica y arriesgada versión que el director escénico David Alden ha hecho de Alcina, una de las grandes óperas de Handel, nunca representada hasta ahora en Madrid.
Para el director artístico del coliseo madrileño, Joan Matabosch, Alcina era una asignatura pendiente. Hasta la fecha, esta ópera de argumento mágico del compositor alemán afincado en Londres no había sido representada en Madrid y para muchos, amantes del Barroco y de Handel en especial, ya tocaba. Lo que está por ver ahora, desde el estreno de anoche y hasta el próximo 10 de noviembre, es si la versión del neoyorquino David Alden ha sido la más “oportuna” para un primer encuentro con esta obra de amores y pasiones. Porque el director de escena juega a reinterpretar Alcina al límite, quizás en un intento de hacer accesible una obra que, como la mayoría de las 43 óperas que compuso Handel, llevó durante mucho tiempo la etiqueta “difícil de escenificar”. En este sentido, tanto Alden como Matabosch coincidían días atrás en resaltar que aquella problemática quedó solventada gracias a la revolución que tuvo lugar en los años 60 y 70 en lo que al capítulo de los cantantes se refiere. Más claro: con anterioridad a esa época, los cantantes hacían pocas concesiones en lo relativo a la faceta actoral y su interpretación estaba mucho más centrada en lo vocal. Es definitiva, en las distintas emociones que una voz, a veces sola y desnuda delante de un atril, ha sido - sigue siendo - capaz de transmitirnos a lo largo de la historia de la ópera.

En todo caso, el problema no radica en la referida revolución que, por supuesto, ha contribuido a que hayan podido realizarse excelentes y más creíbles producciones. El problema es que este dominio de la escena ha conducido, a veces, a traspasar fronteras que únicamente parecían estar en la cabeza de los responsables de las nuevas versiones y no tanto del respetable. En el caso de Alden, no hay lugar a dudas. Su afirmación de que hoy en día los cantantes de ópera son “auténticos actores”, la ratifica hasta el punto de terminar enredándose en una espiral sin sentido que no solo no aporta valor a la ópera, sino que amenaza incluso con arruinar ciertos momentos de lírica y sublime belleza. Concedámosle, eso sí, el “mérito” de haber aprovechado a fondo la citada revolución En la cínica versión que realiza del triunfo del amor en Alcina, los cantantes se retuercen, se desploman, interpretan sus recitativos y sus arias encaramados a los lugares más insospechados, padecen de inesperados temblores, demuestran con creces sus habilidades como contorsionistas y alguno hasta tiene que convertirse en gorila durante buena parte de la ópera. Sin embargo, el intenso abanico dramático que encierra Alcina, un verdadero tratado sobre las pasiones humanas de ahora y de hace 280 años, poco o nada tiene que ver con movimientos gratuitos que, a medida que avanza la obra, empiezan a revelarse repetitivos e insustanciales. Y en lugar de “aligerar” el Barroco, como parece ser la pretensión, la recargan hasta el paroxismo.



Por otra parte, Alden tampoco “se ha tragado” que el rescate de Ruggiero, hechizado por la malvada Alcina, sea un final feliz como se desprende del libreto. En realidad esto último tiene toda su lógica, desde el momento en que el veterano director estadounidense transforma la realidad mágica de Alcina en un mundo onírico, es decir, en la ficción que únicamente existe en la mente del joven. Ruggiero utiliza la fantasía del reino de la voluptuosa maga como evasión de su monótona vida. Alden asegura que se ha inspirado en el filme de Woody Allen “La rosa púrpura de El Cairo” y también en su propia vida, una existencia que ha pasado “escapando de la realidad y escudándose en el mundo de fantasía de la ópera y el teatro”.

Por descontado, un cambio así de radical supone que muchas piezas queden sin encajar después de tan arriesgada pirueta. Aunque llegados a este punto, y teniendo en cuenta que el Barroco invita a la parsimonia y el sosiego, lo mejor es no darle demasiadas vueltas. Mucho más sano, dejarse llevar por la bellísima partitura del cosmopolita y prolífico Handel interpretada por la Orquesta Titular del Teatro Real dirigida en el foso por el británico Christopher Moulds – fijarse en la batuta, las manos y hasta los ojos del maestro mientras dirige puede constituir una interesante vía de escape a la manera de Ruggiero o de Alden, si es preciso en algún momento – que se ha llevado buena parte de los aplausos de un público que, sobre todo, ha premiado a las convincentes voces del primer reparto. En especial a la mezzosoprano inglesa Christine Rice por su interpretación de Ruggiero, a Sonia Prina dando vida a la novia del joven hechizado, Bradamante, y a la soprano canadiense Karina Gauvin encargada del complejo rol de Alcina, la bruja despiadada que convierte en bestias a sus amantes cuando se cansa de ellos y que tiene la desgracia de enamorarse del único hombre a quien su novia logra rescatar. Porque siempre acaba por llegar el día en que hasta la más temida hechicera pierde todos sus poderes. O se los hacen perder.

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