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DIARIO DE JUVENTUD REÚNE SUS ESCRITOS Y TRADUCCIONES

Zenobia Camprubí: de vocación, mujer de Juan Ramón

miércoles 28 de octubre de 2015, 16:25h
Diario de juventud reúne por primera vez los artículos, textos y traducciones de Zenobia Camprubí, mujer de Juan Ramón Jiménez, fechados entre 1905 y 1911. El libro permite descubrir la labor intelectual de una mujer pionera que aún sigue siendo considerada, erróneamente, una sumisa al servicio del Nobel.
Diario de juventud reúne textos y traducciones de Zenobia Camprubí.
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Diario de juventud reúne textos y traducciones de Zenobia Camprubí.

Aunque aún pesa sobre su memoria el prejuicio de quien concibe a las mujeres de los grandes literatos y pensadores como compañeras abnegadas sin inquietudes, los textos y traducciones de Zenobia Camprubí la reivindican como una figura pionera de la sociedad española que supo enriquecerse de la compañía de su marido, Juan Ramón Jiménez.

Ni fue la secretaria del Nobel, ni tampoco su enfermera. Camprubí fue una mujer emprendedora, muy disciplinada y de gran fuerza de voluntad. Así la define la filóloga Emilia Cortés Ibáñez, responsable de la publicación de Diario de juventud, un volumen que reúne sus escritos y traducciones fechados entre 1905 y 1911, y que contribuye a conocer más a esta escritora nacida en 1887 en Malgrat de Mar (Barcelona) en el seno de una familia acomodada que, aunque no creyó oportuno que estudiara bachiller, sí le dio la oportunidad de formarse en Estados Unidos. Aquella fue una experiencia que marcó su vida, igual que la máquina de escribir que le regaló su padre, con la que afanosamente se dedicó a pasar los escritos de su esposo.

La “injusta oscuridad” que ha envuelto su figura trata de ser subsanada paulatinamente por los herederos de Juan Ramón Jiménez mediante la publicación del material inédito conservado en sus archivos.

Artículos, impresiones y traducciones

En el libro que ahora se presenta han sido reunidos tanto sus artículos publicados en revistas como textos, impresiones y notas de diario desconocidos hasta ahora. Pero todavía quedan documentos por publicar, como demuestra la puesta en marcha de otro proyecto editorial que aún aguarda en la imprenta: el epistolario de amor de Camprubí y el Nobel.

Porque, principalmente, su historia es una historia de amor salpicada por la mutua y necesaria influencia, así como por un espíritu de sacrificio por parte de Camprubí del que no se avergonzó. Al contrario. “Se ha dicho que fue la sombra de Juan Ramón, pero lo cierto es que fue su luz”, cuenta Carmen Hernández-Pinzón, representante de los herederos del autor de Platero y yo: “Fue la responsable de hacerle la vida más fácil. Aceptó ese papel, pero no se privó de cultivar sus inquietudes. No fue una mujer sumisa. Al contrario, tenía una personalidad arrolladora. Tanto es así que Juan Ramón no habría alcanzado el Nobel sin ella”.

Su insistencia por lograr que el trabajo de su marido fuera reconocido fue una de sus mayores obsesiones. Él ya era un poeta reconocido cuando se conocieron y ella, una mujer intelectualmente activa que había leído bastante literatura en varios idiomas. Sin embargo, fue el Nobel quien le ayudó a distinguir un buen libro de uno malo. “Sabía que sin su ayuda su marido no habría llegado hasta donde llegó”, cuenta Hernández-Pinzón, quien matiza que tampoco es conveniente hablar de ella como una escritora fracasada a la sombra de su esposo, pues estuvo conforme con el papel que había asumido. “Su vocación era la obra de su marido”, afirma.

En opinión de Cortés Ibáñez, aún hay una idea todavía equivocada de ella pese a que fue “muy valiosa”. Basta con citar los 22 volúmenes de Tagore que tradujo o los borradores al inglés que hizo de la obra de su marido; también incluidos en Diario de juventud. “Fue de las primeras mujeres en sacarse el carné de conducir en los años 20 y, aunque ella no tuvo la oportunidad de estudiar, se jubiló dando clases en las universidades de Meryland y Puerto Rico e, incluso, en el Pentágono, donde impartía cultura española”.

Preocupada por la proximidad de la muerte, Camprubí organizó la vida de su marido en previsión de su ausencia. Cuando falleció, Juan Ramón quedó muerto en vida. El Nobel no pudo decir más veces aquello que tanto gustaba repetir cuando le preguntaban dónde quería ir o qué quería hacer: "Donde disponga Zenobia”.

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